<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?>
<?xml-stylesheet type="text/xsl" href="../xsl/eadastyle.xsl"?>
<!DOCTYPE TEI.2 SYSTEM "http://mith2.umd.edu/research/projects/eada/dtd/eada.dtd">



<TEI.2>
  <teiHeader type="text">
	 <fileDesc>
		<titleStmt>
		  <title type="main">Relacion</title>
		  <title type="version">An Electronic Edition</title>
		  <author>
			 <name reg="Cabeza de Vaca, &#x00C1;lvar N&#x00FA;&#x00F1;ez">&#x00C1;lvar N&#x00FA;&#x00F1;ez Cabeca de Vaca 
				</name><date>1490-1556</date></author>
		  <respStmt>
			
			 <resp>Header creation by Ralph Bauer</resp>
			 <resp>Marked up by Ralph Bauer</resp>
		  </respStmt>
		</titleStmt>
		<extent>255 kb</extent>
		<publicationStmt><idno>cabeza_sp.xml</idno> 
		  <publisher>Maryland Institute for Technology in the Humanities
			 (MITH)</publisher>
		  <pubPlace>
			 <address>
				<addrLine>
				  <name type="organization">University of
					 Maryland</name></addrLine>
				<addrLine>College Park</addrLine>
			 </address></pubPlace>
		  <date value="2002-04-12">12/04/2002</date>
		  <availability>
			 <p>Copyright 2002. This text is freely available provided the text is
				distributed with the header information provided</p>
		  </availability>
		</publicationStmt>
		<sourceDesc>
		  <bibl>Naufragios y Comentarios. Madrid: Calpe, 1922.</bibl>
		</sourceDesc>
	 </fileDesc>
	 <encodingDesc>
		<editorialDecl>
		  <p type="original">The text of this document was initially included in 
		  <title rend="italic">La relaci&#x00F3;n y comentarios del gouernador &#x00C1;lvar
			 n&#x00FA;&#x00F1;ez cabeca de vaca de los acaescido en las dos jornadas que hizo a las
			 Indias</title>, published in Valladolid in 
			 <date>1555</date>. An earlier version had been
		  published in Zamora in 1542.</p><p>The text of the present edition was prepared from
		  and proofed against 
		  <title rend="italic">Naufragios y Comentarios</title>(Madrid: Calpe,
		  1922). All preliminaries and notes have been omitted except those for which the
		  author is responsible. All editorial notes have been omitted except those that
		  indicate significant textual variations. Line and paragraph numbers contained
		  in the source text have been retained. In cases where the source text displays
		  no numbers, numbers are automatically generated. In the header, personal names
		  have been regularized according to the Library of Congress authority files as
		  "Last Name, First Name" for the REG attribute and "First Name Last Name" for
		  the element value. Names have not been regularized in the body of the text.</p>
		  
		</editorialDecl>
	 </encodingDesc>
	 <profileDesc>
		<langUsage>
		  <language id="spa">Spanish</language>
		</langUsage>
		<textClass>
		  <classCode>Prose</classCode>
		  <keywords>
			 <list type="simple">
				<item type="geographic">Spanish_Borderlands_in_North_America</item>
				<item type="chronological">1500-1550</item>
				<item type="mode">History</item>
				<item type="mode">Biography/Hagiography</item>
				<item type="form">Account/Relation</item>
				<item type="subject">Discovery_and_Exploration_of_America </item>
				<item type="subject">Native_Americans</item>
			 </list>
		  </keywords>
		</textClass>
	 </profileDesc>
  </teiHeader>
  <text>
	 <front>
		<head rend="bold">NAUFRAGIOS DE ALVAR N&#x00DA;&#x00F1;EZ CABEZA DE VACA</head>
	 </front>
	 <body>
		<div0>
		  <div1>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO PRIMERO</head>
				<head type="sub" rend="bold">En que cuenta cu&#x00E1;ndo parti&#x00F3; el armada, y los
				  oficiales y gente que en ella iba </head>
				<p n="1">A 17 d&#x00ED;as del mes de junio de 1527 parti&#x00F3; del puerto de
				  San L&#x00FA;car de Barrameda el gobernador P&#x00E1;nfilo de Narv&#x00E1;ez, con poder y mandado de
				  Vuestra Majestad para conquistar y gobernar las provincias que est&#x00E1;n desde el
				  r&#x00ED;o de las Palmas hasta el cabo de la Florida, las cuales son en Tierra Firme;
				  y la armada que llevaba eran cinco nav&#x00ED;os, en los cuales, poco m&#x00E1;s o menos,
				  ir&#x00ED;an seiscientos hombres. Los oficiales que llevaba (porque de ellos se ha de
				  hacer menci&#x00F3;n) eran &#x00E9;stos que aqu&#x00ED; se nombran: Cabeza de Vaca, por tesorero y
				  por alguacil mayor; Alonso Enr&#x00ED;quez, contador; Alonso de Sol&#x00ED;s, por factor de
				  Vuestra Majestad y por veedor; iba un fraile de la Orden de San Francisco por
				  comisario, que se llamaba fray Juan Su&#x00E1;rez, con otros cuatro frailes de la
				  misma Orden. Llegamos a la isla de Santo Domingo, donde estuvimos casi cuarenta
				  y cinco d&#x00ED;as, provey&#x00E9;ndonos de algunas cosas necesarias, se&#x00F1;aladamente de
				  caballos. Aqu&#x00ED; nos faltaron de nuestra armada m&#x00E1;s de ciento y cuarenta hombres,
				  que se quisieron quedar all&#x00ED;, por los partidos y promesas que los de la tierra
				  les hicieron. De all&#x00ED; partimos y llegamos a Santiago (que es puerto en la isla
				  de Cuba), donde en algunos d&#x00ED;as que estuvimos, el gobernador se reh&#x00ED;zo de
				  gente, de armas y de caballos. Sucedi&#x00F3; all&#x00ED; que un gentilhombre que se llamaba
				  Vasco Porcalle, vecino de la villa de la Trinidad, que es en la misma isla,
				  ofreci&#x00F3; de dar al gobernador ciertos bastimentos que ten&#x00ED;a en la Trinidad,
				  que es cien leguas del dicho puerto de Santiago. El gobernador, con toda la
				  armada, parti&#x00F3; para all&#x00E1;; mas llegados a un puerto que se dice Cabo de Santa
				  Cruz, que es mitad del camino, pareci&#x00F3;le que era bien esperar all&#x00ED; y enviar un
				  nav&#x00ED;o que trajese aquellos bastimentos; y para esto mand&#x00F3; a un capit&#x00E1;n Pantoja
				  que fuese all&#x00E1; con su nav&#x00ED;o, y que yo, para m&#x00E1;s seguridad, fuese con &#x00E9;l, y &#x00E9;l
				  qued&#x00F3; con cuatro nav&#x00ED;os, porque en la isla de Santo Domingo hab&#x00ED;a comprado un
				  otro nav&#x00ED;o. Llegados con estos dos nav&#x00ED;os al puerto de la Trinidad, el capit&#x00E1;n
				  Pantoja fue con Vasco Porcalle a la villa, que es una legua de all&#x00ED;, para
				  recibir los bastimentos; yo qued&#x00E9; en la mar con los pilotos, los cuales nos
				  dijeron que con la mayor presteza que pudi&#x00E9;semos nos despach&#x00E1; semos de all&#x00ED;,
				  porque aquel era muy mal puerto y se sol&#x00ED;an perder muchos nav&#x00ED;os en &#x00E9;l; y
				  porque lo que all&#x00ED; nos sucedi&#x00F3; fue cosa muy se&#x00F1;alada, me pareci&#x00F3; que no ser&#x00ED;a
				  fuera del prop&#x00F3;sito y fin con que yo quise escribir este camino, contarla aqu&#x00ED;.
				  Otro d&#x00ED;a de ma&#x00F1;ana comenz&#x00F3; el tiempo a no dar buena se&#x00F1;al, porque comenz&#x00F3; a
				  llover, y el mar iba arreciando tanto, que aunque yo di licencia a la gente que
				  saliese a tierra, como ellos vieron el tiempo que hac&#x00ED;a y que la villa estaba
				  de all&#x00ED; una legua, por no estar al agua y fr&#x00ED;o que hac&#x00ED;a, muchos se volvieron
				  al nav&#x00ED;o. En esto vino una canoa de la villa, rog&#x00E1;ndome que me fuese all&#x00E1; y que
				  me dar&#x00ED;an los bastimentos que hubiese y necesarios fuesen; de lo cual yo me
				  excus&#x00E9; diciendo que no pod&#x00ED;a dejar los nav&#x00ED;os. A mediod&#x00ED;a volvi&#x00F3; la canoa con
				  otra carta, en que con mucha importunidad ped&#x00ED;an lo mismo, y tra&#x00ED;an un
				  caballo en que fuese; yo di la misma respuesta que primero hab&#x00ED;a dado,
				  diciendo que no dejar&#x00ED;a los nav&#x00ED;os; mas los pilotos y la gente me rogaron mucho
				  que fuese, porque diese prisa que los bastimentos se trajesen lo m&#x00E1;s presto que
				  pudiese ser, porque nos parti&#x00E9;semos luego de all&#x00ED;, donde ellos estaban con gran
				  temor que los nav&#x00ED;os se hab&#x00ED;an de perder si all&#x00ED; estuviesen mucho. Por esta
				  raz&#x00F3;n yo determin&#x00E9; de ir a la villa, aunque primero que fuese dej&#x00E9; prove&#x00ED;do y
				  mandado a los pilotos que si el Sur, con que all&#x00ED; suelen perderse muchas veces
				  los nav&#x00ED;os, ventase y se viesen en mucho peligro, diesen con los nav&#x00ED;os al
				  trav&#x00E9;s y en parte que se salvase la gente y los caballos. Y con esto yo sal&#x00ED;,
				  aunque quise sacar algunos conmigo, por ir en mi compa&#x00F1;&#x00ED;a, los cuales no
				  quisieron salir, diciendo que hac&#x00ED;a mucha agua y fr&#x00ED;o y la villa estaba muy
				  lejos; que otro d&#x00ED;a, que era domingo, saldr&#x00ED;an con la ayuda de Dios, a o&#x00ED;r
				  misa. A una hora despu&#x00E9;s de yo salido la mar comenz&#x00F3; a venir muy brava, y el
				  norte fue tan recio que ni los bateles osaron salir a tierra, ni pudieron dar
				  en ninguna manera con los nav&#x00ED;os al trav&#x00E9;s por ser el viento por la proa; de
				  suerte que con muy gran trabajo, con dos tiempos contrarios y mucha agua que
				  hac&#x00ED;a, estuvieron aquel d&#x00ED;a y el domingo hasta la noche. A esta hora el agua y
				  la tempestad comenz&#x00F3; a crecer tanto, que no menos tormenta hab&#x00ED;a en el pueblo
				  que en el mar, porque todas las casas e iglesias se cayeron, y era necesario
				  que anduvi&#x00E9;semos siete u ocho hombres abrazados unos con otros para podernos
				  amparar que el viento no nos llevase; y andando entre los &#x00E1;rboles, no menos
				  temor ten&#x00ED;amos de ellos que de las casas, porque como ellos tambi&#x00E9;n ca&#x00ED;an, no
				  nos matasen debajo. En esta tempestad y peligro anduvimos toda la noche, sin
				  hallar parte ni lugar donde media hora pudi&#x00E9;semos estar seguros. </p>
				<p n="2">Andando en esto, o&#x00ED;mos toda la noche, especialmente desde
				  el medio de ella, mucho estruendo grande y ruido de voces, y gran sonido de
				  cascabeles y de flautas y tamborinos y otros instrumentos, que duraron hasta la
				  ma&#x00F1;ana, que la tormenta ces&#x00F3;. En estas partes nunca otra cosa tan medrosa se
				  vio; yo hice una probanza de ello, cuyo testimonio envi&#x00E9; a Vuestra Majestad. El
				  lunes por la ma&#x00F1;ana bajamos al puerto y no hallamos los nav&#x00ED;os; vimos las boyas
				  de ellos en el agua, adonde conocimos ser perdidos, y anduvimos por la costa
				  por ver si hallar&#x00ED;amos alguna cosa de ellos; y como ninguno hall&#x00E1;semos,
				  met&#x00ED;monos por los montes, y andando por ellos un cuarto de legua de agua
				  hallamos la barquilla de un nav&#x00ED;o puesta sobre unos &#x00E1;rboles, y diez leguas de
				  all&#x00ED; por la costa, se hallaron dos personas de mi nav&#x00ED;o y ciertas tapas de
				  cajas, y las personas tan desfiguradas de los golpes de las pe&#x00F1;as, que no se
				  pod&#x00ED;an conocer; hall&#x00E1;ronse tambi&#x00E9;n una capa y una colcha hecha pedazos, y
				  ninguna otra cosa pareci&#x00F3;. Perdi&#x00E9;ronse en los nav&#x00ED;os sesenta personas y veinte
				  caballos. Los que hab&#x00ED;an salido a tierra el d&#x00ED;a que los nav&#x00ED;os all&#x00ED; llegaron,
				  que ser&#x00ED;an hasta treinta, quedaron de los que en ambos nav&#x00ED;os hab&#x00ED;a. As&#x00ED;
				  estuvimos algunos d&#x00ED;as con mucho trabajo y necesidad, porque la provisi&#x00F3;n y
				  mantenimientos que el pueblo ten&#x00ED;a se perdieron y algunos ganados; la tierra
				  qued&#x00F3; tal, que era gran l&#x00E1;stima verla: ca&#x00ED;dos los &#x00E1;rboles, quemados los montes,
				  todos sin hojas ni yerba. As&#x00ED; pasamos hasta cinco d&#x00ED;as del mes de noviembre,
				  que lleg&#x00F3; el gobernador con sus cuatro nav&#x00ED;os, que tambi&#x00E9;n hab&#x00ED;an pasado gran
				  tormenta y tambi&#x00E9;n hab&#x00ED;an escapado por haberse metido con tiempo en parte
				  segura. La gente que en ellos tra&#x00ED;a, y la que all&#x00ED; hall&#x00F3;, estaban tan
				  atemorizados de lo pasado, que tem&#x00ED;an mucho tornarse a embarcar en invierno, y
				  rogaron al gobernador que lo pasase all&#x00ED;, y &#x00E9;l, vista su voluntad y la de los
				  vecinos, intervino all&#x00ED;. Di&#x00F3;me a m&#x00ED; cargo de los nav&#x00ED;os y de la gente para que
				  me fuese con ellos a invernar al puerto de Xagua, que es doce leguas de all&#x00ED;,
				  donde estuve hasta 20 d&#x00ED;as del mes de hebrero. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO II </head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo el gobernador vino al puerto de Xagua y
				  trujo consigo a un piloto </head>
				<p n="3">En este tiempo lleg&#x00F3; all&#x00ED; el gobernador con un bergant&#x00ED;n
				  que en la Trinidad compr&#x00F3;, y tra&#x00ED;a consigo un piloto que se llamaba Miruelo;
				  hab&#x00ED;alo tomado porque dec&#x00ED;a que sab&#x00ED;a y hab&#x00ED;a estado en el r&#x00ED;o de las Palmas, y
				  era muy buen piloto de toda la costa norte. Dejaba tambi&#x00E9;n comprado otro nav&#x00ED;o
				  en la costa de La Habana, en el cual quedaba por capit&#x00E1;n Alvaro de la Cerda,
				  con cuarenta hombres y doce de a caballo; y dos d&#x00ED;as despu&#x00E9;s que lleg&#x00F3; el
				  gobernador se embarc&#x00F3;, y la gente que llevaba eran cuatrocientos hombres y
				  ochenta caballos en cuatro nav&#x00ED;os y un bergant&#x00ED;n. El piloto que de nuevo
				  hab&#x00ED;amos tomado meti&#x00F3; los nav&#x00ED;os por los baj&#x00ED;os que dicen de Canarreo, de
				  manera que otro d&#x00ED;a dimos en seco, y as&#x00ED; estuvimos quince d&#x00ED;as, tocando muchas
				  veces las quillas de los nav&#x00ED;os en seco, al cabo de los cuales, una tormenta
				  del sur meti&#x00F3; tanta agua en los baj&#x00ED;os, que pudimos salir, aunque no sin mucho
				  peligro. Partidos de aqu&#x00ED; y llegados a Guaniguanico, nos tom&#x00F3; otra tormenta,
				  que estuvimos a tiempo de perdernos. </p>
				<p n="4">A cabo de Corrientes tuvimos otra, donde estuvimos tres
				  d&#x00ED;as; pasados &#x00E9;stos, doblamos el cabo de San Ant&#x00F3;n, y anduvimos con tiempo
				  contrario hasta llegar a doce leguas de La Habana; y estando otro d&#x00ED;a para
				  entrar en ella, nos tom&#x00F3; un tiempo de sur que nos apart&#x00F3; de la tierra, y
				  atravesamos por la costa de la Florida y llegamos a la tierra martes 12 d&#x00ED;as
				  del mes de abril, y fuimos costeando la v&#x00ED;a de la Florida; y Jueves Santo
				  surgimos en la misma costa, en la boca de una bah&#x00ED;a, al cabo de la cual vimos
				  ciertas casas y habitaciones de indios. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  III</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo llegamos a la Florida</head>
				<p n="5">En este mismo d&#x00ED;a sali&#x00F3; el contador Alonso Enr&#x00ED;quez y se
				  puso en una isla que est&#x00E1; en la misma bah&#x00ED;a y llam&#x00F3; a los indios, los cuales
				  vinieron y estuvieron con &#x00E9;l buen pedazo de tiempo, y por v&#x00ED;a de rescate le
				  dieron pescado y algunos pedazos de carne de venado. Otro d&#x00ED;a siguiente, que
				  era Viernes Santo, el gobernador se desembarc&#x00F3; con la m&#x00E1;s gente que en los
				  bateles que tra&#x00ED;a pudo sacar, y como llegamos a los buh&#x00ED;os o casas que hab&#x00ED;amos
				  visto de los indios, hall&#x00E1;rnoslas desamparadas y solas, porque la gente se
				  hab&#x00ED;a ido aquella noche en sus canoas. El uno de aquellos buh&#x00ED;os era muy
				  grande, que cabr&#x00ED;an en &#x00E9;l m&#x00E1;s de trescientas personas; los otros eran m&#x00E1;s
				  peque&#x00F1;os, y hallamos all&#x00ED; una sonaja de oro entre las redes. Otro d&#x00ED;a el
				  gobernador levant&#x00F3; pendones por Vuestra Majestad y tom&#x00F3; la posesi&#x00F3;n de la
				  tierra en su real nombre, present&#x00F3; sus provisiones y fue obedecido por
				  gobernador, como Vuestra Majestad lo mandaba. Asimismo presentamos nosotros las
				  nuestras ante &#x00E9;l, y &#x00E9;l las obedeci&#x00F3; como en ellas se conten&#x00ED;a. Luego mand&#x00F3; que
				  toda la otra gente desembarcase y los caballos que hab&#x00ED;an quedado, que no eran
				  m&#x00E1;s de cuarenta y dos, porque los dem&#x00E1;s, con las grandes tormentas y mucho
				  tiempo que hab&#x00ED;an andado por la mar, eran muertos; y estos pocos que quedaron
				  estaban tan flacos y fatigados, que por el presente poco provecho pudimos tener
				  de ellos. Otro d&#x00ED;a los indios de aquel pueblo vinieron a nosotros, y aunque nos
				  hablaron, como nosotros no ten&#x00ED;amos lengua, no los entend&#x00ED;amos; mas hac&#x00ED;annos
				  muchas se&#x00F1;as y amenazas, y nos pareci&#x00F3; que nos dec&#x00ED;an que nos fu&#x00E9;semos de la
				  tierra, y con esto nos dejaron, sin que nos hiciesen ning&#x00FA;n impedimento, y
				  ellos se fueron. </p>
			 </div2>
			 <div2 rend="italic">
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  IV </head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo entramos por la tierra</head>
				<p n="6">Otro d&#x00ED;a adelante el gobernador acord&#x00F3; de entrar por la
				  tierra, por descubrirla y ver lo que en ella hab&#x00ED;a. Fu&#x00ED;monos con &#x00E9;l el
				  comisario y el veedor y yo, con cuarenta hombres, y entre ellos seis de
				  caballo, de los cuales poco nos pod&#x00ED;amos aprovechar. Llevamos la v&#x00ED;a del norte
				  hasta que a hora de v&#x00ED;speras llegamos a una bah&#x00ED;a muy grande, que nos pareci&#x00F3;
				  que entraba mucho por la tierra; quedamos all&#x00ED; aquella noche, y otro d&#x00ED;a nos
				  volvimos donde los nav&#x00ED;os y gente estaban. El gobernador mand&#x00F3; que el bergant&#x00ED;n
				  fuese costeando la v&#x00ED;a de la Florida, y buscase el puerto que Miruelo el piloto
				  hab&#x00ED;a dicho que sab&#x00ED;a; mas ya &#x00E9;l lo hab&#x00ED;a errado, y no sab&#x00ED;a en qu&#x00E9; parte
				  est&#x00E1;bamos, ni ad&#x00F3;nde era el puerto; y fuele mandado al bergant&#x00ED;n que si no lo
				  hallase, travesase a La Habana, y buscase el nav&#x00ED;o que &#x00C1;lvaro de la Cerda
				  ten&#x00ED;a, y tomados algunos bastimentos, nos viniesen a buscar. Partido el
				  bergant&#x00ED;n, tornamos a entrar en la tierra los mismos que primero, con alguna
				  gente m&#x00E1;s, y costeamos la bah&#x00ED;a que hab&#x00ED;amos hallado; y andadas cuatro leguas,
				  tomamos cuatro indios, y mostr&#x00E1;mosles ma&#x00ED;z para ver si le conoc&#x00ED;an, porque
				  hasta entonces no hab&#x00ED;amos visto se&#x00F1;al de &#x00E9;l. Ellos nos dijeron que nos
				  llevar&#x00ED;an donde lo hab&#x00ED;a; y as&#x00ED;, nos llevaron a su pueblo, que es al cabo de la
				  bah&#x00ED;a, cerca de all&#x00ED;, y en &#x00E9;l nos mostraron un poco de ma&#x00ED;z, que a&#x00FA;n no estaba
				  para cogerse. All&#x00ED; hallamos muchas cajas de mercaderes de Castilla, y en cada
				  una de ellas estaba un cuerpo de hombre muerto, y los cuerpos cubiertos con
				  unos cueros de venado pintados. Al comisario le pareci&#x00F3; que esto era especie de
				  idolatr&#x00ED;a, y quem&#x00F3; la caja con los cuerpos. Hallamos tambi&#x00E9;n pedazos de lienzo
				  y de pa&#x00F1;o, penachos que parec&#x00ED;an de la Nueva Espa&#x00F1;a; hallamos tambi&#x00E9;n muestras
				  de oro. Por se&#x00F1;as preguntamos a los indios de ad&#x00F3;nde hab&#x00ED;an habido aquellas
				  cosas; se&#x00F1;al&#x00E1;ronnos que muy lejos de all&#x00ED; hab&#x00ED;a una provincia que se dec&#x00ED;a
				  Apalache, en la cual hab&#x00ED;a mucho oro, y hac&#x00ED;an se&#x00F1;a de haber muy gran cantidad
				  de todo lo que nosotros estimamos en algo. Dec&#x00ED;an que en Apalache hab&#x00ED;a mucho,
				  y tomando aquellos indios por gu&#x00ED;a, partimos de all&#x00ED;; y andadas diez o doce
				  leguas, hallamos otro pueblo de quince casas, donde hab&#x00ED;a buen pedazo de ma&#x00ED;z
				  sembrado, que ya estaba para cogerse, y tambi&#x00E9;n hallamos alguno que estaba ya
				  seco; y despu&#x00E9;s de dos d&#x00ED;as que all&#x00ED; estuvimos, nos volvimos donde el contador
				  y la gente y nav&#x00ED;os estaban, y contamos al contador y pilotos lo que hab&#x00ED;amos
				  visto, y las nuevas que los indios nos hab&#x00ED;an dado. Y otro d&#x00ED;a que fue primero
				  de mayo, el gobernador llam&#x00F3; aparte al comisario y al contador y al veedor y a
				  m&#x00ED;, y a un marinero que se llamaba Bartolom&#x00E9; Fern&#x00E1;ndez, y a un escribano que se
				  dec&#x00ED;a Jer&#x00F3;nimo de Alaniz, y as&#x00ED; juntos, nos dijo que ten&#x00ED;a voluntad de entrar
				  por la tierra adentro y los nav&#x00ED;os se fuesen costeando hasta que llegasen al
				  puerto, y que los pilotos dec&#x00ED;an y cre&#x00ED;an que yendo la v&#x00ED;a de las Palmas
				  estaban muy cerca de all&#x00ED;; y sobre esto nos rog&#x00F3; le di&#x00E9;semos nuestro parecer.
				  Yo respond&#x00ED;a que me parec&#x00ED;a que por ninguna manera deb&#x00ED;a dejar los nav&#x00ED;os sin
				  que primero quedasen en puerto seguro y poblado, y que mirase que los pilotos
				  no andaban ciertos, ni se afirmaban en una misma cosa, ni sab&#x00ED;an a qu&#x00E9; parte
				  estaban; y que allende de esto, los caballos no estaban para que en ninguna
				  necesidad que se ofreciese nos pudi&#x00E9;semos aprovechar de ellos; y que sobre todo
				  esto, &#x00ED;bamos mudos y sin lengua, por donde mal nos pod&#x00ED;amos entender con los
				  indios, ni saber lo que de la tierra quer&#x00ED;amos, y que entr&#x00E1;bamos por tierra de
				  que ninguna relaci&#x00F3;n ten&#x00ED;amos, ni sab&#x00ED;amos de qu&#x00E9; suerte era, ni lo que en ella
				  hab&#x00ED;a, ni de qu&#x00E9; gente estaba poblada, ni a qu&#x00E9; parte de ella est&#x00E1;bamos; y que
				  sobre todo esto, no ten&#x00ED;amos bastimentos para entrar adonde no sab&#x00ED;amos;
				  porque, visto lo que los nav&#x00ED;os hab&#x00ED;a, no se pod&#x00ED;a dar a cada hombre de raci&#x00F3;n
				  para entrar por la tierra m&#x00E1;s de una libra de bizcocho y otra de tocino, y que
				  mi parecer era que se deb&#x00ED;a embarcar e ir a buscar puerto y tierra que fuese
				  mejor para poblar, pues la que hab&#x00ED;amos visto, en s&#x00ED; era tan despoblada y tan
				  pobre, cuanto nunca en aquellas partes se hab&#x00ED;a hallado. Al comisario le
				  pareci&#x00F3; todo lo contrario, diciendo que no se hab&#x00ED;a de embarcar, sino que yendo
				  siempre hacia la costa, fuesen en busca del puerto, pues los pilotos dec&#x00ED;an que
				  no estar&#x00ED;a sino diez o quince leguas de all&#x00ED; la v&#x00ED;a de P&#x00E1;nuco, y que no era
				  posible, yendo siempre a la costa, que no top&#x00E1;semos con &#x00E9;l, porque dec&#x00ED;an que
				  entraba doce leguas adentro por la tierra, y que los primeros que lo hallasen,
				  esperasen all&#x00ED; a los otros, y que embarcarse era tentar a Dios, pues desque
				  partimos de Castilla tantos trabajos hab&#x00ED;amos pasado, tantas tormentas, tantas
				  p&#x00E9;rdidas de nav&#x00ED;os y de gente hab&#x00ED;amos tenido hasta llegar all&#x00ED;; y que por
				  estas razones &#x00E9;l se deb&#x00ED;a de ir por luengo de costa hasta llegar al puerto, y
				  que los otros nav&#x00ED;os, con la otra gente, se ir&#x00ED;an a la misma v&#x00ED;a hasta llegar
				  al mismo puerto. A todos los que all&#x00ED; estaban pareci&#x00F3; bien que esto se hiciese
				  as&#x00ED;, salvo al escribano, que dijo que primero que desamparase los nav&#x00ED;os, los
				  deb&#x00ED;a de dejar en puerto conocido y seguro, y en parte que fuese poblada; que
				  esto hecho, podr&#x00ED;a entrar por la tierra adentro y hacer lo que le pareciese. El
				  gobernador sigui&#x00F3; su parecer y lo que los otros le aconsejaban. Yo, vista su
				  determinaci&#x00F3;n, requer&#x00ED;le de parte de Vuestra Majestad que no dejase los nav&#x00ED;os
				  sin que quedasen en puerto y seguros, y as&#x00ED; lo ped&#x00ED; por testimonio al escribano
				  que all&#x00ED; ten&#x00ED;amos. &#x00C9;l respondi&#x00F3; que, pues &#x00E9;l se conformaba con el parecer de
				  los m&#x00E1;s de los otros oficiales y comisario, que yo no era parte para hacerle
				  estos requerimientos, y pidi&#x00F3; al escribano le diese por testimonio c&#x00F3;mo por no
				  haber en aquella tierra mantenimientos para poder poblar, ni puerto para los
				  nav&#x00ED;os, levantaba el pueblo que all&#x00ED; hab&#x00ED;a asentado, e iba con &#x00E9;l en busca del
				  puerto y de tierra que fuese mejor; y luego mand&#x00F3; apercibir la gente que hab&#x00ED;a
				  de ir con &#x00E9;l, que se proveyesen de lo que era menester para la jornada. Y
				  despu&#x00E9;s de esto prove&#x00ED;do, en presencia de los que all&#x00ED; estaban, me dijo que,
				  pues yo tanto estorbaba y tem&#x00ED;a la entrada por tierra, que me quedase y tomase
				  cargo de los nav&#x00ED;os y de la gente que en ellos quedaba, y poblase si yo llegase
				  primero que &#x00E9;l. Yo me excus&#x00E9; de esto, y despu&#x00E9;s de salidos de all&#x00ED; aquella
				  misma tarde, diciendo que no le parec&#x00ED;a que de nadie se pod&#x00ED;a fiar aquello, me
				  envi&#x00F3; a decir que me rogaba que tomase cargo de ello. Y viendo que
				  importun&#x00E1;ndome tanto, yo todav&#x00ED;a me excusaba, me pregunt&#x00F3; qu&#x00E9; era la causa por
				  que hu&#x00ED;a de aceptarlo; a lo cual respond&#x00ED; que yo hu&#x00ED;a de encargarme de aquello
				  porque ten&#x00ED;a por cierto y sab&#x00ED;a que &#x00E9;l no hab&#x00ED;a de ver m&#x00E1;s los nav&#x00ED;os, ni los
				  nav&#x00ED;os a &#x00E9;l, y que esto entend&#x00ED;a viendo que tan sin aparejo se entraban por la
				  tierra adentro. Y que yo quer&#x00ED;a m&#x00E1;s aventurarme al peligro que &#x00E9;l y los otros
				  se aventuraban, y pasar por lo que &#x00E9;l y ellos pasasen, que no encargarme de los
				  nav&#x00ED;os, y dar ocasi&#x00F3;n a que se dijese que, como hab&#x00ED;a contradicho la entrada,
				  me quedaba por temor, y mi honra anduviese en disputa; y que yo quer&#x00ED;a m&#x00E1;s
				  aventurar la vida que poner mi honra en esta condici&#x00F3;n. &#x00C9;l, viendo que conmigo
				  no aprovechaba, rog&#x00F3; a otros muchos que me hablasen en ello y me lo rogasen, a
				  los cuales respond&#x00ED; lo mismo que a &#x00E9;l; y as&#x00ED;, provey&#x00F3; por su teniente, para que
				  quedase en los nav&#x00ED;os, a un alcalde que tra&#x00ED;a que se llamaba Caravallo. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  V</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo dej&#x00F3; los nav&#x00ED;os el gobernador</head>
				<p n="7">S&#x00E1;bado 1 de mayo, el mismo d&#x00ED;a que esto hab&#x00ED;a pasado,
				  mand&#x00F3; dar a cada uno de los que hab&#x00ED;an de ir con &#x00E9;l dos libras de bizcocho y
				  media libra de tocino, y as&#x00ED; nos partimos para entrar en la tierra. La suma de
				  toda la gente que llev&#x00E1;bamos era trescientos hombres; en ellos iba el comisario
				  fray Juan Su&#x00E1;rez, y otro fraile que se dec&#x00ED;a fray Juan de Palos, y tres
				  cl&#x00E9;rigos y los oficiales. La gente de caballo que con estos &#x00ED;bamos, &#x00E9;ramos
				  cuarenta de caballo; y as&#x00ED; anduvimos con aquel bastimento que llev&#x00E1;bamos,
				  quince d&#x00ED;as, sin hallar otra cosa que comer, salvo palmitos de la manera de los
				  de Andaluc&#x00ED;a. En todo este tiempo no hallamos indio ninguno, ni vimos casa ni
				  poblado, y al cabo llegamos a un r&#x00ED;o que lo pasamos con muy gran trabajo a nado
				  y en balsas; detuv&#x00ED;monos un d&#x00ED;a en pasarlo, que tra&#x00ED;a muy gran corriente.
				  Pasados a la otra parte, salieron a nosotros hasta doscientos indios, poco m&#x00E1;s
				  o menos; el gobernador sali&#x00F3; a ellos, y despu&#x00E9;s de haberlos hablado por se&#x00F1;as,
				  ellos nos se&#x00F1;alaron de suerte que nos hubimos de revolver con ellos, y
				  prendimos cinco o seis; y &#x00E9;stos nos llevaron a sus casas, que estaban hasta
				  media legua de all&#x00ED;, en las cuales hallamos gran cantidad de ma&#x00ED;z que estaba ya
				  para cogerse, y dimos infinitas gracias a nuestro Se&#x00F1;or por habernos socorrido
				  en tan grande necesidad, porque ciertamente, como &#x00E9;ramos nuevos en los
				  trabajos, allende del cansancio que tra&#x00ED;amos, ven&#x00ED;amos muy fatigados de hambre
				  y a tercero d&#x00ED;a que all&#x00ED; llegamos, nos juntamos el contador y veedor y
				  comisario y yo, y rogamos al gobernador que enviase a buscar la mar, por ver si
				  hallar&#x00ED;amos puerto, porque los indios dec&#x00ED;an que la mar no estaba muy lejos de
				  all&#x00ED;. &#x00C9;l nos respondi&#x00F3; que no cur&#x00E1;semos de hablar en aquello, porque estaba muy
				  lejos de all&#x00ED;; y como yo era el que m&#x00E1;s le importunaba, d&#x00ED;jome que me fuese yo
				  a descubrirla y que buscase puerto, y que hab&#x00ED;a de ir a pie con cuarenta
				  hombres; y as&#x00ED;, otro d&#x00ED;a yo me part&#x00ED; con el capit&#x00E1;n Alonso del Castillo y con
				  cuarenta hombres de su compa&#x00F1;&#x00ED;a, y as&#x00ED; anduvimos hasta hora del mediod&#x00ED;a, que
				  llegamos a unos placeles de la mar que parec&#x00ED;a que entraban mucho por tierra;
				  anduvimos por ellos hasta legua y media con el agua hasta la mitad de la
				  pierna, pisando por encima de ostiones, de los cuales recibimos muchas
				  cuchilladas en los pies, y nos fueron a causa de mucho trabajo, hasta que
				  llegamos en el r&#x00ED;o que primero hab&#x00ED;amos atravesado, que entraba por aquel mismo
				  anc&#x00F3;n, y como no lo pudimos pasar, por el mal aparejo que para ello ten&#x00ED;amos,
				  volvimos al real, y contamos al gobernador lo que hab&#x00ED;amos hallado, y c&#x00F3;mo era
				  menester otra vez pasar el r&#x00ED;o por el mismo lugar que primero hab&#x00ED;amos pasado,
				  para que aqu&#x00E9;l anc&#x00F3;n se descubriese bien, y vi&#x00E9;semos si por all&#x00ED; hab&#x00ED;a puerto;
				  y otro d&#x00ED;a mand&#x00F3; a un capit&#x00E1;n que se llamaba Valenzuela, que con setenta
				  hombres y seis de caballo pasase el r&#x00ED;o y fuese por &#x00E9;l abajo hasta llegar a la
				  mar, y buscar si hab&#x00ED;a puerto; el cual, despu&#x00E9;s de dos d&#x00ED;as que all&#x00E1; estuvo,
				  volvi&#x00F3; y dijo que &#x00E9;l hab&#x00ED;a descubierto el anc&#x00F3;n, y que todo era bah&#x00ED;a baja
				  hasta la rodilla, y que no se hallaba puerto; y que hab&#x00ED;a visto cinco o seis
				  canoas de indios que pasaban de una parte a otra y que llevaban puestos muchos
				  penachos. Sabido esto, otro d&#x00ED;a partimos de all&#x00ED;, yendo siempre en demanda de
				  aquella provincia que los indios nos hab&#x00ED;an dicho Apalache, llevando por gu&#x00ED;a
				  los que de ellos hab&#x00ED;amos tomado, y as&#x00ED; anduvimos hasta 17 de junio, que no
				  hallamos indios que nos osasen esperar. Y all&#x00ED; sali&#x00F3; a nosotros un se&#x00F1;or que le
				  tra&#x00ED;a un indio a cuestas, cubierto de un cuero de venado pintado: tra&#x00ED;a consigo
				  mucha gente, y delante de &#x00E9;l ven&#x00ED;an ta&#x00F1;endo unas flautas de ca&#x00F1;a; y as&#x00ED; lleg&#x00F3;
				  donde estaba el gobernador, y estuvo una hora con &#x00E9;l, y por se&#x00F1;as le dimos a
				  entender que &#x00ED;bamos a Apalache, y por las se&#x00F1;as que &#x00E9;l hizo, nos pareci&#x00F3; que
				  era enemigo de los de Apalache, y que nos ir&#x00ED;a a ayudar contra &#x00E9;l. Nosotros le
				  dimos cuentas y cascabeles y otros rescates, y &#x00E9;l dio al gobernador el cuero
				  que tra&#x00ED;a cubierto; y as&#x00ED; se volvi&#x00F3;, y nosotros le fuimos siguiendo por la v&#x00ED;a
				  que &#x00E9;l iba. Aquella noche llegamos a un r&#x00ED;o, el cual era muy hondo y muy ancho,
				  y la corriente muy recia, y por no atrevernos a pasar con balsas, hicimos una
				  canoa para ello, y estuvimos en pasarlo un d&#x00ED;a; y si los indios nos quisieran
				  ofender, bien nos pudieran estorbar el paso, y aun con ayudarnos ellos, tuvimos
				  mucho trabajo. Uno de a caballo, que se dec&#x00ED;a Juan Vel&#x00E1;zquez, natural de
				  Cu&#x00E9;llar, por no esperar entr&#x00F3; en el r&#x00ED;o, y la corriente, como era recia, lo
				  derrib&#x00F3; del caballo, y se asi&#x00F3; a las riendas, y ahog&#x00F3; a s&#x00ED; y al caballo; y
				  aquellos indios de aquel se&#x00F1;or, que se llamaba Dulchanchel&#x00ED;n, hallaron el
				  caballo, y nos dijeron d&#x00F3;nde hallar&#x00ED;amos a &#x00E9;l por el r&#x00ED;o abajo; y as&#x00ED; fueron
				  por &#x00E9;l, y su muerte nos dio mucha pena, porque hasta entonces ninguno nos hab&#x00ED;a
				  faltado. El caballo dio de cenar a muchos aquella noche. </p>
				<p n="8">Pasados de all&#x00ED;, otro d&#x00ED;a llegamos al pueblo de aquel
				  se&#x00F1;or, y all&#x00ED; nos envi&#x00F3; ma&#x00ED;z. Aquella noche, donde iban a tomar agua nos
				  flecharon un cristiano, y quiso Dios que no lo hirieron. Otro d&#x00ED;a nos partimos
				  de all&#x00ED; sin que indio ninguno de los naturales pareciese, porque todos hab&#x00ED;an
				  huido; m&#x00E1;s yendo nuestro camino, parecieron indios, los cuales ven&#x00ED;an de
				  guerra, y aunque nosotros los llamamos, no quisieron volver ni esperar; mas
				  antes se retiraron, sigui&#x00E9;ndonos por el mismo camino que llev&#x00E1;bamos. El
				  gobernador dej&#x00F3; una celada de algunos de a caballo en el camino, que como
				  pasaron, salieron a ellos, y tomaron tres o cuatro indios, y &#x00E9;stos llevamos por
				  gu&#x00ED;as de all&#x00ED; adelante; los cuales nos llevaron por tierra muy trabajosa de
				  andar y maravillosa de ver, porque en ella hay muy grandes montes y los &#x00E1;rboles
				  a maravilla altos, y son tantos los que est&#x00E1;n ca&#x00ED;dos en el suelo, que nos
				  embarazaban el camino, de suerte que no pod&#x00ED;amos pasar sin rodear mucho y con
				  muy gran trabajo; de los que no estaban ca&#x00ED;dos, muchos estaban hendidos desde
				  arriba hasta abajo, de rayos que en aquella tierra caen, donde siempre hay muy
				  grandes tormentas y tempestades. Con este trabajo caminamos hasta un d&#x00ED;a
				  despu&#x00E9;s de San Juan, que llegamos a vista de Apalache sin que los indios de la
				  tierra nos sintiesen. Dimos muchas gracias a Dios por vernos tan cerca de &#x00C9;l,
				  creyendo que era verdad lo que de aquella tierra nos hab&#x00ED;an dicho, que all&#x00ED; se
				  acabar&#x00ED;an los grandes trabajos que hab&#x00ED;amos pasado, as&#x00ED; por el malo y largo
				  camino para andar, como por la mucha hambre que hab&#x00ED;amos padecido; porque
				  aunque algunas veces hall&#x00E1;bamos ma&#x00ED;z, las m&#x00E1;s and&#x00E1;bamos siete y ocho leguas sin
				  toparlo; y muchos hab&#x00ED;a entre nosotros que, allende del mucho cansancio y
				  hambre, llevaban hechas llagas en las espaldas, de llevar las armas a cuestas,
				  sin otras cosas que se ofrec&#x00ED;an. Mas con vernos llegados donde dese&#x00E1;bamos, y
				  donde tanto mantenimiento y oro nos hab&#x00ED;an dicho que hab&#x00ED;a, pareci&#x00F3;nos que se
				  nos hab&#x00ED;a quitado gran parte del trabajo y cansancio. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  VI</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo llegamos a Apalache</head>
				<p n="9">Llegados que fuimos a vista de Apalache, el gobernador
				  mand&#x00F3; que yo tomase nueve de a caballo y cincuenta peones, y entrase en el
				  pueblo, y as&#x00ED; lo acometimos el veedor y yo; y entrados, no hallamos sino
				  mujeres y muchachos, que los hombres a la saz&#x00F3;n no estaban en el pueblo; mas de
				  ah&#x00ED; a poco, andando nosotros por &#x00E9;l, acudieron, y comenzaron a pelear,
				  flech&#x00E1;ndonos, y mataron el caballo del veedor; mas al fin huyeron y nos
				  dejaron. All&#x00ED; hallamos mucha cantidad de ma&#x00ED;z que estaba ya para cogerse, y
				  mucho seco que ten&#x00ED;an encerrado. Hall&#x00E1;mosles muchos cueros de venados, y entre
				  ellos algunas mantas de hilo peque&#x00F1;as, y no buenas, con que las mujeres cubren
				  algo de sus personas. Ten&#x00ED;an muchos vasos para moler ma&#x00ED;z. En el pueblo hab&#x00ED;a
				  cuarenta casas peque&#x00F1;as y edificadas, bajas y en lugares abrigados, por temor
				  de las grandes tempestades que continuamente en aquella tierra suele haber. El
				  edificio es de paja, y est&#x00E1;n cercados de muy espeso monte y grandes arboledas y
				  muchos pi&#x00E9;lagos de agua, donde hay tantos y tan grandes &#x00E1;rboles ca&#x00ED;dos, que
				  embarazan, y son causa que no se puede por all&#x00ED; andar sin mucho trabajo y
				  peligro. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  VII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De la manera que es la tierra</head>
				<p n="10">La tierra, por la mayor parte, desde donde desembarcamos
				  hasta este pueblo y tierra de Apalache, es llana; el suelo, de arena y tierra
				  firme; por toda ella hay muy grandes &#x00E1;rboles y montes claros, donde hay nogales
				  y laureles, y otros que se llaman liquid&#x00E1;mbares, cedros, sabinas y encinas y
				  pinos y robles, palmitos bajos, de la manera de los de Castilla. Por toda ella
				  hay muchas lagunas grandes y peque&#x00F1;as, algunas muy trabajosas de pasar, parte
				  por la mucha hondura, parte por tantos &#x00E1;rboles como por ellas est&#x00E1;n ca&#x00ED;dos. El
				  suelo de ellas es de arena, y las que en la comarca de Apalache hallamos son
				  muy mayores que las de hasta all&#x00ED;. Hay en esta provincia muchos maizales, y las
				  casas est&#x00E1;n tan esparcidas por el campo, de la manera que est&#x00E1;n las de los
				  Gelves. Los animales que en ellas vimos son: venados de tres maneras, conejos y
				  liebres, osos y leones, y otras salvajinas, entre los cuales vimos un animal
				  que trae los hijos en una bolsa que en la barriga tiene; y todo el tiempo que
				  son peque&#x00F1;os los trae all&#x00ED;, hasta que saben buscar de comer; y si acaso est&#x00E1;n
				  fuera buscando de comer, y acude gente, la madre no huye hasta que los ha
				  recogido en su bolsa. Por all&#x00ED; la tierra en muy fr&#x00ED;a; tiene muy buenos pastos
				  para ganados; hay aves de muchas maneras, &#x00E1;nsares en gran cantidad, patos,
				  &#x00E1;nades, patos reales, dorales y garzotas y garzas, perdices; vimos muchos
				  halcones, nebl&#x00ED;es, gavilanes, esmerejones y otras muchas aves. Dos horas
				  despu&#x00E9;s que llegamos a Apalache, los indios que all&#x00ED; hab&#x00ED;an huido vinieron a
				  nosotros de paz, pidi&#x00E9;ndonos a sus mujeres e hijos, y nosotros se los dimos,
				  salvo que el gobernador detuvo un cacique de ellos consigo, que fue causa por
				  donde ellos fueron escandalizados; y luego otro d&#x00ED;a volvieron en pie de guerra,
				  y con tanto denuedo y presteza nos acometieron, que llegaron a nos poner fuego
				  a las casas en que est&#x00E1;bamos; mas como salimos, huyeron, y acogi&#x00E9;ronse a las
				  lagunas, que ten&#x00ED;an muy cerca; y por esto, y por los grandes maizales que
				  hab&#x00ED;a, no les pudimos hacer da&#x00F1;o, salvo a uno que matamos. Otro d&#x00ED;a siguiente,
				  otros indios de otro pueblo que estaba de la otra parte vinieron a nosotros y
				  acometi&#x00E9;ronnos de la misma arte que los primeros y de la misma manera se
				  escaparon, y tambi&#x00E9;n muri&#x00F3; uno de ellos. Estuvimos en este pueblo veinte y
				  cinco d&#x00ED;as, en que hicimos tres entradas por la tierra y hall&#x00E1;rnosla muy pobre
				  de gente y muy mala de andar, por los malos pasos y montes y lagunas que ten&#x00ED;a.
				  Preguntamos al cacique que les hab&#x00ED;amos detenido, y a los otros indios que
				  tra&#x00ED;amos con nosotros, que eran vecinos y enemigos de ellos, por la manera y
				  poblaci&#x00F3;n de la tierra, y la calidad de la gente, y por los bastimentos y todas
				  las otras cosas de ella. Respondi&#x00E9;ronnos cada uno por s&#x00ED;, que el mayor pueblo
				  de toda aquella tierra era aquel Apalache, y que adelante hab&#x00ED;a menos gente y
				  muy m&#x00E1;s pobre que ellos, y que la tierra era mal poblada y los moradores de
				  ella muy repartidos; y que yendo adelante, hab&#x00ED;a grandes lagunas y espesura de
				  montes y grandes desiertos y despoblados. Pregut&#x00E1;mosles luego por la tierra que
				  estaba hacia el sur, qu&#x00E9; pueblos y mantenimientos ten&#x00ED;a. Dijeron que por
				  aquella v&#x00ED;a, yendo a la mar nueve jornadas, hab&#x00ED;a un pueblo que llamaban Ante,
				  y los indios de &#x00E9;l ten&#x00ED;an mucho ma&#x00ED;z, y que ten&#x00ED;an fr&#x00ED;soles y calabazas, y que
				  por estar tan cerca de la mar alcanzaban pescados, y que &#x00E9;stos eran amigos
				  suyos. Nosotros, vista la pobreza de la tierra, y las malas nuevas que de la
				  poblaci&#x00F3;n y de todo lo dem&#x00E1;s nos daban, y como los indios nos hac&#x00ED;an continua
				  guerra hiri&#x00E9;ndonos la gente y los caballos en los lugares donde &#x00ED;bamos a tomar
				  agua, y esto desde las lagunas, y tan a salvo, que no los pod&#x00ED;amos ofender,
				  porque metidos en ellas nos flechaban, y mataron un se&#x00F1;or de Tezcuco que se
				  llamaba don Pedro, que el comisario llevaba consigo, acordamos de partir de
				  all&#x00ED;, e ir a buscar la mar y aquel pueblo de Ante que nos hab&#x00ED;an dicho; y as&#x00ED;
				  nos partimos al cabo de veinte y cinco d&#x00ED;as que all&#x00ED; hab&#x00ED;amos llegado. El
				  primero d&#x00ED;a pasamos aquellas lagunas y pasos sin ver indio ninguno, mas al
				  segundo d&#x00ED;a llegamos a una laguna de muy mal paso, porque daba el agua a los
				  pechos y hab&#x00ED;a en ella muchos &#x00E1;rboles ca&#x00ED;dos. Ya que est&#x00E1;bamos en medio de ella
				  nos acometieron muchos indios que estaban escondidos detr&#x00E1;s de los &#x00E1;rboles
				  porque no les vi&#x00E9;semos; otros estaban sobre los ca&#x00ED;dos, y comenz&#x00E1;ronnos a
				  flechar de manera que nos hirieron muchos hombres y caballos, y nos tomaron la
				  gu&#x00ED;a que llev&#x00E1;bamos, antes que de la laguna sali&#x00E9;semos, y despu&#x00E9;s de salidos de
				  ella, nos tornaron a seguir, queri&#x00E9;ndonos estorbar el paso; de manera que no
				  nos aprovechaba salirnos afuera ni hacernos m&#x00E1;s fuertes y querer pelear con
				  ellos, que se met&#x00ED;an luego en la laguna, y desde all&#x00ED; nos her&#x00ED;an la gente y
				  caballos. Visto esto, el gobernador mand&#x00F3; a los de caballo que se apeasen y les
				  acometiesen a pie. El contador se ape&#x00F3; con ellos, y as&#x00ED; los acometieron, y
				  todos entraron a vueltas en una laguna, y as&#x00ED; les ganamos el paso. En esta
				  revuelta hubo algunos de los nuestros heridos, que no les valieron buenas armas
				  que llevaban; y hubo hombres este d&#x00ED;a que juraron que hab&#x00ED;an visto dos robles,
				  cada uno de ellos tan grueso como la pierna por bajo, pasados de parte a parte
				  de las flechas de los indios; y esto no es tanto de maravillar, vista la fuerza
				  y ma&#x00F1;a con que las echan; porque yo mismo vi una flecha en un pie de un &#x00E1;lamo,
				  que entraba por &#x00E9;l un jeme. Cuantos indios vimos desde la Florida aqu&#x00ED; todos
				  son flecheros; y como son tan crecidos de cuerpo y andan desnudos, desde lejos
				  parecen gigantes. Es gente a maravilla bien dispuesta, muy enjutos y de muy
				  grandes fuerzas y ligereza. Los arcos que usan son gruesos como el brazo, de
				  once o doce palmos de largo, que flechan a doscientos pasos con tan gran
				  tiento, que ninguna cosa yerran. Pasados que fuimos de este paso, de ah&#x00ED; a una
				  legua llegamos a otro de la misma manera, salvo que por ser tan largo, que
				  duraba media legua, era muy peor; &#x00E9;ste pasamos libremente y sin estorbo de
				  indios; que como hab&#x00ED;an gastado en el primero toda la munici&#x00F3;n que de flechas
				  ten&#x00ED;an, no qued&#x00F3; con qu&#x00E9; osarnos acometer. Otro d&#x00ED;a siguiente, pasando otro
				  semejante paso, yo hall&#x00E9; rastro de gente que iba delante, y di aviso de ello al
				  gobernador, que ven&#x00ED;a en la retaguardia; y as&#x00ED;, aunque los indios salieron a
				  nosotros, como &#x00ED;bamos apercibidos, no nos pudieron ofender; y salidos a lo
				  llano, fu&#x00E9;ronnos todav&#x00ED;a siguiendo; volvimos a ellos por dos partes, y
				  mat&#x00E1;mosles dos indios, y hiri&#x00E9;ronme a m&#x00ED; y dos o tres cristianos; y por
				  acog&#x00E9;rsenos al monte no les pudimos hacer m&#x00E1;s mal ni da&#x00F1;o. De esta suerte
				  caminamos ocho d&#x00ED;as, y desde este paso que he contado, no salieron m&#x00E1;s indios a
				  nosotros hasta una legua adelante, que es lugar donde he dicho que &#x00ED;bamos.
				  All&#x00ED;, yendo nosotros por nuestro camino, salieron indios, y sin ser sentidos,
				  dieron en la retaguardia, y a los gritos que dio un muchacho de un hidalgo de
				  los que all&#x00ED; iban, que se llamaba Avellaneda, el Avellaneda volvi&#x00F3;, y fue a
				  socorrerlos, y los indios le acertaron con una flecha por el canto de las
				  corazas, y fue tal la herida, que pas&#x00F3; casi toda la flecha por el pescuezo, y
				  luego all&#x00ED; muri&#x00F3; y lo llevamos hasta Ante. En nueve d&#x00ED;as de camino, desde
				  Apalache hasta all&#x00ED;, llegamos. Y cuando fuimos llegados, hallamos toda la gente
				  de &#x00E9;l, ida, y las casas quemadas, y mucho ma&#x00ED;z y calabazas y fr&#x00ED;soles, que ya
				  todo estaba para empezarse a coger. Descansamos all&#x00ED; dos d&#x00ED;as, y estos pasados,
				  el gobernador me rog&#x00F3; que fuese a descubrir la mar, pues los indios dec&#x00ED;an que
				  estaba tan cerca de all&#x00ED;; ya en este camino la hab&#x00ED;amos descubierto por un r&#x00ED;o
				  muy grande que en &#x00E9;l hallamos, a quien hab&#x00ED;amos puesto por nombre el r&#x00ED;o de la
				  Magdalena. Visto esto, otro d&#x00ED;a siguiente yo me part&#x00ED; a descubrirla, juntamente
				  con el comisario y el capit&#x00E1;n Castillo y Andr&#x00E9;s Dorantes y otros siete de
				  caballo y cincuenta peones, y caminamos hasta hora de v&#x00ED;speras, que llegamos a
				  un anc&#x00F3;n o entrada de la mar, donde hallamos muchos ostiones, con que la gente
				  holg&#x00F3;; y dimos muchas gracias a Dios por habernos tra&#x00ED;do all&#x00ED;. Otro d&#x00ED;a de
				  ma&#x00F1;ana envi&#x00E9; veinte hombres a que conociesen la costa y mirasen la disposici&#x00F3;n
				  de ella, los cuales volvieron al otro d&#x00ED;a en la noche, diciendo que aquellos
				  ancones y bah&#x00ED;as eran muy grandes y entraban tanto por la tierra adentro, que
				  estorbaban mucho para descubrir lo que quer&#x00ED;amos, y que la costa estaba muy
				  lejos de all&#x00ED;. Sabidas estas nuevas y vista la mala disposici&#x00F3;n y aparejo que
				  para descubrir la costa por all&#x00ED; hab&#x00ED;a, yo me volv&#x00ED; al gobernador, y cuando
				  llegamos, hall&#x00E1;mosle enfermo con otros muchos, y la noche pasada los indios
				  hab&#x00ED;an dado en ellos y pu&#x00E9;stolos en grand&#x00ED;simo trabajo, por la raz&#x00F3;n de la
				  enfermedad que les hab&#x00ED;a sobrevenido; tambi&#x00E9;n les hab&#x00ED;an muerto un caballo. Yo
				  di cuenta de lo que hab&#x00ED;a hecho y de la mala disposici&#x00F3;n de la tierra. Aquel
				  d&#x00ED;a nos detuvimos all&#x00ED;. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  VIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo partimos de Aute</head>
				<p n="11">Otro d&#x00ED;a siguiente partimos de Ante, y caminamos todo el
				  d&#x00ED;a hasta llegar donde yo hab&#x00ED;a estado. Fue camino en extremo trabajoso, porque
				  ni los caballos bastaban a llevar los enfermos, ni sab&#x00ED;amos qu&#x00E9; remedio poner,
				  porque cada d&#x00ED;a adolec&#x00ED;an; que fue cosa de muy gran l&#x00E1;stima y dolor ver la
				  necesidad y trabajo en que est&#x00E1;bamos. Llegados que fuimos, visto el poco
				  remedio que para ir adelante hab&#x00ED;a, porque no hab&#x00ED;a d&#x00F3;nde, ni aunque lo
				  hubiera, la gente pudiera pasar adelante, por estar los m&#x00E1;s enfermos, y tales,
				  que pocos hab&#x00ED;a de quien se pudiese haber alg&#x00FA;n provecho.</p>
				<p n="12">Dejo aqu&#x00ED; de contar esto m&#x00E1;s largo, porque cada uno
				  puede pensar lo que se pasar&#x00ED;a en tierra tan extra&#x00F1;a y tan mala, y tan sin
				  ning&#x00FA;n remedio de ninguna cosa, ni para estar ni para salir de ella. Mas como
				  el m&#x00E1;s cierto remedio sea Dios nuestro Se&#x00F1;or, y de este nunca desconfiamos,
				  sucedi&#x00F3; otra cosa que agravaba m&#x00E1;s que todo esto, que entre la gente de caballo
				  se comenz&#x00F3; la mayor parte de ellos a ir secretamente, pensando hallar ellos por
				  s&#x00ED; remedio, y desamparar al gobernador y a los enfermos, los cuales estaban sin
				  algunas fuerzas y poder. Mas, como entre ellos hab&#x00ED;a muchos hijosdalgo y
				  hombres de buena suerte, no quisieron que esto pasase sin dar parte al
				  gobernador y a los oficiales de Vuestra Majestad; y como les afeamos su
				  prop&#x00F3;sito, y les pusimos delante el tiempo en que desamparaban a su capit&#x00E1;n y
				  los que estaban enfermos y sin poder, y apartarse sobre todo el servicio de
				  Vuestra Majestad, acordaron de quedar, y que lo que fuese de uno fuese de
				  todos, sin que ninguno desamparase a otro. Visto esto por el gobernador, los
				  llam&#x00F3; a todos y a cada uno por s&#x00ED;, pidiendo parecer de tan mala tierra, para
				  poder salir de ella y buscar alg&#x00FA;n remedio, pues all&#x00ED; no lo hab&#x00ED;a, estando la
				  tercia parte de la gente con gran enfermedad, y creciendo esto cada hora, que
				  ten&#x00ED;amos por cierto todos lo estar&#x00ED;amos as&#x00ED;; de donde no se pod&#x00ED;a seguir sino
				  la muerte, que por ser en tal parte se nos hac&#x00ED;a m&#x00E1;s grave; y vistos estos y
				  otros muchos inconvenientes, y tentados muchos remedios, acordamos en uno
				  harto dif&#x00ED;cil de poner en obra, que era hacer nav&#x00ED;os en que nos fu&#x00E9;semos. A
				  todos parec&#x00ED;a imposible, porque nosotros no los sab&#x00ED;amos hacer, ni hab&#x00ED;a
				  herramienta, ni hierro, ni fragua, ni estopa, ni pez, ni jarcias, finalmente,
				  ni cosa ninguna de tantas como son menester, ni quien supiese nada para dar
				  industria en ello, y sobre todo, no haber qu&#x00E9; comer entretanto que se hiciesen,
				  y los que hab&#x00ED;an de trabajar del arte que hab&#x00ED;amos dicho. Y considerando todo
				  esto, acordamos de pensar en ello m&#x00E1;s de espacio, y ces&#x00F3; la pl&#x00E1;tica aquel d&#x00ED;a,
				  y cada uno se fue encomend&#x00E1;ndolo a Dios nuestro Se&#x00F1;or, que lo encaminase por
				  donde &#x00C9;l fuese m&#x00E1;s servido. Otro d&#x00ED;a quiso Dios que uno de la compa&#x00F1;&#x00ED;a vino
				  diciendo que &#x00E9;l har&#x00ED;a unos ca&#x00F1;ones de palo, y con unos cueros de venado se
				  har&#x00ED;an unos fuelles, y como est&#x00E1;bamos en tiempo que cualquiera cosa que tuviese
				  alguna sobrehaz de remedio, nos parec&#x00ED;a bien, dijimos que se pusiese por obra;
				  y acordamos de hacer de los estribos y espuelas y ballestas, y de las otras
				  cosas de hierro que hab&#x00ED;a, los clavos y sierras y hachas, y otras herramientas,
				  de que tanta necesidad hab&#x00ED;a para ello; y dimos por remedio que para haber
				  alg&#x00FA;n mantenimiento en el tiempo que esto se hiciese se hiciesen cuatro
				  entradas en Ante con todos los caballos y gente que pudiesen ir, y que a
				  tercero d&#x00ED;a se matase un caballo, el cual se repartiese entre los que
				  trabajaban en la obra de las barcas y los que estaban enfermos; las entradas se
				  hicieron con la gente y caballos que fue posible, y en ellas se trajeron hasta
				  cuatrocientas hanegas de ma&#x00ED;z, aunque no sin contienda y pendencias con los
				  indios. Hicimos coger muchos palmitos para aprovecharnos de la lana y cobertura
				  de ellos, torci&#x00E9;ndola y aderez&#x00E1;ndola para usar en lugar de estopa para las
				  barcas; las cuales se comenzaron a hacer con un solo carpintero que en la
				  compa&#x00F1;&#x00ED;a hab&#x00ED;a, y tanta diligencia pusimos, que, comenz&#x00E1;ndolas a cuatro d&#x00ED;as de
				  agosto, a veinte d&#x00ED;as del mes de septiembre eran acabadas cinco barcas, de a
				  veinte y dos codos cada una, calafateadas con las estopas de los palmitos, y
				  bre&#x00E1;moslas con cierta pez de alquitr&#x00E1;n que hizo un griego llamado don Teodoro,
				  de unos pinos; y de la misma ropa de los palmitos, y de las colas y crines de
				  los caballos, hicimos cuerdas y jarcias, y de las nuestras camisas velas, y de
				  las sabinas que all&#x00ED; hab&#x00ED;a, hicimos los remos que nos pareci&#x00F3; que era menester.
				  Y tal era la tierra en que nuestros pecados nos hab&#x00ED;an puesto, que con muy gran
				  trabajo pod&#x00ED;amos hallar piedras para lastre y anclas de las barcas, ni en toda
				  ella hab&#x00ED;amos visto ninguna. Desollamos tambi&#x00E9;n las piernas de los caballos
				  enteras, y curtimos los cueros de ellas para hacer botas en que llev&#x00E1;semos el
				  agua. En este tiempo algunos andaban cogiendo mariscos por los rincones de las
				  entradas de la mar, en que los indios, en dos veces que dieron en ellos, nos
				  mataron diez hombres a vista del real, sin que los pudi&#x00E9;semos socorrer, los
				  cuales hallamos de parte a parte pasados con las flechas; que aunque algunos
				  ten&#x00ED;an buenas armas, no bastaron a resistir para que esto no se hiciese, por
				  flechar con tanta destreza y fuerza como arriba he dicho. Y a dicho y juramento
				  de nuestros pilotos, desde la bah&#x00ED;a, que pusimos nombre de la Cruz, hasta aqu&#x00ED;
				  anduvimos doscientas y ochenta leguas, poco m&#x00E1;s o menos. En toda esta tierra no
				  vimos sierra ni tuvimos noticias de ella en ninguna manera; y antes que nos
				  embarc&#x00E1;semos, sin los que los indios nos mataron, se murieron m&#x00E1;s de cuarenta
				  hombres de enfermedad y hambre. A veinte y dos d&#x00ED;as del mes de septiembre se
				  acabaron de comer los caballos, que s&#x00F3;lo uno qued&#x00F3;, y este d&#x00ED;a nos embarcamos
				  por esta orden: que en la barca del gobernador iban cuarenta y nueve hombres;
				  en otra que dio al contador y comisario iban otros tantos; la tercera dio al
				  capit&#x00E1;n Alonso del Castillo y Andr&#x00E9;s Dorantes, con cuarenta y ocho hombres, y
				  otra dio a dos capitanes, que se llamaban T&#x00E9;llez y Pe&#x00F1;alosa, con cuarenta y
				  siete hombres. La otra dio al veedor y a m&#x00ED; con cuarenta y nueve hombres, y
				  despu&#x00E9;s de embarcados los bastimentos y ropa, no qued&#x00F3; a las barcas m&#x00E1;s que un
				  jeme de bordo fuera del agua, y allende de esto, &#x00ED;bamos tan apretados, que no
				  nos pod&#x00ED;amos menear; y tanto puede la necesidad, que nos hizo aventurar a ir de
				  esta manera, y meternos en una mar tan trabajosa, y sin tener noticia de la
				  arte del marear ninguno de los que all&#x00ED; iban.</p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  IX</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo partimos de bah&#x00ED;a de Caballos</head>
				<p n="13">Aquella bah&#x00ED;a de donde partimos ha por nombre la bah&#x00ED;a
				  de Caballos, y anduvimos siete d&#x00ED;as por aquellos ancones, entrados en el agua
				  hasta la cinta, sin se&#x00F1;al de ver ninguna cosa de costa, y al cabo de ellos
				  llegamos a una isla que estaba cerca de la tierra. Mi barca iba delante, y de
				  ella vimos venir cinco canoas de indios, los cuales las desampararon y nos las
				  dejaron en las manos, viendo que &#x00ED;bamos a ellas; las otras barcas pasaron
				  adelante, y dieron en unas casas de la misma isla, donde hallamos muchas lizas
				  y huevos de ellas, que estaban secas; que fue muy gran remedio para la
				  necesidad que llev&#x00E1;bamos. Despu&#x00E9;s de tomadas, pasamos adelante, y dos leguas
				  de all&#x00ED; pasamos un estrecho que la isla con la tierra hac&#x00ED;a, al cual llamamos
				  de San Miguel por haber salido en su d&#x00ED;a por &#x00E9;l; y salidos llegamos a la costa,
				  donde, con las cinco canoas que yo hab&#x00ED;a tomado a los indios, remediamos algo
				  de las barcas, haciendo falcas de ellas, y a&#x00F1;adi&#x00E9;ndolas, de manera que subieron
				  dos palmos de bordo sobre el agua; y con esto tornamos a caminar por luengo de
				  costa de v&#x00ED;a del r&#x00ED;o de Palmas, creciendo cada d&#x00ED;a la sed y la hambre, porque
				  los bastimentos eran muy pocos y iban muy al cabo, y el agua se nos acab&#x00F3;,
				  porque las botas que hicimos de las piernas de los caballos luego fueron
				  podridas y sin ning&#x00FA;n provecho. Algunas veces entramos por ancones y bah&#x00ED;as que
				  entraban mucho por la tierra adentro; todas las hallamos bajas y peligrosas; y
				  as&#x00ED; anduvimos por ellas treinta d&#x00ED;as, donde algunas veces hall&#x00E1;bamos indios
				  pescadores, gente pobre y miserable. Al cabo ya de estos treinta d&#x00ED;as, que la
				  necesidad del agua era en extremo, yendo cerca de la costa, una noche sentimos
				  venir una canoa, y como la vimos, esperamos que llegase, y ella no quiso hacer
				  cara; y aunque la llamamos, no quiso volver ni aguardarnos, y por ser de noche
				  no la seguimos, y fu&#x00ED;monos nuestra v&#x00ED;a. Cuando amaneci&#x00F3; vimos una isla peque&#x00F1;a,
				  y fuimos a ella por ver si hallar&#x00ED;amos agua; mas nuestro trabajo fue en balde,
				  porque no la hab&#x00ED;a. Estando all&#x00ED; surtos, nos tom&#x00F3; una tormenta muy grande,
				  porque nos detuvimos seis d&#x00ED;as sin que os&#x00E1;semos salir a la mar; y como hab&#x00ED;a
				  cinco d&#x00ED;as que no beb&#x00ED;amos, la sed fue tanta, que nos puso en necesidad de
				  beber agua salada, y algunos se desatentaron tanto en ello, que s&#x00FA;bitamente se
				  nos murieron cinco hombres. Cuento esto as&#x00ED; brevemente, porque no creo que haya
				  necesidad de particularmente contar las miserias y trabajos en que nos vimos;
				  pues considerando el lugar donde est&#x00E1;bamos y la poca esperanza de remedio que
				  ten&#x00ED;amos, cada uno puede pensar mucho de lo que all&#x00ED; pasar&#x00ED;a. Y como vimos que
				  la sed crec&#x00ED;a y el agua nos mataba, aunque la tormenta no era cesada, acordamos
				  de encomendarnos a Dios nuestro Se&#x00F1;or, y aventuramos antes al peligro de la mar
				  que esperar la certinidad de la muerte que la sed nos daba. As&#x00ED;, salimos la v&#x00ED;a
				  donde hab&#x00ED;amos visto la canoa la noche que por all&#x00ED; ven&#x00ED;amos; y en este d&#x00ED;a nos
				  vimos muchas veces anegados, y tan perdidos, que ninguno hubo que no tuviese
				  por cierta la muerte. Plugo a nuestro Se&#x00F1;or, que en las mayores necesidades
				  suele mostrar su favor, que a puesta del Sol volvimos una punta que la tierra
				  hace, adonde hallamos mucha bonanza y abrigo. Salieron a nosotros muchas
				  canoas, y los indios que en ellas ven&#x00ED;an nos hablaron, y sin querernos
				  aguardar, se volvieron. Era gente grande y bien dispuesta, y no tra&#x00ED;an flechas
				  ni arcos. Nosotros les fuimos siguiendo hasta sus casas, que estaban cerca de
				  all&#x00ED; a la lengua del agua, y saltamos en tierra, y delante de las casas
				  hallamos muchos c&#x00E1;ntaros de agua y mucha cantidad de pescado guisado, y el
				  se&#x00F1;or de aquellas tierras ofreci&#x00F3; todo aquello al gobernador, y tom&#x00E1;ndolo
				  consigo, lo llev&#x00F3; a su casa. Las casas de &#x00E9;stos eran de esteras, que a lo que
				  pareci&#x00F3; eran estantes; y despu&#x00E9;s que entramos en casa del cacique, nos dio
				  mucho pescado, y nosotros le dimos del ma&#x00ED;z que tra&#x00ED;amos, y lo comieron en
				  nuestra presencia, y nos pidieron m&#x00E1;s, y se lo dimos, y el gobernador le dio
				  muchos rescates; el cual, estando con el cacique en su casa, a media hora de la
				  noche, s&#x00FA;bitamente los indios dieron en nosotros y en los que estaban muy malos
				  echados en la costa, y acometieron tambi&#x00E9;n la casa del cacique, donde el
				  gobernador estaba, y lo hirieron de una piedra en el rostro. Los que all&#x00ED; se
				  hallaron prendieron al cacique; mas como los suyos estaban tan cerca,
				  solt&#x00F3;seles y dej&#x00F3;les en las manos una manta de martas cebelinas, que son las
				  mejores que creo yo que en el mundo se podr&#x00ED;an hallar, y tienen un olor que no
				  parece sino de &#x00E1;mbar y almizcle, y alcanza tan lejos, que de mucha cantidad se
				  siente; otras vimos all&#x00ED; mas ningunas eran tales como &#x00E9;stas. Los que all&#x00ED; se
				  hallaron, viendo al gobernador herido, lo metimos en la barca, e hicimos que
				  con &#x00E9;l se recogiese toda la m&#x00E1;s gente a sus barcas, y quedamos hasta cincuenta
				  en tierra para contra los indios, que nos acometieron tres veces aquella noche,
				  y con tanto &#x00ED;mpetu, que cada vez nos hac&#x00ED;an retraer m&#x00E1;s de un tiro de piedra.
				  Ninguno hubo de nosotros que no quedase herido, y yo lo fui en la cara; y si
				  como se hallaron pocas flechas, estuvieran m&#x00E1;s prove&#x00ED;dos de ellas, sin duda nos
				  hicieran mucho da&#x00F1;o. La &#x00FA;ltima vez se pusieron en celada los capitanes Dorantes
				  y Pe&#x00F1;alosa y T&#x00E9;llez con quince hombres, y dieron en ellos por las espaldas, y
				  de tal manera les hicieron huir, que nos dejaron. Otro d&#x00ED;a de ma&#x00F1;ana yo les
				  romp&#x00ED; m&#x00E1;s de treinta canoas, que nos aprovecharon para un norte que hac&#x00ED;a, que
				  por todo el d&#x00ED;a hubimos de estar all&#x00ED; con mucho fr&#x00ED;o, sin osar entrar en la
				  mar, por la mucha tormenta que en ella hab&#x00ED;a. Esto pasado, nos tornamos a
				  embarcar, y navegamos tres d&#x00ED;as; y como hab&#x00ED;amos tomado poca agua, y los vasos
				  que ten&#x00ED;amos para llevar asimismo eran muy pocos, tornamos a caer en la primera
				  necesidad; y siguiendo nuestra v&#x00ED;a, entramos por un estero, y estando en &#x00E9;l
				  vimos venir una canoa de indios. Como los llamamos, vinieron a nosotros, y el
				  gobernador, a cuya barca hab&#x00ED;an llegado, pidi&#x00F3;les agua, y ellos la ofrecieron
				  con que les diesen en qu&#x00E9; la trajesen, y un cristiano griego, llamado Doroteo
				  Teodoro (de quien arriba se hizo menci&#x00F3;n), dijo que quer&#x00ED;a ir con ellos; el
				  gobernador y otros se lo procuraron estorbar mucho, y nunca lo pudieron, sino
				  que en todo caso quer&#x00ED;a ir con ellos; as&#x00ED; se fue y llev&#x00F3; consigo un negro, y
				  los indios dejaron en rehenes dos de su compa&#x00F1;&#x00ED;a; y a la noche volvieron los
				  indios y traj&#x00E9;ronnos muchos vasos sin agua, y no trajeron los cristianos que
				  hab&#x00ED;an llevado; y los que hab&#x00ED;an dejado por rehenes, como los otros los
				  hablaron, quisieronse echar al agua. Mas los que en la barca estaban los
				  detuvieron; y as&#x00ED;, se fueron huyendo los indios de la canoa, y nos dejaron muy
				  confusos y tristes por haber perdido aquellos dos cristianos. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">
				CAP&#x00CD;TULO  X:  De la refriega que nos dieron
				los indios</head>
				<p n="14">Venida la ma&#x00F1;ana, vinieron a nosotros muchas canoas de
				  indios, pidi&#x00E9;ndonos los dos compa&#x00F1;eros que en la barca hab&#x00ED;an quedado por
				  rehenes. El gobernador dijo que se los dar&#x00ED;a con que trajesen los dos
				  cristianos que hab&#x00ED;an llevado. Con esta gente ven&#x00ED;an cinco o seis se&#x00F1;ores, y
				  nos pareci&#x00F3; ser la gente m&#x00E1;s bien dispuesta y de m&#x00E1;s autoridad y concierto que
				  hasta all&#x00ED; hab&#x00ED;amos visto, aunque no tan grandes como los otros de quien hemos
				  contado. Tra&#x00ED;an los cabellos sueltos y muy largos, y cubiertos con mantas de
				  martas, de la suerte de las que atr&#x00E1;s hab&#x00ED;amos tomado, y algunas de ellas
				  hechas por muy extra&#x00F1;a manera, porque en ella hab&#x00ED;a unos lazos de labores de
				  unas pieles leonadas, que parec&#x00ED;an muy bien. Rog&#x00E1;bannos que nos fu&#x00E9;semos con
				  ellos y que nos dar&#x00ED;an los cristianos y agua y otras muchas cosas; y contino
				  acud&#x00ED;an sobre nosotros muchas canoas, procurando tomar la boca de aquella
				  entrada; y as&#x00ED; por esto, como porque la tierra era muy peligrosa para estar en
				  ella, nos salimos a la mar, donde estuvimos hasta mediod&#x00ED;a con ellos. Y como no
				  nos quisiesen dar los cristianos, y por este respecto nosotros no les di&#x00E9;semos
				  los indios, comenz&#x00E1;ronnos a tirar piedras con hondas, y varas, con muestras de
				  flecharnos, aunque en todos ellos no vimos sino tres o cuatro arcos. </p>
				<p n="15">Estando en esta contienda el viento refresc&#x00F3;, y ellos se
				  volvieron y nos dejaron; y as&#x00ED; navegamos aquel d&#x00ED;a, hasta hora de v&#x00ED;speras, que
				  mi barca que iba delante, descubri&#x00F3; una punta que la tierra hac&#x00ED;a, y del otro
				  cabo se ve&#x00ED;a un r&#x00ED;o muy grande, y en una isleta que hac&#x00ED;a la punta hice yo
				  surgir por esperar las otras barcas. El gobernador no quiso llegar; antes se
				  meti&#x00F3; por una bah&#x00ED;a muy cerca de all&#x00ED;, en que hab&#x00ED;a muchas isletas, y all&#x00ED; nos
				  juntamos, y desde la mar tomamos agua dulce, porque el r&#x00ED;o entraba en la mar de
				  avenida, y por tostar alg&#x00FA;n ma&#x00ED;z de lo que tra&#x00ED;amos, porque ya hab&#x00ED;a dos d&#x00ED;as
				  que lo com&#x00ED;amos crudo, saltamos en aquella isla; mas como no hallamos le&#x00F1;a,
				  acordamos de ir al r&#x00ED;o que estaba detr&#x00E1;s de la punta, una legua de all&#x00ED;; y
				  yendo, era tanta la corriente, que no nos dejaba en ninguna manera llegar,
				  antes nos apartaba de la tierra, y nosotros trabajando y porfiando por tomarla.
				  El norte que ven&#x00ED;a de la tierra comenz&#x00F3; a crecer tanto, que nos meti&#x00F3; en la
				  mar, sin que nosotros pudi&#x00E9;semos hacer otra cosa; y a media legua que fuimos
				  metidos en ella, sondeamos, y hallamos que con treinta brazas no pudimos tomar
				  hondo, y no pod&#x00ED;amos entender si la corriente era causa que no lo pudi&#x00E9;semos
				  tomar; y as&#x00ED; navegamos dos d&#x00ED;as todav&#x00ED;a, trabajando por tomar tierra, y al cabo
				  de ellos, un poco antes que el Sol saliese, vimos muchos humeros por la costa;
				  y trabajando por llegar all&#x00E1;, nos hallamos en tres brazas de agua, y por ser de
				  noche no osamos tomar tierra, porque como hab&#x00ED;amos visto tantos humeros,
				  cre&#x00ED;amos que se nos pod&#x00ED;a recrecer alg&#x00FA;n peligro sin nosotros poder ver, por la
				  mucha oscuridad, lo que hab&#x00ED;amos de hacer, y por esto determinamos de esperar a
				  la ma&#x00F1;ana; y como amaneci&#x00F3;, cada barca se hall&#x00F3; por s&#x00ED; perdida de las otras; yo
				  me hall&#x00E9; en treinta brazas, y siguiendo mi viaje a hora de v&#x00ED;speras vi dos
				  barcas, y como fui a ellas, vi que la primera a que llegu&#x00E9; era la del
				  gobernador, el cual me pregunt&#x00F3; qu&#x00E9; me parec&#x00ED;a que deb&#x00ED;amos hacer. Yo le dije
				  que deb&#x00ED;a recobrar aquella barca que iba delante, y que en ninguna manera la
				  dejase, y que juntas todas tres barcas, sigui&#x00E9;semos nuestro camino donde Dios
				  nos quisiese llevar. &#x00C9;l me respondi&#x00F3; que aquello no se pod&#x00ED;a hacer, porque la
				  barca iba muy metida en el mar y &#x00E9;l quer&#x00ED;a tomar la tierra, y que si la quer&#x00ED;a
				  yo seguir, que hiciese que los de mi barca tomasen los remos y trabajasen,
				  porque con fuerza de brazos se hab&#x00ED;a de tomar la tierra, y esto le aconsejaba
				  un capit&#x00E1;n que consigo llevaba, que se llamaba Pantoja, dici&#x00E9;ndole que si aquel
				  d&#x00ED;a no tomaba la tierra, que en otros seis no la tomar&#x00ED;a, y en este tiempo era
				  necesario morir de hambre. Yo, vista su voluntad, tom&#x00E9; mi remo, y lo mismo
				  hicieron todos los que en mi barca estaban para ello, y bogamos hasta casi
				  puesto el sol; mas como el gobernador llevaba la m&#x00E1;s sana y recia gente que
				  entre toda hab&#x00ED;a, en ninguna manera lo pudimos seguir ni tener con ella. Yo,
				  como vi esto, ped&#x00ED;le que, para poderle seguir, me diese un cabo de su barca, y
				  &#x00E9;l me respondi&#x00F3; que no har&#x00ED;an ellos poco si solos aquella noche pudiesen llegar
				  a tierra. Yo le dije que, pues v&#x00ED;a la poca posibilidad que en nosotros hab&#x00ED;a
				  para poder seguirle y hacer lo que hab&#x00ED;a mandado, que me dijese qu&#x00E9; era lo que
				  mandaba que yo hiciese. El me respondi&#x00F3; que ya no era tiempo de mandar unos a
				  otros; que cada uno hiciese lo que mejor le pareciese que era para salvar la
				  vida; que &#x00E9;l as&#x00ED; lo entend&#x00ED;a de hacer, y diciendo esto, se alarg&#x00F3; con su barca,
				  y como no le pude seguir, arrib&#x00E9; sobre la otra barca que iba metida en la mar,
				  la cual me esper&#x00F3;; y llegado a ella, hall&#x00E9; que era la que llevaban los
				  capitanes Pe&#x00F1;alosa y T&#x00E9;llez; y as&#x00ED;, navegamos cuatro d&#x00ED;as en compa&#x00F1;&#x00ED;a, comiendo
				  por tasa cada d&#x00ED;a medio pu&#x00F1;o de ma&#x00ED;z crudo. A cabo de estos cuatro d&#x00ED;as nos
				  tom&#x00F3; una tormenta, que hizo perder la otra barca, y por gran misericordia que
				  Dios tuvo de nosotros no nos hundimos del todo, seg&#x00FA;n el tiempo hac&#x00ED;a; y con
				  ser invierno, y el fr&#x00ED;o muy grande, y tantos d&#x00ED;as que padec&#x00ED;amos hambre, con
				  los golpes que de la mar hab&#x00ED;amos recibido, otro d&#x00ED;a la gente comenz&#x00F3; mucho a
				  desmayar, de tal manera, que cuando el sol se puso, todos los que en mi barca
				  ven&#x00ED;an estaban ca&#x00ED;dos en ella unos sobre otros, tan cerca de la muerte, que
				  pocos hab&#x00ED;a que tuviesen sentido, y entre todos ellos a esta hora no hab&#x00ED;a
				  cinco hombres en pie. Y cuando vino la noche no quedamos sino el maestre y yo
				  que pudi&#x00E9;semos marear la barca, y a dos horas de la noche el maestre me dijo
				  que yo tuviese cargo de ella, porque &#x00E9;l estaba tal, que cre&#x00ED;a aquella noche
				  morir. Y as&#x00ED;, yo tom&#x00E9; el leme, y pasada media noche, yo llegu&#x00E9; por ver si era
				  muerto el maestre, y &#x00E9;l me respondi&#x00F3; que &#x00E9;l antes estaba mejor y que &#x00E9;l
				  gobernar&#x00ED;a hasta el d&#x00ED;a. Yo cierto aquella hora de muy mejor voluntad tomara la
				  muerte, que no ver tanta gente delante de m&#x00ED; de tal manera. </p>
				<p n="16">Y despu&#x00E9;s que el maestre tom&#x00F3; cargo de la barca, yo
				  repos&#x00E9; un poco muy sin reposo, ni hab&#x00ED;a cosa m&#x00E1;s lejos de m&#x00ED; entonces que el
				  sue&#x00F1;o. Y acerca del alba pareci&#x00F3;me que o&#x00ED;a el tumbo del mar, porque, como la
				  costa era baja, sonaba mucho, y con este sobresalto llam&#x00E9; al maestre, el cual
				  me respondi&#x00F3; que cre&#x00ED;a que &#x00E9;ramos cerca de tierra, y tentamos y hall&#x00E1;monos en
				  siete brazas, y pareci&#x00E9;se que nos deb&#x00ED;amos tener a la mar hasta que amaneciese.
				  Y as&#x00ED;, yo tom&#x00E9; un remo y bogu&#x00E9; de la banda de la tierra, que nos hallamos una
				  legua della, y dimos la popa a la mar. Y cerca de tierra nos tom&#x00F3; una ola, que
				  ech&#x00F3; la barca fuera del agua un juego de herradura, y con el gran golpe que
				  dio, casi toda la gente que en ella estaba como muerta, torn&#x00F3; en s&#x00ED;, y como se
				  vieron cerca de la tierra se comenzaron a descolgar, y con manos y pies
				  andando; y como salieron a tierra a unos barrancos, hicimos lumbre y tostamos
				  del ma&#x00ED;z que tra&#x00ED;amos, y hallamos agua de la que hab&#x00ED;a llovido, y con el calor
				  del fuego la gente torn&#x00F3; en s&#x00ED; y comenzaron algo a esforzarse. El d&#x00ED;a que aqu&#x00ED;
				  llegamos era sexto del mes de noviembre. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="sub" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XI: De lo que acaeci&#x00F3; a Lope de Oviedo con unos
				indios</head>
				<p n="17">Desde que la gente hubo comido, mand&#x00E9; a Lope de Oviedo,
				  que ten&#x00ED;a m&#x00E1;s fuerza y estaba m&#x00E1;s recio que todos, se llegase a unos &#x00E1;rboles
				  que cerca de all&#x00ED; estaban, y subido en uno de ellos, descubriese la tierra en
				  que est&#x00E1;bamos y procurase de haber alguna noticia de ella. &#x00C9;l lo hizo as&#x00ED; y
				  entendi&#x00F3; que est&#x00E1;bamos en isla, y vio que la tierra estaba cavada a la manera
				  que suele estar tierra donde anda ganado, y pareci&#x00F3;le por esto que deb&#x00ED;a ser
				  tierra de cristianos, y as&#x00ED; nos lo dijo. Yo le mand&#x00E9; que la tornase a mirar muy
				  m&#x00E1;s particularmente y viese si en ella hab&#x00ED;a algunos caminos que fuesen
				  seguidos, y esto sin alargarse mucho por el peligro que pod&#x00ED;a haber. &#x00C9;l fue, y
				  topando con una vereda se fue por ella adelante hasta espacio de media legua, y
				  hall&#x00F3; unas chozas de unos indios que estaban solas, porque los indios eran idos
				  al campo, y tom&#x00F3; una olla de ellos, y un perrillo peque&#x00F1;o y unas pocas de
				  lizas, y as&#x00ED; se volvi&#x00F3; a nosotros; y pareci&#x00E9;ndonos que se tardaba, envi&#x00E9; a
				  otros dos cristianos para que le buscasen y viesen qu&#x00E9; le hab&#x00ED;a sucedido; y
				  ellos le toparon cerca de all&#x00ED; y vieron que tres indios, con arcos y flechas,
				  ven&#x00ED;an tras &#x00E9;l llam&#x00E1;ndole, y &#x00E9;l asimismo llamaba a ellos por se&#x00F1;as. Y as&#x00ED; lleg&#x00F3;
				  donde est&#x00E1;bamos, y los indios se quedaron un poco atr&#x00E1;s asentados en la misma
				  ribera, y despu&#x00E9;s de media hora acudieron otros cien indios flecheros, que
				  ahora ellos fuesen grandes o no, nuestro miedo les hac&#x00ED;a parecer gigantes, y
				  pararon cerca de nosotros, donde los tres primeros estaban. Entre nosotros
				  excusado era pensar que habr&#x00ED;a quien se defendiese, porque dif&#x00ED;cilmente se
				  hallaron seis que del suelo se pudiesen levantar. El veedor y yo salimos a
				  ellos y llam&#x00E1;mosles, y ellos se llegaron a nosotros; y lo mejor que pudimos,
				  procuramos de asegurarlos y asegurarnos, y d&#x00ED;mosles cuentas y cascabeles, y
				  cada uno de ellos me dio una flecha, que es se&#x00F1;al de amistad, y por se&#x00F1;as nos
				  dijeron que a la ma&#x00F1;ana volver&#x00ED;an y nos traer&#x00ED;an de comer, porque entonces no
				  lo ten&#x00ED;an. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo los indios nos trajeron de comer</head>
				<p n="18">Otro d&#x00ED;a, saliendo el sol, que era la hora que los
				  indios nos hab&#x00ED;an dicho, vinieron a nosotros, como lo hab&#x00ED;an prometido, y nos
				  trajeron mucho pescado y de unas ra&#x00ED;ces que ellos comen, y son como nueces,
				  algunas mayores o menores; la mayor parte de ellas se sacan de bajo del agua y
				  con mucho trabajo. A la tarde volvieron y nos trajeron m&#x00E1;s pescado y de las
				  mismas ra&#x00ED;ces, e hicieron venir sus mujeres e hijos para que nos viesen, y as&#x00ED;,
				  se volvieron ricos de cascabeles y cuentas que les dimos, y otros d&#x00ED;as nos
				  tornaron a visitar con lo mismo que otras veces. Como nosotros ve&#x00ED;amos que
				  est&#x00E1;bamos prove&#x00ED;dos de pescados y de ra&#x00ED;ces y de agua y de las otras cosas que
				  pedimos, acordamos de tornarnos a embarcar y seguir nuestro camino, y
				  desenterramos la barca de la arena en que estaba metida, y fue menester que nos
				  desnud&#x00E1;semos todos y pas&#x00E1;semos gran trabajo para echarla al agua, porque
				  nosotros est&#x00E1;bamos tales, que otras cosas muy m&#x00E1;s livianas bastaban para
				  ponernos en &#x00E9;l. Y as&#x00ED; embarcados, a dos tiros de ballesta dentro en la mar, nos
				  dio tal golpe de agua que nos moj&#x00F3; a todos; y como &#x00ED;bamos desnudos y el fr&#x00ED;o
				  que hac&#x00ED;a era muy grande, soltamos los remos de las manos, y a otro golpe que
				  la mar nos dio, trastorn&#x00F3; la barca; el veedor y otros dos se asieron de ella
				  para escaparse; mas sucedi&#x00F3; muy al rev&#x00E9;s, que la barca los tom&#x00F3; debajo y se
				  ahogaron. Como la costa es muy brava, el mar de un tumbo ech&#x00F3; a todos los
				  otros, envueltos en las olas y medio ahogados, en la costa de la misma isla,
				  sin que faltasen m&#x00E1;s de los tres que la barca hab&#x00ED;a tomado debajo. Los que
				  quedamos escapados, desnudos como nacimos y perdido todo lo que tra&#x00ED;amos, y
				  aunque todo val&#x00ED;a poco, para entonces val&#x00ED;a mucho. Y como entonces era por
				  noviembre, y el fr&#x00ED;o muy grande, y nosotros tales que con poca dificultad nos
				  pod&#x00ED;an contar los huesos, est&#x00E1;bamos hechos propia figura de la muerte. De m&#x00ED; s&#x00E9;
				  decir que desde el mes de mayo pasado yo no hab&#x00ED;a comido otra cosa sino ma&#x00ED;z
				  tostado, y algunas veces me vi en necesidad de comerlo crudo; porque aunque se
				  mataron los caballos entretanto que las barcas se hac&#x00ED;an, yo nunca pude comer
				  de ellos, y no fueron diez veces las que com&#x00ED; pescado. Esto digo por excusar
				  razones, porque pueda cada uno ver qu&#x00E9; tales estar&#x00ED;amos.</p>
				<p n="19">Y sobre todo lo dicho hab&#x00ED;a sobrevenido viento norte, de
				  suerte que m&#x00E1;s est&#x00E1;bamos cerca de la muerte que de la vida. Plugo a nuestro
				  Se&#x00F1;or que, buscando tizones del fuego que all&#x00ED; hab&#x00ED;amos hecho, hallamos lumbre,
				  con que hicimos grandes fuegos; y as&#x00ED;, estuvimos pidiendo a Nuestro Se&#x00F1;or
				  misericordia y perd&#x00F3;n de nuestros pecados, derramando muchas l&#x00E1;grimas, habiendo
				  cada uno l&#x00E1;stima, no s&#x00F3;lo de s&#x00ED;, mas de todos los otros, que en el mismo estado
				  ve&#x00ED;an. Y a hora de puesto el sol, los indios, creyendo que no nos hab&#x00ED;amos ido,
				  nos volvieron a buscar y a traernos de comer; mas cuando ellos nos vieron as&#x00ED;
				  en tan diferente h&#x00E1;bito del primero y en manera tan extra&#x00F1;a, espant&#x00E1;ronse tanto
				  que se volvieron atr&#x00E1;s. Yo sal&#x00ED; a ellos y llam&#x00E9;los, y vinieron muy espantados;
				  h&#x00ED;celos entender por se&#x00F1;as c&#x00F3;mo se nos hab&#x00ED;a hundido una barca y se hab&#x00ED;an
				  ahogado tres de nosotros, y all&#x00ED; en su presencia ellos mismos vieron dos
				  muertos, y los que qued&#x00E1;bamos &#x00ED;bamos aquel camino. </p>
				<p n="20">Los indios, de ver el desastre que nos hab&#x00ED;a venido y el
				  desastre en que est&#x00E1;bamos, con tanta desventura y miseria, se sentaron entre
				  nosotros, y con el gran dolor y l&#x00E1;stima que hubieron de vernos en tanta
				  fortuna, comenzaron todos a llorar recio, y tan de verdad, que lejos de all&#x00ED; se
				  pod&#x00ED;a o&#x00ED;r, y esto les dur&#x00F3; m&#x00E1;s de media hora; y cierto ver que estos hombres
				  tan sin raz&#x00F3;n y tan crudos, a manera de brutos, se dol&#x00ED;an tanto de nosotros,
				  hizo que en m&#x00ED; y en otros de la compa&#x00F1;&#x00ED;a creciese m&#x00E1;s la pasi&#x00F3;n y la
				  consideraci&#x00F3;n de nuestra desdicha. </p>
				<p n="21">Sosegado ya este llanto, yo pregunt&#x00E9; a los cristianos, y
				  dije que si a ellos parec&#x00ED;a, rogar&#x00ED;a a aquellos indios que nos llevasen a sus
				  casas; y algunos de ellos que hab&#x00ED;an estado en la Nueva Espa&#x00F1;a respondieron que
				  no se deb&#x00ED;a de hablar de ello, porque si a sus casas nos llevaban, nos
				  sacrificar&#x00ED;an a sus &#x00ED;dolos; mas, visto que otro remedio no hab&#x00ED;a, y que por
				  cualquier otro camino estaba m&#x00E1;s cerca y m&#x00E1;s cierta la muerte, no cur&#x00E9; de lo
				  que dec&#x00ED;an, antes rogu&#x00E9; a los indios que nos llevasen a sus casas, y ellos
				  mostraron que hab&#x00ED;an gran placer de ello, y que esper&#x00E1;semos un poco, que ellos
				  har&#x00ED;an lo que quer&#x00ED;amos, y luego treinta de ellos se cargaron de le&#x00F1;a, y se
				  fueron a sus casas, que estaban lejos de all&#x00ED;, y quedamos con los otros hasta
				  cerca de la noche, que nos tomaron, y llev&#x00E1;ndonos asidos y con mucha prisa,
				  fuimos a sus casas; y por el gran fr&#x00ED;o que hac&#x00ED;a, y temiendo que en el camino
				  alguno no muriese o desmayase, proveyeron que hubiese cuatro o cinco fuegos muy
				  grandes puestos a trechos, y en cada uno de ellos nos calentaban y, desde que
				  ve&#x00ED;an que hab&#x00ED;amos tomado alguna fuerza y calor, nos llevaban hasta el otro tan
				  aprisa, que casi con los pies no nos dejaban poner en el suelo; y de esta
				  manera fuimos hasta sus casas, donde hallamos que ten&#x00ED;an hecha una casa para
				  nosotros, y muchos fuegos en ella, y desde a una hora que hab&#x00ED;amos llegado,
				  comenzaron a bailar y hacer grande fiesta, que dur&#x00F3; toda la noche, aunque para
				  nosotros no hab&#x00ED;a placer, fiesta ni sue&#x00F1;o, esperando cu&#x00E1;ndo nos hab&#x00ED;an de
				  sacrificar; y a la ma&#x00F1;ana nos tornaron a dar pescado y ra&#x00ED;ces, y hacer tan buen
				  tratamiento, que nos aseguramos algo y perdimos algo el miedo del sacrificio.
				  </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo supimos de otros cristianos</head>
				<p n="22">Este mismo d&#x00ED;a yo vi a un indio de aqu&#x00E9;llos un rescate,
				  y conoc&#x00ED; que no era de los que nosotros les hab&#x00ED;amos dado; y preguntando d&#x00F3;nde
				  le hab&#x00ED;an habido, ellos por se&#x00F1;as me respondieron que se lo hab&#x00ED;an dado otros
				  hombres como nosotros, que estaban atr&#x00E1;s. Yo, viendo esto, envi&#x00E9; dos cristianos
				  y dos indios que les mostrasen aquella gente, y muy cerca de all&#x00ED; toparon con
				  ellos, que tambi&#x00E9;n ven&#x00ED;an a buscarnos, porque los indios que all&#x00E1; quedaban les
				  hab&#x00ED;an dicho de nosotros, y estos eran los capitanes Andr&#x00E9;s Dorantes y Alonso
				  del Castillo, con toda la gente de su barca. Y llegados a nosotros, se
				  espantaron mucho de vernos de la manera que est&#x00E1;bamos, y recibieron muy gran
				  pena por no tener qu&#x00E9; darnos; que ninguna otra ropa tra&#x00ED;an sino la que ten&#x00ED;an
				  vestida. Y estuvieron all&#x00ED; con nosotros, y nos contaron c&#x00F3;mo a cinco de aquel
				  mismo mes su barca hab&#x00ED;a dado al trav&#x00E9;s, legua y media de all&#x00ED;, y ellos hab&#x00ED;an
				  escapado sin perderse ninguna cosa, y todos juntos acordamos de adobar su
				  barca, e irnos en ella los que tuviesen fuerza y disposici&#x00F3;n para ello; los
				  otros quedarse all&#x00ED; hasta que convaleciesen, para irse como pudiesen por luengo
				  de costa, y que esperasen all&#x00ED; hasta que Dios los llevase con nosotros a
				  tierras de cristianos; y como lo pensamos, as&#x00ED; nos pusimos en ello, y antes que
				  ech&#x00E1;semos la barca al agua, Tavera, un caballero de nuestra compa&#x00F1;&#x00ED;a, muri&#x00F3;, y
				  la barca que nosotros pens&#x00E1;bamos llevar hizo su fin, y no se pudo sostener a s&#x00ED;
				  misma, que luego fue hundida; y como quedamos del arte que he dicho, y los m&#x00E1;s
				  desnudos, y el tiempo tan recio para caminar y pasar r&#x00ED;os y ancones a nado, ni
				  tener bastimento alguno ni manera para llevarlo, determinamos de hacer lo que
				  la necesidad ped&#x00ED;a, que era invernar all&#x00ED;. Y acordamos tambi&#x00E9;n que cuatro
				  hombres, que m&#x00E1;s recios estaban, fuesen a P&#x00E1;nuco, creyendo que est&#x00E1;bamos cerca
				  de all&#x00ED;; y que si Dios nuestro Se&#x00F1;or fuese servido de llevarlos all&#x00E1;, diesen
				  aviso de c&#x00F3;mo qued&#x00E1;bamos en aquella isla, y de nuestra necesidad y trabajo.
				  Estos eran muy grandes nadadores, y al uno llamaban &#x00C1;lvaro Fern&#x00E1;ndez,
				  portugu&#x00E9;s, carpintero y marinero; el segundo se llamaba M&#x00E9;ndez, y el tercero
				  Figueroa, que era natural de Toledo; el cuarto, Astudillo, natural de Zafra:
				  llevaban consigo un indio que era de la isla. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XIV</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo se partieron los cuatro cristianos</head>
				<p n="23">Partidos estos cuatro cristianos, desde a pocos d&#x00ED;as
				  sucedi&#x00F3; tal tiempo de fr&#x00ED;os y tempestades, que los indios no pod&#x00ED;an arrancar
				  las ra&#x00ED;ces, y de los ca&#x00F1;ales en que pescaban ya no hab&#x00ED;a provecho ninguno, y
				  como las casas eran tan desabrigadas, comenz&#x00F3;se a morir la gente, y cinco
				  cristianos que estaban en el rancho en la costa llegaron a tal extremo, que se
				  comieron los unos a los otros, hasta que qued&#x00F3; uno solo, que por ser solo no
				  hubo quien lo comiese. Los nombres de ellos son &#x00E9;stos: Sierra, Diego L&#x00F3;pez,
				  Corral, Palacios, Gonzalo Ruiz. De este caso se alteraron tanto los indios, y
				  hubo entre ellos tan gran esc&#x00E1;ndalo, que sin duda si al principio ellos lo
				  vieran, los mataran, y todos nos vi&#x00E9;ramos en grande trabajo. Finalmente, en muy
				  poco tiempo, de ochenta hombres que de ambas partes all&#x00ED; llegamos, quedaron
				  vivos s&#x00F3;lo quince, y despu&#x00E9;s de muertos &#x00E9;stos, dio a los indios de la tierra
				  una enfermedad de est&#x00F3;mago, de que muri&#x00F3; la mitad de la gente de ellos, y
				  creyeron que nosotros &#x00E9;ramos los que los mat&#x00E1;bamos; y teni&#x00E9;ndolo por muy
				  cierto, concertaron entre s&#x00ED; de matar a los que hab&#x00ED;amos quedado. Ya que lo
				  ven&#x00ED;an a poner en efecto, un indio que a m&#x00ED; me ten&#x00ED;a les dijo que no creyesen
				  que nosotros &#x00E9;ramos los que los mat&#x00E1;bamos, porque si nosotros tal poder
				  tuvi&#x00E9;ramos, excus&#x00E1;ramos que no murieran tantos de nosotros como ellos ve&#x00ED;an que
				  hab&#x00ED;an muerto sin que les pudi&#x00E9;ramos poner remedio; y que ya no qued&#x00E1;bamos sino
				  muy pocos, y que ninguno hac&#x00ED;a da&#x00F1;o ni perjuicio; que lo mejor era que nos
				  dejasen. Y quiso nuestro Se&#x00F1;or que los otros siguiesen este consejo y parecer,
				  y as&#x00ED; se estorb&#x00F3; su prop&#x00F3;sito. A esta isla pusimos por nombre isla de Mal Hado.
				  La gente que all&#x00ED; hallamos son grandes y bien dispuestos; no tienen otras armas
				  sino flechas y arcos, en que son por extremo diestros. Tienen los hombres la
				  una teta horadada de una parte a otra, y algunos hay que tienen ambas, y por el
				  agujero que hacen, traen una ca&#x00F1;a atravesada, tan larga como dos palmos y
				  medio, y tan gruesa como dos dedos; traen tambi&#x00E9;n horadado el labio de abajo, y
				  puesto en &#x00E9;l un pedazo de ca&#x00F1;a delgada como medio dedo. Las mujeres son para
				  mucho trabajo. La habitaci&#x00F3;n que en esta isla hacen es desde octubre hasta fin
				  de febrero. El su mantenimiento son las ra&#x00ED;ces que he dicho sacadas de bajo el
				  agua por noviembre y diciembre. Tienen ca&#x00F1;ales, y no tienen m&#x00E1;s peces de para
				  este tiempo; de ah&#x00ED; adelante comen las ra&#x00ED;ces. En fin de febrero van a otras
				  partes a buscar con qu&#x00E9; mantenerse, porque entonces las ra&#x00ED;ces comienzan a
				  nacer, y no son buenas. Es la gente del mundo que m&#x00E1;s aman a sus hijos y mejor
				  tratamiento les hacen; y cuando acaece que a alguno se le muere el hijo,
				  ll&#x00F3;ranle los padres y los parientes, y todo el pueblo, y el llanto dura un a&#x00F1;o
				  cumplido, que cada d&#x00ED;a por la ma&#x00F1;ana antes que amanezca comienzan primero a
				  llorar los padres, y tras esto todo el pueblo; y esto mismo hacen al mediod&#x00ED;a y
				  cuando anochece; y pasado un a&#x00F1;o que los han llorado, h&#x00E1;cenle las honras del
				  muerto, y l&#x00E1;vanse y l&#x00ED;mpianse del tizne que traen. A todos los difuntos lloran
				  de esta manera, salvo a los viejos, de quien no hacen caso, porque dicen que ya
				  han pasado su tiempo y de ellos ning&#x00FA;n provecho hay; antes ocupan la tierra y
				  quitan el mantenimiento a los ni&#x00F1;os. Tienen por costumbre de enterrar los
				  muertos, si no son los que entre ellos son f&#x00ED;sicos, que a &#x00E9;stos qu&#x00E9;manlos; y
				  mientras el fuego arde, todos est&#x00E1;n bailando y haciendo muy gran fiesta, y
				  hacen polvo los huesos. Y pasado un a&#x00F1;o, cuando se hacen sus honras, todos se
				  jasan en ellas; y a los parientes dan aquellos polvos a beber, de los huesos,
				  en agua. Cada uno tiene una mujer, conocida. Los f&#x00ED;sicos son los hombres m&#x00E1;s
				  libertados; pueden tener dos, y tres, y entre &#x00E9;stas hay muy gran amistad y
				  conformidad. Cuando viene que alguno casa su hija, el que la toma por mujer,
				  desde el d&#x00ED;a que con ella se casa, todo lo que matare cazando o pescando, todo
				  lo trae la mujer a la casa de su padre, sin osar tomar ni comer alguna cosa de
				  ello, y de casa del suegro le llevan a &#x00E9;l de comer; y en todo este tiempo el
				  suegro ni la suegra no entran no en su casa, ni &#x00E9;l ha de entrar en casa de los
				  suegros ni cu&#x00F1;ados; y si acaso se toparen por alguna parte, se desv&#x00ED;an un tiro
				  de ballesta el uno del otro, y entretanto que as&#x00ED; van apart&#x00E1;ndose, llevan la
				  cabeza baja y los ojos en tierra puestos; porque tienen por cosa mala verse ni
				  hablarse. Las mujeres tienen libertad para comunicar y conversar con los
				  suegros y parientes, y esta costumbre se tiene desde la isla hasta m&#x00E1;s de
				  cincuenta leguas por la tierra adentro. </p>
				<p n="24">Otra costumbre hay, y es que cuando alg&#x00FA;n hijo o hermano
				  muere, en la casa donde muriese, tres meses no buscan de comer, antes se dejan
				  morir de hambre, y los parientes y los vecinos les proveen de lo que han de
				  comer. Y como en el tiempo que aqu&#x00ED; estuvimos muri&#x00F3; tanta gente de ellos, en
				  las m&#x00E1;s casas hab&#x00ED;a muy gran hambre, por guardar tambi&#x00E9;n su costumbre y
				  ceremonia; y los que lo buscaban, por mucho que trabajaban, por ser el tiempo
				  tan recio, no pod&#x00ED;an haber sino muy poco; y por esta causa los indios que a m&#x00ED;
				  me ten&#x00ED;an se salieron de la isla, y en unas canoas se pasaron a Tierra Firme, a
				  unas bah&#x00ED;as adonde ten&#x00ED;an muchos ostiones, y tres meses del a&#x00F1;o no comen otra
				  cosa, y beben muy mala agua. Tienen gran falta de le&#x00F1;a, y de mosquitos muy
				  grande abundancia. Sus casas son edificadas de esteras sobre muchas c&#x00E1;scaras de
				  ostiones, y sobre ellos duermen en cueros, y no los tienen sino es acaso. Y as&#x00ED;
				  estuvimos hasta el fin de abril, que fuimos a la costa del mar, a donde comimos
				  moras de zarzas todo el mes, en el cual no cesan de hacer sus areitos y
				  fiestas. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XV</head>
				<head type="sub" rend="bold">De lo que nos acaeci&#x00F3; en la isla de Mal
				  Hado</head>
				<p n="25">En aquella isla que he contado nos quisieron hacer
				  f&#x00ED;sicos sin examinarnos ni pedirnos t&#x00ED;tulos, porque ellos curan las
				  enfermedades soplando al enfermo, y con aquel soplo y las manos echan de &#x00E9;l la
				  enfermedad, y mand&#x00E1;ronnos que hici&#x00E9;semos lo mismo y sirvi&#x00E9;semos en algo.
				  Nosotros nos re&#x00ED;amos de ello, diciendo que era burla y que no sab&#x00ED;amos curar; y
				  por esto nos quitaban la comida hasta que hici&#x00E9;semos lo que nos dec&#x00ED;an. Y
				  viendo nuestra porf&#x00ED;a, un indio me dijo a m&#x00ED; que yo no sab&#x00ED;a lo que dec&#x00ED;a en
				  decir que no aprovechar&#x00ED;a nada aquello que &#x00E9;l sab&#x00ED;a, que las piedras y otras
				  cosas que se cr&#x00ED;an por los campos tienen virtud. Que &#x00E9;l con una piedra
				  caliente, tray&#x00E9;ndola por el est&#x00F3;mago, sanaba y quitaba el dolor, y que
				  nosotros, que &#x00E9;ramos hombres, cierto era que ten&#x00ED;amos mayor virtud y poder. En
				  fin, nos vimos en tanta necesidad, que lo hubimos de hacer, sin temer que nadie
				  nos llevase por ello la pena. La manera que ellos tienen de curarse es &#x00E9;sta:
				  que en vi&#x00E9;ndose enfermos, llaman a un m&#x00E9;dico, y despu&#x00E9;s de curado, no s&#x00F3;lo le
				  dan todo lo que poseen, mas entre sus parientes buscan cosas para darle. Lo que
				  el m&#x00E9;dico hace es dalle unas sajas adonde tiene el dolor, y ch&#x00FA;panles
				  alderredor de ellas. Dan cauterios de fuego, que es cosa entre ellos tenida por
				  muy provechosa, y yo lo he experimentado, y me sucedi&#x00F3; bien de ello; y despu&#x00E9;s
				  de esto, soplan aquel lugar que les duele, y con esto creen ellos que se les
				  quita el mal. La manera con que nosotros curamos era santigu&#x00E1;ndolos y
				  soplarlos, y rezar un Pater Noster y un Ave Mar&#x00ED;a, y rogar lo mejor que
				  pod&#x00ED;amos a Dios Nuestro Se&#x00F1;or que les diese salud y espirase en ellos que nos
				  hiciesen alg&#x00FA;n buen tratamiento. Quiso Dios y su misericordia que todos
				  aquellos por quien suplicamos, luego que los santiguamos, dec&#x00ED;an a los otros
				  que estaban sanos y buenos, y por este respecto nos hac&#x00ED;an buen tratamiento,
				  y dejaban ellos de comer por d&#x00E1;rnoslo a nosotros, y nos daban cueros y otras
				  cosillas. Fue tan extremada la hambre que all&#x00ED; se pas&#x00F3;, que muchas veces estuve
				  tres d&#x00ED;as sin comer ninguna cosa, y ellos tambi&#x00E9;n lo estaban y parec&#x00ED;ame ser
				  cosa imposible durar la vida, aunque en otras mayores hambres y necesidades me
				  vi despu&#x00E9;s, como adelante dir&#x00E9;. Los indios que ten&#x00ED;an a Alonso del Castillo y
				  Andr&#x00E9;s Dorantes, y a los dem&#x00E1;s que hab&#x00ED;an quedado vivos, como eran de otra
				  lengua y de otra parentela, se pasaron a otra parte de la Tierra Firme a comer
				  ostiones, y all&#x00ED; estuvieron hasta el primero d&#x00ED;a del mes de abril, y luego
				  volvieron a la isla, que estaba de all&#x00ED; hasta dos leguas por lo m&#x00E1;s ancho del
				  agua, y la isla tiene media legua de trav&#x00E9;s y cinco en largo. </p>
				<p n="26">Toda la gente de esta tierra anda desnuda; solas las
				  mujeres traen de sus cuerpos algo cubierto con una lana que en los &#x00E1;rboles se
				  cr&#x00ED;a. Las mozas se cubren con unos cueros de venados. Es gente muy partida de
				  lo que tienen unos con otros. No hay entre ellos se&#x00F1;or. Todos los que son de un
				  linaje andan juntos. Habitan en ellas dos maneras de lenguas: a los unos llaman
				  Capoques, y a los otros de Han; tienen por costumbre cuando se conocen y de
				  tiempo a tiempo se ven, primero que se hablen, estar media hora llorando, y
				  acabado esto, aquel que es visitado se levanta primero y da al otro cuanto
				  posee, y el otro lo recibe, y de ah&#x00ED; a un poco se va con ello, y aun algunas
				  veces, despu&#x00E9;s de recibido, se van sin que hablen palabra. Otras extra&#x00F1;as
				  costumbres tienen; mas yo he contado las m&#x00E1;s principales y m&#x00E1;s se&#x00F1;aladas por
				  pasar adelante y contar lo que m&#x00E1;s nos sucedi&#x00F3;. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XVI</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo se partieron los cristianos de la isla de
				  Mal Hado</head>
				<p n="27">Despu&#x00E9;s que Dorantes y Castillo volvieron a la isla
				  recogieron consigo todos los cristianos, que estaban esparcidos, y hall&#x00E1;ronse
				  por todos catorce. Yo, como he dicho, estaba en la otra parte, en Tierra Firme,
				  donde mis indios me hab&#x00ED;an llevado y donde me hab&#x00ED;an dado tan gran enfermedad,
				  que ya que alguna otra cosa me diera esperanza de vida, aqu&#x00E9;lla bastaba para
				  del todo quit&#x00E1;rmela. Y como los cristianos esto supieron, dieron a un indio
				  la manta de martas que del cacique hab&#x00ED;amos tomado, como arriba dijimos, porque
				  los pasase donde yo estaba para verme; y as&#x00ED; vinieron doce, porque los dos
				  quedaron tan flacos que no se atrevieron a traerlos consigo. Los nombres de los
				  que entonces vinieron son: Alonso del Castillo, Andr&#x00E9;s Dorantes y Diego
				  Dorantes, Valdivieso, Estrada, Tostado, Chaves, Guti&#x00E9;rrez, Esturiano, cl&#x00E9;rigo;
				  Diego de Huelva, Estebanico el Negro, Ben&#x00ED;tez. Y como fueron venidos a Tierra
				  Firme, hallaron otro que era de los nuestros, que se llamaba Francisco de Le&#x00F3;n,
				  y todos trece por luengo de costa. Y luego que fueron pasados, los indios que
				  me ten&#x00ED;an me avisaron de ello, y c&#x00F3;mo quedaban en la isla Hier&#x00F3;nimo de Alaniz y
				  Lope de Oviedo. Mi enfermedad estorb&#x00F3; que no les pude seguir ni los vi. Yo hube
				  de quedar con estos mismos indios de la isla m&#x00E1;s de un a&#x00F1;o, y por el mucho
				  trabajo que me daban y mal tratamiento que me hac&#x00ED;an, determin&#x00E9; de huir de
				  ellos e irme a los que moran en los montes y Tierra Firme, que se llaman los de
				  Charruco, porque yo no pod&#x00ED;a sufrir la vida que con estos otros ten&#x00ED;a; porque,
				  entre otros trabajos muchos, hab&#x00ED;a de sacar las ra&#x00ED;ces para comer de bajo del
				  agua y entre las ca&#x00F1;as donde estaban metidas en la tierra; y de esto tra&#x00ED;a yo
				  los dedos tan gastados, que una paja que me tocase me hac&#x00ED;a sangre de ellos, y
				  las ca&#x00F1;as me romp&#x00ED;an por muchas partes, porque muchas de ellas estaban
				  quebradas y hab&#x00ED;a de entrar por medio de ellas con la ropa que he dicho que
				  tra&#x00ED;a. Y por esto yo puse en obra de pasarme a los otros, y con ellos me su
				  cedi&#x00F3; algo mejor; y porque yo me hice mercader, procur&#x00E9; de usar el oficio lo
				  mejor que supe, y por esto ellos me daban de comer y me hac&#x00ED;an buen tratamiento
				  y rog&#x00E1;banme que me fuese de unas partes a otras por cosas que ellos hab&#x00ED;an
				  menester, porque por raz&#x00F3;n de la guerra que continuamente traen, la tierra no
				  se anda ni se contrata tanto. Y ya con mis tratos y mercader&#x00ED;as entraba en la
				  tierra adentro todo lo que quer&#x00ED;a, y por luengo de costa me alargaba cuarenta o
				  cincuenta leguas. Lo principal de mi trato era pedazos de caracoles de la mar y
				  corazones de ellos y conchas, con que ellos cortan una fruta que es como
				  fr&#x00ED;soles, con que se curan y hacen sus bailes y fiestas, y &#x00E9;sta es la cosa de
				  mayor precio que entre ellos hay, y cuentas de la mar y otras cosas. As&#x00ED;, esto
				  era lo que yo llevaba tierra adentro, y en cambio y trueco de ello tra&#x00ED;a cueros
				  y almagra, con que ellos se untan y ti&#x00F1;en las caras y cabellos, pedernales para
				  puntas de flechas, engrudo y ca&#x00F1;as duras para hacerlas, y unas borlas que se
				  hacen de pelo de venados, que las ti&#x00F1;en y paran coloradas; y este oficio me
				  estaba a m&#x00ED; bien, porque andando en &#x00E9;l ten&#x00ED;a libertad para ir donde quer&#x00ED;a y no
				  era obligado a cosa alguna, y no era esclavo, y dondequiera que iba me hac&#x00ED;an
				  buen tratamiento y me daban de comer por respeto de mis mercader&#x00ED;as, y lo m&#x00E1;s
				  principal porque andando en ello yo buscaba por d&#x00F3;nde me hab&#x00ED;a de ir adelante,
				  y entre ellos era muy conocido; holgaban mucho cuando me ve&#x00ED;an y les tra&#x00ED;a lo
				  que hab&#x00ED;an menester, y los que no me conoc&#x00ED;an me procuraban y deseaban ver por
				  mi fama. Los trabajos que en esto pas&#x00E9; ser&#x00ED;a largo de contarlos, as&#x00ED; de
				  peligros y hambres, como de tempestades y fr&#x00ED;os, que muchos de ellos me tomaron
				  en el campo y solo, donde por gran misericordia de Dios nuestro Se&#x00F1;or escap&#x00E9;. Y
				  por esta causa yo no trataba el oficio en invierno, por ser tiempo que ellos
				  mismos en sus chozas y ranchos metidos no pod&#x00ED;an valerse ni ampararse. Fueron
				  casi seis a&#x00F1;os el tiempo que yo estuve en esta tierra solo entre ellos y
				  desnudo, como todos andaban. La raz&#x00F3;n por que tanto me detuve fue por llevar
				  conmigo un cristiano que estaba en la isla, llamado Lope de Oviedo. El otro
				  compa&#x00F1;ero de Alaniz, que con &#x00E9;l hab&#x00ED;a quedado cuando Alonso del Castillo y
				  Andr&#x00E9;s Dorantes con todos los otros se fueron, muri&#x00F3; luego, y por sacarlo de
				  all&#x00ED; yo pasaba a la isla cada a&#x00F1;o y le rogaba que nos fu&#x00E9;semos a la mejor ma&#x00F1;a
				  que pudi&#x00E9;semos en busca de cristianos, y cada a&#x00F1;o me deten&#x00ED;a diciendo que el
				  otro siguiente nos ir&#x00ED;amos. En fin, al cabo lo saqu&#x00E9; y le pas&#x00E9; el anc&#x00F3;n y
				  cuatro r&#x00ED;os que hay por la costa, porque &#x00E9;l no sab&#x00ED;a nadar, y as&#x00ED;, fuimos con
				  algunos indios adelante hasta que llegamos a un anc&#x00F3;n que tiene una legua de
				  trav&#x00E9;s y es por todas partes hondo; y por lo que de &#x00E9;l nos pareci&#x00F3; y vimos, es
				  el que llaman del Esp&#x00ED;ritu Santo, y de la otra parte de &#x00E9;l vimos unos indios,
				  que vinieron a ver a los nuestros, y nos dijeron c&#x00F3;mo m&#x00E1;s adelante hab&#x00ED;a tres
				  hombres como nosotros, y nos dijeron los nombres de ellos. Y pregunt&#x00E1;ndoles por
				  los dem&#x00E1;s, nos respondieron que todos eran muertos de fr&#x00ED;o y de hambre, y que
				  aquellos indios de adelante ellos mismos por su pasatiempo hab&#x00ED;an muerto a
				  Diego Dorantes y a Valdivieso y a Diego de Huelva, porque se hab&#x00ED;an pasado de
				  una casa a otra; y que los otros indios sus vecinos con quien agora estaba el
				  capit&#x00E1;n Dorantes, por raz&#x00F3;n de un sue&#x00F1;o que hab&#x00ED;an so&#x00F1;ado, hab&#x00ED;an muerto a
				  Esquivel y a M&#x00E9;ndez. Pregunt&#x00E1;mosles qu&#x00E9; tales estaban los vivos; dij&#x00E9;ronnos que
				  muy maltratados, porque los muchachos y otros indios, que entre ellos son muy
				  holgazanes y de mal trato, les daban muchas coces y bofetones y palos, y que
				  &#x00E9;sta era la vida que con ellos ten&#x00ED;an. Quis&#x00ED;monos informar de la tierra
				  adelante y de los mantenimientos que en ella hab&#x00ED;a; respondieron que era muy
				  pobre de gente, y que en ella no hab&#x00ED;a qu&#x00E9; comer, y que mor&#x00ED;an de fr&#x00ED;o porque
				  no ten&#x00ED;an cueros ni con qu&#x00E9; cubrirse. Dij&#x00E9;ronnos tambi&#x00E9;n si quer&#x00ED;amos ver
				  aquellos tres cristianos, que de ah&#x00ED; a dos d&#x00ED;as los indios que los ten&#x00ED;an
				  ven&#x00ED;an a comer nueces una legua de all&#x00ED;, a la vera del r&#x00ED;o; y porque vi&#x00E9;semos
				  que lo que nos hab&#x00ED;an dicho del mal tratamiento de los otros era verdad,
				  estando con ellos dieron al compa&#x00F1;ero m&#x00ED;o de bofetones y palos, y yo no qued&#x00E9;
				  sin mi parte, y de muchos pellazos de lodo que nos tiraban, y nos pon&#x00ED;an cada
				  d&#x00ED;a las flechas al coraz&#x00F3;n, diciendo que nos quer&#x00ED;an matar como a los otros
				  nuestros compa&#x00F1;eros. Y temiendo esto Lope de Oviedo, mi compa&#x00F1;ero, dijo que
				  quer&#x00ED;a volverse con unas mujeres de aquellos indios, con quien hab&#x00ED;amos pasado
				  el anc&#x00F3;n, que quedaban algo atr&#x00E1;s. Yo porfi&#x00E9; mucho con &#x00E9;l que no lo hiciese, y
				  pas&#x00E9; muchas cosas, y por ninguna v&#x00ED;a lo pude detener, y as&#x00ED; se volvi&#x00F3; y yo
				  qued&#x00E9; solo con aquellos indios, los cuales se llamaban Quevenes, y los otros
				  con quien &#x00E9;l se fue se llaman Deaguanes. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XVII </head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo vinieron los indios y trajeron a Andr&#x00E9;s
				  Dorantes y a Castillo y a Estebanico</head>
				<p n="28">Desde a dos d&#x00ED;as que Lope de Oviedo se hab&#x00ED;a ido, los
				  indios que ten&#x00ED;an a Alonso del Castillo y Andr&#x00E9;s Dorantes vinieron al mismo
				  lugar que nos hab&#x00ED;an dicho, a comer de aquellas nueces de que se mantienen,
				  moliendo unos granillos con ellas, dos meses del a&#x00F1;o, sin comer otra cosa, y
				  aun esto no lo tienen todos los a&#x00F1;os, porque acuden uno, y otro no; son del
				  tama&#x00F1;o de las de Galicia, y los &#x00E1;rboles son muy grandes, y hay un gran n&#x00FA;mero
				  de ellos. Un indio me avis&#x00F3; c&#x00F3;mo los cristianos eran llegados, y que si yo
				  quer&#x00ED;a verlos me hurtase y huyese a un canto de un monte que &#x00E9;l me se&#x00F1;al&#x00F3;;
				  porque &#x00E9;l y otros parientes suyos hab&#x00ED;an de venir a ver a aquellos indios, y
				  que me llevar&#x00ED;an consigo adonde los cristianos estaban. Yo me confi&#x00E9; de ellos,
				  y determin&#x00E9; de hacerlo, porque ten&#x00ED;an otra lengua distinta de la de mis indios.
				  Y puesto por obra, otro d&#x00ED;a fueron y me hallaron en el lugar que estaba
				  se&#x00F1;alado; y as&#x00ED; me llevaron consigo. Ya que llegu&#x00E9; cerca de donde ten&#x00ED;an su
				  aposento. Andr&#x00E9;s Dorantes sali&#x00F3; a ver qui&#x00E9;n era, porque los indios le hab&#x00ED;an
				  tambi&#x00E9;n dicho c&#x00F3;mo ven&#x00ED;a un cristiano; y cuando me vio fue muy espantado,
				  porque hab&#x00ED;a muchos d&#x00ED;as que me ten&#x00ED;an por muerto, y los indios as&#x00ED; lo hab&#x00ED;an
				  dicho. Dimos muchas gracias a Dios de vernos juntos, y este d&#x00ED;a fue uno de los
				  de mayor placer que en nuestros d&#x00ED;as hemos tenido; y llegado donde Castillo
				  estaba, me preguntaron que d&#x00F3;nde iba. Yo le dije que mi prop&#x00F3;sito era de pasar
				  a tierra de cristianos, y que en este rastro y busca iba. Andr&#x00E9;s Dorantes
				  respondi&#x00F3; que muchos d&#x00ED;as hab&#x00ED;a que &#x00E9;l rogaba a Castillo y a Estebanico que se
				  fuesen adelante, y que no lo osaban hacer porque no sab&#x00ED;an nadar, y que tem&#x00ED;an
				  mucho de los r&#x00ED;os y los ancones por donde hab&#x00ED;an de pasar, que en aquella
				  tierra hay muchos. Y pues Dios nuestro Se&#x00F1;or hab&#x00ED;a sido servido de guardarme
				  entre tantos trabajos y enfermedades, y al cabo traerme en su compa&#x00F1;&#x00ED;a, que
				  ellos determinaban de huir, que yo los pasar&#x00ED;a de los r&#x00ED;os y ancones que
				  top&#x00E1;semos, y avis&#x00E1;ronme que en ninguna manera diese a entender a los indios no
				  conociesen de m&#x00ED; que yo quer&#x00ED;a pasar adelante, porque luego me matar&#x00ED;an; y que
				  para esto era menester que yo me detuviese con ellos seis meses, que era tiempo
				  en que aquellos indios iban a otra tierra a comer tunas. Esta es una fruta que
				  es del tama&#x00F1;o de huevos, y son bermejas y negras y de muy buen gusto. C&#x00F3;menlas
				  tres meses del a&#x00F1;o, en los cuales no comen otra cosa alguna, porque al tiempo
				  que ellos las cog&#x00ED;an ven&#x00ED;an a ellos otros indios de adelante, que tra&#x00ED;an arcos
				  para contratar y cambiar con ellos; y que cuando aqu&#x00E9;llos se volviesen nos
				  huir&#x00ED;amos de los nuestros, y nos volver&#x00ED;amos con ellos. Con este concierto yo
				  qued&#x00E9; all&#x00ED;, y me dieron por esclavo a un indio con quien Dorantes estaba, el
				  cual era tuerto, y su mujer y un hijo que ten&#x00ED;a y otro que estaba en su
				  compa&#x00F1;&#x00ED;a; de manera que todos eran tuertos. Estos se llaman mariames, y
				  Castillo estaba con otros sus vecinos, llamados iguases. Y estando aqu&#x00ED; ellos
				  me contaron que despu&#x00E9;s que salieron de la isla del Mal Hado, en la costa de la
				  mar hallaron la barca en que iba al contador y los frailes al trav&#x00E9;s; y que
				  yendo pasando aquellos r&#x00ED;os, que son cuatro muy grandes y de muchas corrientes,
				  les llev&#x00F3; las barcas en que pasaban a la mar, donde se ahogaron cuatro de
				  ellos, y que as&#x00ED; fueron adelante hasta que pasaron el anc&#x00F3;n, y lo pasaron con
				  mucho trabajo, y a quince leguas delante hallaron otro, y que cuando all&#x00ED;
				  llegaron ya se les hab&#x00ED;an muerto dos compa&#x00F1;eros en sesenta leguas que hab&#x00ED;an
				  andado; y que todos los que quedaban estaban para lo mismo, y que en todo el
				  camino no hab&#x00ED;an comido sino cangrejos y yerba pedrera; y llegados a este
				  &#x00FA;ltimo anc&#x00F3;n, dec&#x00ED;an que hallaron en &#x00E9;l indios que estaban comiendo moras; y
				  como vieron a los cristianos, se fueron de all&#x00ED; a otro cabo; y que estando
				  procurando y buscando manera para pasar el anc&#x00F3;n, pasaron a ellos un indio y un
				  cristiano, que llegado, conocieron que era Figueroa, uno de los cuatro que
				  hab&#x00ED;amos enviado adelante en la isla del Mal Hado, y all&#x00ED; les cont&#x00F3; c&#x00F3;mo &#x00E9;l y
				  sus compa&#x00F1;eros hab&#x00ED;an llegado hasta aquel lugar, donde se hab&#x00ED;an muerto dos de
				  ellos y un indio, todos tres de fr&#x00ED;o y de hambre, porque hab&#x00ED;an venido y estado
				  en el m&#x00E1;s recio tiempo del mundo, y que a &#x00E9;l y a M&#x00E9;ndez hab&#x00ED;an tomado los
				  indios, y que estando con ellos, M&#x00E9;ndez hab&#x00ED;a huido yendo la v&#x00ED;a lo mejor que
				  pudo de P&#x00E1;nuco, y que los indios hab&#x00ED;an ido tras &#x00E9;l y que lo hab&#x00ED;an muerto; y
				  que estando &#x00E9;l con estos indios supo de ellos c&#x00F3;mo con los mariames estaba un
				  cristiano que hab&#x00ED;a pasado de la otra parte, y lo hab&#x00ED;a hallado con los que
				  llamaban quevenes, y que este cristiano era Hernando de Esquivel, natural de
				  Badajoz, el cual ven&#x00ED;a en compa&#x00F1;&#x00ED;a del comisario, y que &#x00E9;l supo de Esquivel el
				  fin en que hab&#x00ED;an parado el gobernador y el contador y los dem&#x00E1;s, y le dijo que
				  el contador y los frailes hab&#x00ED;an echado al trav&#x00E9;s su barca entre los r&#x00ED;os, y
				  vini&#x00E9;ndose por luengo de la costa, lleg&#x00F3; la barca del gobernador con su gente
				  en tierra, y &#x00E9;l se fue con su barca hasta que llegaron a aquel anc&#x00F3;n grande, y
				  que all&#x00ED; torn&#x00F3; a tomar la gente y la pas&#x00F3; del otro cabo, y volvi&#x00F3; por el
				  contador y los frailes y todos los otros. Y cont&#x00F3; c&#x00F3;mo estando desembarcados,
				  el gobernador hab&#x00ED;a revocado el poder que el contador ten&#x00ED;a de lugarteniente
				  suyo y dio el cargo a un capit&#x00E1;n que tra&#x00ED;a consigo, que se dec&#x00ED;a Pantoja, y que
				  el gobernador se qued&#x00F3; en su barca, y no quiso aquella noche salir a tierra, y
				  quedaron con &#x00E9;l un maestre y un paje que estaba malo, y en la barca no ten&#x00ED;an
				  agua ni cosa ninguna que comer; y que a media noche el norte vino tan recio,
				  que sac&#x00F3; la barca a la mar, sin que ninguno la viese, porque no ten&#x00ED;a por res&#x00F3;n
				  sino una piedra, y que nunca m&#x00E1;s supieron de &#x00E9;l. Y que visto esto, la gente que
				  en tierra quedaron se fueron por luengo de costa, y que como hallaron tanto
				  estorbo de agua, hicieron balsas con mucho trabajo, en que pasaron la otra
				  parte; y que yendo adelante, llegaron a una punta de un monte orilla del agua,
				  y que hallaron indios, que como los vieron venir metieron sus casas en sus
				  canoas y se pasaron de la otra parte a la costa; y los cristianos, viendo el
				  tiempo que era, porque era por el mes de noviembre, pararon en este monte,
				  porque hallaron agua y le&#x00F1;a y algunos cangrejos y mariscos, donde de fr&#x00ED;o y de
				  hambre se comenzaron poco a poco a morir. Allende de esto, Pantoja, que por
				  teniente hab&#x00ED;a quedado, les hac&#x00ED;a mal tratamiento, y no lo pudiendo sufrir
				  Sotomayor, hermano de Vasco Porcallo, el de la isla de Cuba, que en la armada
				  hab&#x00ED;a venido por maestre de campo, se revolvi&#x00F3; con &#x00E9;l y le dio un palo, de que
				  Pantoja qued&#x00F3; muerto, y as&#x00ED; se fueron acabando; y los que mor&#x00ED;an, los otros los
				  hac&#x00ED;an tasajos; y el &#x00FA;ltimo que muri&#x00F3; fue Sotomayor, y Esquivel lo hizo
				  tasajos, y comiendo de &#x00E9;l se mantuvo hasta primero de marzo, que un indio de
				  los que all&#x00ED; hab&#x00ED;an huido vino a ver si eran muertos, y llev&#x00F3; a Esquivel
				  consigo; y estando en poder de este indio, el Figueroa lo habl&#x00F3; y supo de &#x00E9;l
				  todo lo que hemos contado, y le rog&#x00F3; que se viniese con &#x00E9;l, para irse ambos la
				  v&#x00ED;a de P&#x00E1;nuco; lo cual Esquivel no quiso hacer, diciendo que &#x00E9;l hab&#x00ED;a sabido de
				  los frailes que P&#x00E1;nuco hab&#x00ED;a quedado atr&#x00E1;s; y as&#x00ED; se qued&#x00F3; all&#x00ED;, y Figueroa se
				  fue a la costa adonde sol&#x00ED;a estar. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XVIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De la relaci&#x00F3;n que dio Esquivel</head>
				<p n="29">Esta cuenta toda dio Figueroa por la relaci&#x00F3;n que de
				  Esquivel hab&#x00ED;a sabido; y as&#x00ED;, de mano en mano lleg&#x00F3; a m&#x00ED;, por donde se puede
				  ver y saber el fin que toda aquella armada hubo y los particulares casos que a
				  cada uno de los dem&#x00E1;s acontecieron. Y dijo m&#x00E1;s: que si los cristianos alg&#x00FA;n
				  tiempo andaban por all&#x00ED;, podr&#x00ED;a ser que viesen a Esquivel, porque sab&#x00ED;a que se
				  hab&#x00ED;a huido de aquel indio con quien estaba, a otros, que se dec&#x00ED;an los
				  mareames, que eran all&#x00ED; vecinos. Y como acabo de decir, &#x00E9;l y el asturiano se
				  quisieran ir a otros indios que adelante estaban; mas como los indios que lo
				  ten&#x00ED;an lo sintieron, salieron a ellos, y di&#x00E9;ronles muchos palos, y desnudaron
				  al asturiano, y pas&#x00E1;ronle un brazo con una flecha; y en fin, se escaparon
				  huyendo, y los cristianos se quedaron con aquellos indios, y acabaron con ellos
				  que los tomasen por esclavos, aunque estando sirvi&#x00E9;ndoles fueron tan
				  maltratados de ellos, como nunca esclavos ni hombres de ninguna suerte lo
				  fueron, porque de seis que eran, no contentos con darles muchas bofetadas y
				  apalearlos y pelarles las barbas por su pasatiempo, por s&#x00F3;lo pasar de una casa
				  a otra mataron tres, que son los que arriba dije, Diego Dorantes y Valdivieso y
				  Diego de Huelva, y los otros tres que quedaban esperaban parar en esto mismo; y
				  por no sufrir en esta vida, Andr&#x00E9;s Dorantes se huy&#x00F3; y se pas&#x00F3; a los mareames,
				  que eran aqu&#x00E9;llos adonde Esquivel hab&#x00ED;a parado, y ellos le contaron c&#x00F3;mo hab&#x00ED;an
				  tenido all&#x00ED; a Esquivel, y c&#x00F3;mo estando all&#x00ED; se quiso huir porque una mujer
				  hab&#x00ED;a so&#x00F1;ado que le hab&#x00ED;a de matar un hijo, y los indios fueron tras &#x00E9;l y lo
				  mataron, y mostraron a Andr&#x00E9;s Dorantes su espada y sus cuentas y libro y otras
				  cosas que ten&#x00ED;a. Esto hacen &#x00E9;stos por una costumbre que tienen, y es que matan
				  sus mismos hijos por sue&#x00F1;os, y a las hijas en naciendo las dejan comer a
				  perros, y las echan por ah&#x00ED;. La raz&#x00F3;n por que ellos lo hacen es, seg&#x00FA;n ellos
				  dicen, porque todos los de la tierra son sus enemigos y con ellos tienen
				  continua guerra; y que si acaso casasen sus hijas, multiplicar&#x00ED;an tanto sus
				  enemigos, que los sujetar&#x00ED;an y tomar&#x00ED;an por esclavos; y por esta causa quer&#x00ED;an
				  m&#x00E1;s matarlas que no que de ellas mismas naciese quien fuese su enemigo.
				  Nosotros les dijimos que por qu&#x00E9; no las casaban con ellos mismos. Y tambi&#x00E9;n
				  entre ellos dijeron que era fea cosa casarlas a sus parientes ni a sus
				  enemigos; y esta costumbre usan estos y otros sus vecinos, que se llaman los
				  iguaces, solamente, sin que ningunos otros de la tierra la guarden. Y cuando
				  &#x00E9;stos se han de casar, compran las mujeres a sus enemigos, y el precio que cada
				  uno da por la suya es un arco, el mejor que puede haber, con dos flechas; y si
				  acaso no tiene arco, una red hasta una braza en ancho y otra en largo. Matan
				  sus hijos, y mercan los ajenos; no dura el casamiento m&#x00E1;s de cuanto est&#x00E1;n
				  contentos, y con una higa deshacen el casamiento. Dorantes estuvo con &#x00E9;stos, y
				  desde a pocos d&#x00ED;as se huy&#x00F3;. Castillo y Estebanico se vinieron dentro de la
				  Tierra Firme a los iguaces. Toda esta gente son flecheros y bien dispuestos,
				  aunque no tan grandes como los que atr&#x00E1;s dejamos, y traen la teta y el labio
				  horadados.</p>
				<p n="30">Su mantenimiento principalmente es ra&#x00ED;ces de dos o tres
				  maneras, y b&#x00FA;scanlas por toda la tierra; son muy malas, e hinchan los hombres
				  que las comen. Tardan dos d&#x00ED;as en asarse, y muchas de ellas son muy amargas, y
				  con todo esto se sacan con mucho trabajo. Es tanta la hambre que aquellas
				  gentes tienen, que no se pueden pasar sin ellas, y andan dos o tres leguas
				  busc&#x00E1;ndolas. Algunas veces matan algunos venados, y a tiempos toman alg&#x00FA;n
				  pescado; mas esto es tan poco, y su hambre tan grande, que comen ara&#x00F1;as y
				  huevos de hormigas, y gusanos y lagartijas y salamanquesas y culebras y
				  v&#x00ED;boras, que matan los hombres que muerden, y comen tierra y madera y todo lo
				  que pueden haber, y esti&#x00E9;rcol de venados, y otras cosa que dejo de contar; y
				  creo averiguadamente que si en aquella tierra hubiese piedras las comer&#x00ED;an.
				  Guardan las espinas del pescado que comen, y de las culebras y otras cosas,
				  para molerlo despu&#x00E9;s todo y comer el polvo de ello. Entre &#x00E9;stos no se cargan
				  los hombres ni llevan cosa de peso; mas ll&#x00E9;vanlo las mujeres y los viejos, que
				  es la gente que ellos en menos tienen. No tienen tanto amor a sus hijos como
				  los que arriba dijimos. Hay algunos entre ellos que usan pecado contra natura.
				  Las mujeres son muy trabajadas y para mucho, porque de veinticuatro horas que
				  hay entre d&#x00ED;a y noche, no tienen sino seis horas de descanso, y todo lo m&#x00E1;s de
				  la noche pasan en atizar sus hornos para secar aquellas ra&#x00ED;ces que comen. Y
				  desde que amanece comienzan a cavar y a traer le&#x00F1;a y agua a sus casas y dar
				  orden en las otras cosas de que tienen necesidad. Los m&#x00E1;s de &#x00E9;stos son grandes
				  ladrones, porque aunque entre s&#x00ED; son bien partidos, en volviendo uno la cabeza,
				  su hijo mismo o su padre le toma lo que puede. Mienten muy mucho, y son grandes
				  borrachos, y para esto beben ellos una cierta cosa. Est&#x00E1;n tan usados a correr,
				  que sin descansar ni cansar corren desde la ma&#x00F1;ana hasta la noche, y siguen un
				  venado; y de esta manera matan muchos de ellos, porque los siguen hasta que los
				  cansan, y algunas veces los toman vivos. Las casas de ellos son de esteras
				  puestas sobre cuatro arcos; ll&#x00E9;vanlas a cuestas, y m&#x00FA;danse cada dos o tres d&#x00ED;as
				  para buscar de comer. Ninguna cosa siembran que se pueda aprovechar; es gente
				  muy alegre; por mucha hambre que tengan, por eso no dejan de bailar ni de hacer
				  sus fiestas y areitos. Para ellos el mejor tiempo que &#x00E9;stos tienen es cuando
				  comen las tunas, porque entonces no tienen hambre, y todo el tiempo se les pasa
				  en bailar, y comen de ellas de noche y de d&#x00ED;a. Todo el tiempo que les duran
				  expr&#x00ED;menlas y &#x00E1;brenlas y p&#x00F3;nenlas a secar, y despu&#x00E9;s de secas p&#x00F3;nenlas en unas
				  seras, como higos, y gu&#x00E1;rdanlas para comer por el camino cuando se vuelven, y
				  las c&#x00E1;scaras de ellas mu&#x00E9;lenlas y h&#x00E1;cenlas polvo. Muchas veces estando con
				  &#x00E9;stos, nos aconteci&#x00F3; tres o cuatro d&#x00ED;as estar sin comer porque no lo hab&#x00ED;a;
				  ellos, por alegrarnos, nos dec&#x00ED;an que no estuvi&#x00E9;semos tristes; que presto
				  habr&#x00ED;a tunas y comer&#x00ED;amos muchas y beber&#x00ED;amos del zumo de ellas, y tendr&#x00ED;amos
				  las barrigas muy grandes y estar&#x00ED;amos muy contentos y alegres y sin hambre
				  alguna; y desde el tiempo que esto nos dec&#x00ED;an hasta que las tunas se hubiesen
				  de comer hab&#x00ED;a cinco o seis meses, y, en fin, hubimos de esperar aquestos seis
				  meses, y cuando fue tiempo fuimos a comer las tunas; hallamos por la tierra muy
				  gran cantidad de mosquitos de tres maneras, que son muy malos y enojosos, y
				  todo lo m&#x00E1;s del verano nos daban mucha fatiga; y para defendernos de ellos
				  hac&#x00ED;amos al derredor de la gente muchos fuegos de le&#x00F1;a podrida y mojada, para
				  que no ardiesen e hiciesen humo; y esta defensi&#x00F3;n nos daba otro trabajo, porque
				  en toda la noche no hac&#x00ED;amos sino llorar, del humo que en los ojos nos daba, y
				  sobre eso, gran calor que nos causaban los muchos fuegos, y sal&#x00ED;amos a dormir a
				  la costa. Y si alguna vez pod&#x00ED;amos dormir, record&#x00E1;bannos a palos, para que
				  torn&#x00E1;semos a encender los fuegos. Los de la tierra adentro para esto usan otro
				  remedio tan incomportable y m&#x00E1;s que &#x00E9;ste que he dicho, y es andar con tizones
				  en las manos quemando los campos y montes que topan, para que los mosquitos
				  huyan, y tambi&#x00E9;n para sacar debajo de tierra lagartijas y otras semejantes
				  cosas para comerlas. Y tambi&#x00E9;n suelen matar venados cerc&#x00E1;ndolos con muchos
				  fuegos; y usan tambi&#x00E9;n esto por quitar a los animales el pasto, que la
				  necesidad les haga ir a buscarlo adonde ellos quieren, porque nunca hacen
				  asiento con sus casas sino donde hay agua y le&#x00F1;a, y alguna vez se cargan todos
				  de esta provisi&#x00F3;n y van a buscar los venados, que muy ordinariamente est&#x00E1;n
				  donde no hay agua ni le&#x00F1;a; y el d&#x00ED;a que llegan matan venados y algunas otras
				  cosas que pueden, y gastan todo el agua y le&#x00F1;a en guisar de comer y en los
				  fuegos que hacen para defenderse de los mosquitos, y esperan otro d&#x00ED;a para
				  tomar algo que lleven para el camino; y cuando parten, tales van de los
				  mosquitos, que parece que tienen la enfermedad de San L&#x00E1;zaro. Y de esta manera
				  satisfacen su hambre dos o tres veces en el a&#x00F1;o, a tan grande costa como he
				  dicho; y por haber pasado por ello puedo afirmar que ning&#x00FA;n trabajo que se
				  sufra en el mundo se iguala con &#x00E9;ste. Por la tierra hay muchos venados y otras
				  aves y animales de los que atr&#x00E1;s he contado. Alcanzan aqu&#x00ED; vacas, y yo las he
				  visto tres veces y comido de ellas, y par&#x00E9;ceme que ser&#x00E1;n del tama&#x00F1;o de las de
				  Espa&#x00F1;a. Tienen los cuernos peque&#x00F1;os, como moriscas, y el pelo muy largo,
				  merino, como una bernia; unas son pardillas, y otras negras, y a mi parecer
				  tienen mejor y m&#x00E1;s gruesa carne que las de ac&#x00E1;. De las que no son grandes hacen
				  los indios mantas para cubrirse, y de las mayores hacen zapatos y rodelas;
				  &#x00E9;stas vienen de hacia el Norte por tierra adelante hasta la costa de la
				  Florida, y ti&#x00E9;ndense por toda la tierra m&#x00E1;s de cuatrocientas leguas, y en todo
				  este camino, por los valles por donde ellas vienen, bajan las gentes que por
				  all&#x00ED; habitan y se mantienen de ellas, y meten en la tierra grande cantidad de
				  cueros. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XIX</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo nos apartaron los indios</head>
				<p n="31">Cuando fueron cumplidos los seis meses que yo estuve con
				  los cristianos esperando a poner en efecto el concierto que ten&#x00ED;amos hecho, los
				  indios se fueron a las tunas, que hab&#x00ED;a de all&#x00ED; donde las hab&#x00ED;an de coger hasta
				  treinta leguas; y ya que est&#x00E1;bamos para huirnos, los indios con quien
				  est&#x00E1;bamos, unos con otros ri&#x00F1;eron sobre una mujer, y se apu&#x00F1;earon y apalearon y
				  descalabraron unos a otros; y con el grande enojo que hubieron, cada uno tom&#x00F3;
				  su casa y se fue a su parte; de donde fue necesario que todos los cristianos
				  que all&#x00ED; &#x00E9;ramos tambi&#x00E9;n nos apart&#x00E1;semos, y en ninguna manera nos pudimos juntar
				  hasta otro a&#x00F1;o. Y en este tiempo yo pas&#x00E9; muy mala vida, as&#x00ED; por la mucha hambre
				  como por el mal tratamiento que de los indios recib&#x00ED;a, que fue tal, que yo me
				  hube de huir tres veces de los amos que ten&#x00ED;a, y todos me anduvieron a buscar y
				  poniendo diligencia para matarme, y Dios nuestro Se&#x00F1;or por su misericordia me
				  quiso guardar y amparar de ellos; y cuando el tiempo de las tunas torn&#x00F3;, en
				  aquel mismo lugar nos tornamos a juntar. Ya que ten&#x00ED;amos concertado de huirnos
				  y se&#x00F1;alado el d&#x00ED;a, aquel mismo d&#x00ED;a los indios nos apartaron, y fuimos cada uno
				  por su parte; y yo dije a los otros compa&#x00F1;eros que yo los esperar&#x00ED;a en las
				  tunas hasta que la Luna fuese llena, y este d&#x00ED;a era primero de septiembre y
				  primero d&#x00ED;a de luna; y avis&#x00E9;los que si en este tiempo no viniesen al concierto,
				  yo me ir&#x00ED;a solo y los dejar&#x00ED;a. Y as&#x00ED;, nos apartamos y cada uno se fue con sus
				  indios, y yo estuve con los m&#x00ED;os hasta trece de luna, y yo ten&#x00ED;a acordado de me
				  huir a otros indios en siendo en Luna llena. Y a trece d&#x00ED;as del mes llegaron
				  adonde yo estaba Andr&#x00E9;s Dorantes y Estebanico, y dij&#x00E9;ronme c&#x00F3;mo dejaban a
				  Castillo con otros indios que se llaman anagados, y que estaban cerca de all&#x00ED;,
				  y que hab&#x00ED;an pasado mucho trabajo, y que hab&#x00ED;an andado perdidos. Y que otro d&#x00ED;a
				  adelante nuestros indios se mudaron hacia donde Castillo estaba, e iban a
				  juntarse con los que lo ten&#x00ED;an, y hacerse amigos unos de otros, porque hasta
				  all&#x00ED; hab&#x00ED;an tenido guerra, y de esta manera cobramos a Castillo. En todo el
				  tiempo que com&#x00ED;amos las tunas ten&#x00ED;amos sed, y para remedio de esto beb&#x00ED;amos el
				  zumo de las tunas y sac&#x00E1;bamoslo en un hoyo que en la tierra hac&#x00ED;amos, y desque
				  estaba lleno beb&#x00ED;amos de &#x00E9;l hasta que nos hart&#x00E1;bamos. Es dulce y de color de
				  arrope; esto hacen por falta de otras vasijas. Hay muchas maneras de tunas, y
				  entre ellas hay algunas muy buenas, aunque a m&#x00ED; todas me parec&#x00ED;an as&#x00ED;, y nunca
				  la hambre me dio espacio para escogerlas ni para mientes en cu&#x00E1;les eran las
				  mejores. Todas las m&#x00E1;s de estas gentes beben agua llovediza y recogida en
				  algunas partes; porque, aunque hay r&#x00ED;os, como nunca est&#x00E1;n de asiento, nunca
				  tienen agua conocida ni se&#x00F1;alada. Por toda la tierra hay muy grandes y hermosas
				  dehesas, y de muy buenos pastos para ganados; y par&#x00E9;ceme que ser&#x00ED;a tierra muy
				  fruct&#x00ED;fera si fuese labrada y habitada de gente de raz&#x00F3;n. No vimos sierra en
				  toda ella en tanto que en ella estuvimos. Aquellos indios nos dijeron que otros
				  estaban m&#x00E1;s adelante, llamados camones, que viven hacia la costa, y hab&#x00ED;an
				  muerto toda la gente que ven&#x00ED;a en la barca de Pe&#x00F1;alosa y T&#x00E9;llez, que ven&#x00ED;an tan
				  flacos, que aunque los mataban no se defend&#x00ED;an; y as&#x00ED;, los acabaron todos, y
				  nos mostraron ropas y armas de ellos, y dijeron que la barca estaba all&#x00ED; al
				  trav&#x00E9;s. Esta es la quinta barca que faltaba, porque la del gobernador ya
				  dijimos c&#x00F3;mo la mar la llev&#x00F3;, y la del contador y los frailes la hab&#x00ED;an visto
				  echada al trav&#x00E9;s en la costa, y Esquivel cont&#x00F3; el fin de ellos. Las dos en que
				  Castillo y yo y Dorantes &#x00ED;bamos, ya hemos contado c&#x00F3;mo junto a la isla de Mal
				  Hado se hundieron. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XX</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo nos huimos</head>
				<p n="32">Despu&#x00E9;s de habernos mudado, desde a dos d&#x00ED;as nos
				  encomendamos a Dios nuestro Se&#x00F1;or y nos fuimos huyendo, confiando que, aunque
				  era ya tarde y las tunas se acababan, con los frutos que quedar&#x00ED;an en el campo
				  podr&#x00ED;amos andar buena parte de la tierra. Yendo aquel d&#x00ED;a nuestro camino con
				  harto temor que los indios nos hab&#x00ED;an de seguir, vimos unos humos, y yendo a
				  ellos, despu&#x00E9;s de v&#x00ED;speras llegamos all&#x00E1;, donde vimos un indio que, como vio
				  que &#x00ED;bamos a &#x00E9;l, huy&#x00F3; sin querernos aguardar; nosotros enviamos al negro tras
				  &#x00E9;l, y como vio que iba solo, aguard&#x00F3;lo. El negro le dijo que &#x00ED;bamos a buscar
				  aquella gente que hac&#x00ED;a aquellos humos. &#x00C9;l respondi&#x00F3; que cerca de all&#x00ED; estaban
				  las casas, y que nos guiar&#x00ED;a all&#x00E1;, y as&#x00ED;, lo fuimos siguiendo; y &#x00E9;l corri&#x00F3; a
				  dar aviso de c&#x00F3;mo &#x00ED;bamos, y a puesta del sol vimos las casas, y dos tiros de
				  ballesta antes que lleg&#x00E1;semos a ellas hallamos cuatro indios que nos esperaban,
				  y nos recibieron bien. Dij&#x00ED;mosles en lengua de mareames que &#x00ED;bamos a buscarlos,
				  y ellos mostraron que se holgaban con nuestra compa&#x00F1;&#x00ED;a; y as&#x00ED;, nos llevaron a
				  sus casas, y a Dorantes y al negro aposentaron en casa de un f&#x00ED;sico, y a m&#x00ED; y a
				  Castillo en casa de otro. Estos tienen otra lengua y ll&#x00E1;manse avavares, y son
				  aquellos que sol&#x00ED;an llevar los arcos a los nuestros e iban a contratar con
				  ellos; y aunque son de otra naci&#x00F3;n y lengua, entienden la lengua de aqu&#x00E9;llos
				  con quien antes est&#x00E1;bamos, y aquel mismo d&#x00ED;a hab&#x00ED;an llegado all&#x00ED; con sus casas.
				  Luego el pueblo nos ofreci&#x00F3; muchas tunas, porque ya ellos ten&#x00ED;an noticia de
				  nosotros y c&#x00F3;mo cur&#x00E1;bamos, y de las maravillas que nuestro Se&#x00F1;or con nosotros
				  obraba, que, aunque no hubiera otras, harto grandes eran abrirnos caminos por
				  tierra tan despoblada, y darnos gente por donde muchos tiempos no la hab&#x00ED;a, y
				  librarnos de tantos peligros, y no permitir que nos matasen, y sustentarnos con
				  tanta hambre, y poner aquellas gentes en coraz&#x00F3;n que nos tratasen bien, como
				  adelante diremos. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXI</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo curamos aqu&#x00ED; unos dolientes</head>
				<p n="33">Aquella misma noche que llegamos vinieron unos indios a
				  Castillo, y dij&#x00E9;ronle que estaban muy malos de la cabeza, rog&#x00E1;ndole que los
				  curase; y despu&#x00E9;s que los hubo santiguado y encomendado a Dios, en aquel punto
				  los indios dijeron que todo el mal se les hab&#x00ED;a quitado; y fueron a sus casas y
				  trajeron muchas tunas y un pedazo de carne de venado, cosa que no sab&#x00ED;amos qu&#x00E9;
				  cosa era; y como esto entre ellos se public&#x00F3;, vinieron otros muchos enfermos en
				  aquella noche a que los sanase, y cada uno tra&#x00ED;a un pedazo de venado; y tantos
				  eran, que no sab&#x00ED;amos ad&#x00F3;nde poner la carne. Dimos muchas gracias a Dios porque
				  cada d&#x00ED;a iba creciendo su misericordia y mercedes; y despu&#x00E9;s que se acabaron
				  las curas comenzaron a bailar y hacer sus areitos y fiestas, hasta otro d&#x00ED;a que
				  el sol sali&#x00F3;; y dur&#x00F3; la fiesta tres d&#x00ED;as por haber nosotros venido, y al cabo
				  de ellos les preguntamos por la tierra adelante, y por la gente que en ella
				  hallar&#x00ED;amos, y los mantenimientos que en ella hab&#x00ED;a. Respondi&#x00E9;ronnos que por
				  toda aquella tierra hab&#x00ED;a muchas tunas, mas que ya eran acabadas, y que ninguna
				  gente hab&#x00ED;a, porque todos eran idos a sus casas, con haber ya cogido las tunas;
				  y que la tierra era muy fr&#x00ED;a y en ella hab&#x00ED;a muy pocos cueros. Nosotros viendo
				  esto, que ya el invierno y tiempo fr&#x00ED;o entraba, acordamos de pasarlo con &#x00E9;stos.
				  A cabo de cinco d&#x00ED;as que all&#x00ED; hab&#x00ED;amos llegado se partieron a buscar otras
				  tunas adonde hab&#x00ED;a otra gente de otras naciones y lenguas. Y andadas cinco
				  jornadas con muy grande hambre, porque en el camino no hab&#x00ED;a tunas ni otra
				  fruta ninguna, llegamos a un r&#x00ED;o, donde asentamos nuestras casas, y despu&#x00E9;s de
				  asentadas fuimos a buscar una fruta de unos &#x00E1;rboles, que es como hieros; y como
				  por toda esta tierra no hay caminos, yo me detuve m&#x00E1;s en buscarla; la gente se
				  volvi&#x00F3;, y yo qued&#x00E9; solo, y viniendo a buscarlos aquella noche me perd&#x00ED;, y plugo
				  a Dios que hall&#x00E9; un &#x00E1;rbol ardiendo, y al fuego de &#x00E9;l pas&#x00E9; aquel fr&#x00ED;o aquella
				  noche, y a la ma&#x00F1;ana yo me cargu&#x00E9; la le&#x00F1;a y tom&#x00E9; dos tizones, y volv&#x00ED; a
				  buscarlos, y anduve de esta manera cinco d&#x00ED;as, siempre con mi lumbre y carga de
				  le&#x00F1;a, porque si el fuego se me matase en parte donde no tuviese le&#x00F1;a, como en
				  muchas partes no la hab&#x00ED;a, tuviese de qu&#x00E9; hacer otro tizones y no me quedase
				  sin lumbre, porque para el fr&#x00ED;o yo no ten&#x00ED;a otro remedio, por andar desnudo
				  como nac&#x00ED;. Y para las noches yo ten&#x00ED;a este remedio, que me iba a las matas del
				  monte, que estaban cerca de los r&#x00ED;os, y paraba en ellas antes que el sol se
				  pusiese, y en la tierra hac&#x00ED;a un hoyo y en &#x00E9;l echaba mucha le&#x00F1;a, que se cr&#x00ED;a en
				  muchos &#x00E1;rboles, de que por all&#x00ED; hay muy gran cantidad y juntaba mucha le&#x00F1;a de
				  la que estaba ca&#x00ED;da y seca de los &#x00E1;rboles, y al derredor de aquel hoyo hac&#x00ED;a
				  cuatro fuegos en cruz, y yo ten&#x00ED;a cargo y cuidado de rehacer el fuego de rato
				  en rato, y hac&#x00ED;a unas gavillas de paja larga que por all&#x00ED; hay, con que me
				  cubr&#x00ED;a en aquel hoyo, y de esta manera me amparaba del fr&#x00ED;o de las noches; y
				  una de ellas el fuego cay&#x00F3; en la paja con que yo estaba cubierto, y estando yo
				  durmiendo en el hoyo, comenz&#x00F3; a arder muy recio, y por mucha prisa que yo me di
				  a salir, todav&#x00ED;a saqu&#x00E9; se&#x00F1;al en los cabellos del peligro en que hab&#x00ED;a estado.
				  En todo este tiempo no com&#x00ED; bocado ni hall&#x00E9; cosa que pudiese comer; y como
				  tra&#x00ED;a los pies descalzos, corri&#x00F3;me de ellos mucha sangre, y Dios us&#x00F3; conmigo de
				  misericordia, que en todo este tiempo no vent&#x00F3; el norte, porque de otra manera
				  ning&#x00FA;n remedio hab&#x00ED;a de yo vivir. Y a cabo de cinco d&#x00ED;as llegu&#x00E9; a una ribera de
				  un r&#x00ED;o, donde yo hall&#x00E9; a mis indios, que ellos y los cristianos me contaban ya
				  por muerto, y siempre cre&#x00ED;an que alguna v&#x00ED;bora me hab&#x00ED;a mordido. Todos hubieron
				  gran placer de verme, principalmente los cristianos, y me dijeron que hasta
				  entonces hab&#x00ED;an caminado con mucha hambre, que &#x00E9;sta era la causa que no me
				  hab&#x00ED;an buscado; y aquella noche me dieron de las tunas que ten&#x00ED;an, y otro d&#x00ED;a
				  partimos de all&#x00ED;, y fuimos donde hallamos muchas tunas, con que todos
				  satisficieron su gran hambre, y nosotros dimos muchas gracias a nuestro Se&#x00F1;or
				  porque nunca nos faltaba remedio. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo otro d&#x00ED;a nos trajeron otros enfermos</head>
				<p n="34">Otro d&#x00ED;a de ma&#x00F1;ana vinieron all&#x00ED; muchos indios y tra&#x00ED;an
				  cinco enfermos que estaban tullidos y muy malos, y ven&#x00ED;an en busca de Castillo
				  que los curase, y cada uno de los enfermos ofreci&#x00F3; su arco y flechas, y &#x00E9;l los
				  recibi&#x00F3;, y a puesta de sol los santigu&#x00F3; y encomend&#x00F3; a Dios nuestro Se&#x00F1;or, y
				  todos le suplicamos con la mejor manera que pod&#x00ED;amos les enviase salud, pues &#x00E9;l
				  ve&#x00ED;a que no hab&#x00ED;a otro remedio para que aquella gente nos ayudase y sali&#x00E9;semos
				  de tan miserable vida. Y &#x00E9;l lo hizo tan misericordiosamente, que venida la
				  ma&#x00F1;ana, todos amanecieron tan buenos y sanos, y se fueron tan recios como si
				  nunca hubieran tenido mal ninguno. Esto caus&#x00F3; entre ellos muy gran admiraci&#x00F3;n,
				  y a nosotros despert&#x00F3; que di&#x00E9;semos muchas gracias a nuestro Se&#x00F1;or, a que m&#x00E1;s
				  enteramente conoci&#x00E9;semos su bondad, y tuvi&#x00E9;semos firme esperanza que nos hab&#x00ED;a
				  de librar y traer donde le pudi&#x00E9;semos servir. Y de m&#x00ED; s&#x00E9; decir que siempre tuve
				  esperanza en su misericordia que me hab&#x00ED;a de sacar de aquella cautividad, y as&#x00ED;
				  yo lo habl&#x00E9; siempre a mis compa&#x00F1;eros. Como los indios fueron idos y llevaron
				  sus indios sanos, partimos donde estaban otros comiendo tunas, y &#x00E9;stos se
				  llaman cutalches y malicones, que son otras lenguas, y junto con ellos hab&#x00ED;a
				  otros que se llamaban coayos y susolas, y de otra parte otros llamados atayos,
				  y estos ten&#x00ED;an guerra con los susolas, con quien se flechaban cada d&#x00ED;a. Y como
				  por toda la tierra no se hablase sino de los misterios que Dios nuestro Se&#x00F1;or
				  con nosotros obraba, ven&#x00ED;an de muchas partes a buscarnos para que los
				  cur&#x00E1;semos, y a cabo de dos d&#x00ED;as que all&#x00ED; llegaron, vinieron a nosotros unos
				  indios de los susolas y rogaron a Castillo que fuese a curar un herido y otros
				  enfermos, y dijeron que entre ellos quedaba uno que estaba muy al cabo.
				  Castillo era m&#x00E9;dico muy temeroso, principalmente cuando las curas eran muy
				  temerosas y peligrosas, y cre&#x00ED;a que sus pecados hab&#x00ED;an de estorbar que no todas
				  veces sucediese bien el curar. Los indios me dijeron que yo fuese a curarlos,
				  porque ellos me quer&#x00ED;an bien y se acordaban que les hab&#x00ED;a curado en las nueces, y por aquello nos hab&#x00ED;an dado nueces y cueros; y esto hab&#x00ED;a pasado cuando
				  yo vine a juntarme con los cristianos; y as&#x00ED; hube de ir con ellos, y fueron
				  conmigo Dorantes y Estebanico, y cuando llegu&#x00E9; cerca de los ranchos que ellos
				  ten&#x00ED;an, yo vi el enfermo que &#x00ED;bamos a curar que estaba muerto, porque estaba
				  mucha gente al derredor de &#x00E9;l llorando y su casa deshecha, que es se&#x00F1;al que el
				  due&#x00F1;o estaba muerto. Y as&#x00ED;, cuando yo llegu&#x00E9; hall&#x00E9; el indio los ojos vueltos y
				  sin ning&#x00FA;n pulso, y con todas las se&#x00F1;ales de muerto, seg&#x00FA;n a m&#x00ED; me pareci&#x00F3;, y
				  lo mismo dijo Dorantes. Yo le quit&#x00E9; una estera que ten&#x00ED;a encima, con que estaba
				  cubierto, y lo mejor que pude apliqu&#x00E9; a nuestro Se&#x00F1;or fuese servido de dar
				  salud a aqu&#x00E9;l y a todos los otros que de ella ten&#x00ED;an necesidad. Y despu&#x00E9;s de
				  santiguado y soplado muchas veces, me trajeron un arco y me lo dieron, y una
				  sera de tunas molidas, y llev&#x00E1;ronme a curar a otros muchos que estaban malos de
				  modorra, y me dieron otras dos seras de tunas, las cuales di a nuestros indios,
				  que con nosotros hab&#x00ED;an venido; y, hecho esto, nos volvimos a nuestro aposento,
				  y nuestros indios, a quien di las tunas, se quedaron all&#x00E1;; y a la noche se
				  volvieron a sus casas, y dijeron que aquel que estaba muerto y yo hab&#x00ED;a curado
				  en presencia de ellos, se hab&#x00ED;a levantado bueno y se hab&#x00ED;a paseado, y comido, y
				  hablado con ellos, y que todos cuantos hab&#x00ED;a curado quedaban sanos y muy
				  alegres.</p>
				<p n="35">Esto caus&#x00F3; muy gran admiraci&#x00F3;n y espanto, y en toda la
				  tierra no se hablaba en otra cosa. Todos aquellos a quien esta fama llegaba nos
				  ven&#x00ED;an a buscar para que los cur&#x00E1;semos y santigu&#x00E1;semos sus hijos. Y cuando los
				  indios que estaban en compa&#x00F1;&#x00ED;a de los nuestros, que eran los cutalchiches, se
				  hubieron de ir a su tierra, antes que se partiesen nos ofrecieron todas las
				  tunas que para su camino ten&#x00ED;an, sin que ninguna les quedase, y di&#x00E9;ronnos
				  pedernales tan largos como palmo y medio, con que ellos cortan, y es entre
				  ellos cosa de muy gran estima. Rog&#x00E1;ronnos que nos acord&#x00E1;semos de ellos y
				  rog&#x00E1;semos a Dios que siempre estuviesen buenos, y nosotros se lo prometimos; y
				  con esto partieron los m&#x00E1;s contentos hombres del mundo, habi&#x00E9;ndonos dado todo
				  lo mejor que ten&#x00ED;an. Nosotros estuvimos con aquellos indios avavares ocho
				  meses, y esta cuenta hac&#x00ED;amos por las lunas. En todo este tiempo nos ven&#x00ED;an de
				  muchas partes a buscar, y dec&#x00ED;an que verdaderamente nosotros &#x00E9;ramos hijos del
				  Sol. Dorantes y el negro hasta all&#x00ED; no hab&#x00ED;an curado; mas por la mucha
				  importunidad que ten&#x00ED;amos, vini&#x00E9;ndonos de muchas partes a buscar, venimos todos
				  a ser m&#x00E9;dicos, aunque en atrevimiento y osar acometer cualquier cura era yo m&#x00E1;s
				  se&#x00F1;alado entre ellos, y ninguno jam&#x00E1;s curamos que no nos dijese que quedaba
				  sano. Y tanta confianza ten&#x00ED;an que hab&#x00ED;an de sanar si nosotros los cur&#x00E1;semos,
				  que cre&#x00ED;an que en tanto que all&#x00ED; nosotros estuvi&#x00E9;semos ninguno hab&#x00ED;a de morir.
				  Estos y los de m&#x00E1;s atr&#x00E1;s nos contaron una cosa muy extra&#x00F1;a, y por la cuenta que
				  nos figuraron parec&#x00ED;a que hab&#x00ED;a quince o diez y seis a&#x00F1;os que hab&#x00ED;a acontecido,
				  que dec&#x00ED;an que por aquella tierra anduvo un hombre, que ellos llaman Mala Cosa,
				  y que era peque&#x00F1;o de cuerpo, y que ten&#x00ED;a barbas, aunque nunca claramente le
				  pudieron ver el rostro, y que cuando ven&#x00ED;a a la casa donde estaban se les
				  levantaban los cabellos y temblaban, y luego parec&#x00ED;a a la puerta de la casa un
				  tiz&#x00F3;n ardiendo. Y luego, aquel hombre entraba y tomaba al que quer&#x00ED;a de ellos,
				  y d&#x00E1;bales tres cuchilladas grandes por las ijadas con un pedernal muy agudo,
				  tan ancho como una mano y dos palmos en luengo, y met&#x00ED;a la mano por aquellas
				  cuchilladas y sac&#x00E1;bales las tripas; y que cortaba de una tripa poco m&#x00E1;s o menos
				  de un palmo, y aquello que cortaba echaba en las brasas; y luego le daba tres
				  cuchilladas en un brazo, y la segunda daba por la sangradura y
				  desconcert&#x00E1;baselo, y dende a poco se lo tornaba a concertar y pon&#x00ED;ale las manos
				  sobre las heridas, y dec&#x00ED;annos que luego quedaban sanos, y que muchas veces
				  cuando bailaban aparec&#x00ED;a entre ellos, en h&#x00E1;bito de mujer unas veces, y otras
				  como hombre; y cuando &#x00E9;l quer&#x00ED;a, tomaba el buh&#x00ED;o o casa y sub&#x00ED;ala en alto, y
				  dende a poco ca&#x00ED;a con ella y daba muy gran golpe. Tambi&#x00E9;n nos contaron que
				  muchas veces le dieron de comer y que nunca jam&#x00E1;s comi&#x00F3;; y que le preguntaban
				  d&#x00F3;nde ven&#x00ED;a y a qu&#x00E9; parte ten&#x00ED;a su casa, y que les mostr&#x00F3; una hendidura de la
				  tierra, y dijo que su casa era all&#x00E1; debajo. De estas cosas que ellos nos
				  dec&#x00ED;an, nosotros nos re&#x00ED;amos mucho, burlando de ellas; y como ellos vieron que
				  no lo cre&#x00ED;amos, trajeron muchos de aqu&#x00E9;llos que dec&#x00ED;an que &#x00E9;l hab&#x00ED;a tomado, y
				  vimos las se&#x00F1;ales de las cuchilladas que &#x00E9;l hab&#x00ED;a dado en los lugares en la
				  manera que ellos contaban. Nosotros les dijimos que aqu&#x00E9;l era un malo, y de la
				  mejor manera que pudimos les d&#x00E1;bamos a entender que si ellos creyesen en Dios
				  nuestro Se&#x00F1;or y fuesen cristianos como nosotros, no tendr&#x00ED;an miedo de aquel, ni
				  &#x00E9;l osar&#x00ED;a venir a hacerles aquellas cosas; y que tuviesen por cierto que en
				  tanto que nosotros en la tierra estuvi&#x00E9;semos &#x00E9;l no osar&#x00ED;a parecer en ella. De
				  esto se holgaron ellos mucho y perdieron mucha parte del temor que ten&#x00ED;an.
				  Estos indios nos dijeron que hab&#x00ED;an visto al asturiano y a Figueroa con otros,
				  que adelante en la costa estaban, a quien nosotros llam&#x00E1;bamos de los higos.
				  Toda esta gente no conoc&#x00ED;a los tiempos por el Sol ni la Luna, ni tienen cuenta
				  del mes del a&#x00F1;o, y m&#x00E1;s entienden y saben las diferencias de los tiempos cuando
				  las frutas vienen a madurar, y en tiempo que muere el pescado y el aparecer de
				  las estrellas, en que son muy diestros y ejercitados. Con estos siempre fuimos
				  bien tratados, aunque lo que hab&#x00ED;amos de comer lo cav&#x00E1;bamos, y tra&#x00ED;amos
				  nuestras cargas de agua y le&#x00F1;a. Sus casas y mantenimientos son como las de los
				  pasados, aunque tienen muy mayor hambre, porque no alcanzan ma&#x00ED;z ni bellotas ni
				  nueces. Anduvimos siempre en cueros como ellos, y de noche nos cubr&#x00ED;amos con
				  cueros de venado. De ocho meses que con ellos estuvimos, los seis padecimos
				  mucha hambre, que tampoco alcanzan pescado. Y al cabo de este tiempo ya las
				  tunas comenzaban a madurar, y sin que de ellos fu&#x00E9;semos sentidos nos fuimos a
				  otros que adelante estaban, llamados maliacones; &#x00E9;stos estaban una jornada de
				  all&#x00ED;, donde yo y el negro llegamos. A cabo de los tres d&#x00ED;as envi&#x00E9; que trajese a
				  Castillo y a Dorantes; y venidos, nos partimos todos juntos con los indios, que
				  iban a comer una frutilla de unos &#x00E1;rboles, de que se mantienen diez o doce
				  d&#x00ED;as, entretanto que las tunas vienen. Y all&#x00ED; se juntaron con estos otros
				  indios que se llamaban arbadaos, y a &#x00E9;stos hallamos muy enfermos y flacos e
				  hinchados; tanto que nos maravillamos mucho, y los indios con quien hab&#x00ED;amos
				  venido se vinieron por el mismo camino. Y nosotros les dijimos que nos
				  quer&#x00ED;amos quedar con aqu&#x00E9;llos, de que ellos mostraron pesar; y as&#x00ED;, nos
				  quedamos en el campo con aqu&#x00E9;llos, cerca de aquellas casas, y cuando ellos nos
				  vieron, junt&#x00E1;ronse despu&#x00E9;s de haber hablado entre s&#x00ED;, y cada uno de ellos tom&#x00F3;
				  el suyo por la mano y nos llevaron a sus casas. Con &#x00E9;stos padecimos m&#x00E1;s hambre
				  que con los otros, porque en todo el d&#x00ED;a no com&#x00ED;amos m&#x00E1;s de dos pu&#x00F1;os de
				  aquella fruta, la cual estaba verde; ten&#x00ED;a tanta leche, que nos quemaba las
				  bocas; y con tener falta de agua, daba mucha sed a quien la com&#x00ED;a. Y como la
				  hambre fuese tanta, nosotros compr&#x00E1;mosles dos perros y a trueco de ellos les
				  dimos unas redes y otras cosas, y un cuero con que yo me cubr&#x00ED;a. Ya he dicho
				  c&#x00F3;mo por toda esta tierra anduvimos desnudos; y como no est&#x00E1;bamos acostumbrados
				  a ello, a manera de serpientes mud&#x00E1;bamos los cueros dos veces en el a&#x00F1;o, y con
				  el sol y el aire hac&#x00ED;ansenos en los pechos y en las espaldas unos empeines muy
				  grandes, de que recib&#x00ED;amos muy gran pena por raz&#x00F3;n de las muy grandes cargas
				  que tra&#x00ED;amos, que eran muy pesadas; y hac&#x00ED;an que las cuerdas se nos met&#x00ED;an por
				  los brazos. La tierra es tan &#x00E1;spera y tan cerrada, que muchas veces hac&#x00ED;amos
				  le&#x00F1;a en montes, que cuando la acab&#x00E1;bamos de sacar nos corr&#x00ED;a por muchas partes
				  sangre, de las espinas y matas con que top&#x00E1;bamos, que nos romp&#x00ED;an por donde
				  alcanzaban. A las veces aconteci&#x00F3; hacer le&#x00F1;a donde, despu&#x00E9;s de haberme costado
				  mucha sangre, no la pod&#x00ED;a sacar ni a cuestas ni arrastrando. No ten&#x00ED;a, cuando
				  en estos trabajos me ve&#x00ED;a, otro remedio ni consuelo sino pensar en la pasi&#x00F3;n de
				  nuestro redentor Jesucristo y en la sangre que por m&#x00ED; derram&#x00F3;, y considerar
				  cu&#x00E1;nto m&#x00E1;s ser&#x00ED;a el tormento que de las espinas &#x00E9;l padeci&#x00F3; que no aqu&#x00E9;l que yo
				  sufr&#x00ED;a. Contrataba con estos indios haci&#x00E9;ndoles peines, y con arcos y con
				  flechas y con redes hac&#x00ED;amos esteras, que son cosas de que ellos tienen mucha
				  necesidad; y aunque lo saben hacer, no quieren ocuparse en nada, por buscar
				  entretanto qu&#x00E9; comer, y cuando entienden en esto pasan muy gran hambre. Otras
				  veces me mandaban raer cueros y ablandarlos. Y la mayor prosperidad en que yo
				  all&#x00ED; me vi era el d&#x00ED;a que me daban a raer alguno, porque yo lo ra&#x00ED;a mucho y
				  com&#x00ED;a de aquellas raeduras, y aquello me bastaba para dos o tres d&#x00ED;as. Tambi&#x00E9;n
				  nos aconteci&#x00F3; con estos y con los que atr&#x00E1;s hemos dejado, darnos un pedazo de
				  carne y com&#x00E9;rnoslo as&#x00ED; crudo, porque si lo pusi&#x00E9;ramos a asar, el primer indio
				  que llegaba se lo llevaba y com&#x00ED;a. Parec&#x00ED;anos que no era bien ponerla en esta
				  ventura y tambi&#x00E9;n nosotros no est&#x00E1;bamos tales, que nos d&#x00E1;bamos pena comerlo
				  asado, y no lo pod&#x00ED;amos tan bien pasar como crudo. Esta es la vida que all&#x00ED;
				  tuvimos, y aquel poco sustentamiento lo gan&#x00E1;bamos con los rescates que por
				  nuestras manos hicimos. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo nos partimos despu&#x00E9;s de haber comido los
				  perros</head>
				<p n="36">Despu&#x00E9;s que comimos los perros, pareci&#x00E9;ndonos que
				  ten&#x00ED;amos alg&#x00FA;n esfuerzo para poder ir adelante, encomend&#x00E1;monos a Dios nuestro
				  Se&#x00F1;or para que nos guiase, nos despedimos de aquellos indios, y ellos nos
				  encaminaron a otros de su lengua que estaban cerca de all&#x00ED;. E yendo por nuestro
				  camino llovi&#x00F3;, y todo aquel d&#x00ED;a anduvimos con agua, y allende de esto, perdimos
				  el camino y fuimos a parar a un monte muy grande, y cogimos muchas hojas de
				  tunas y as&#x00E1;moslas aquella noche en un horno que hicimos, y d&#x00ED;mosles tanto
				  fuego, que a la ma&#x00F1;ana estaban para comer. Y despu&#x00E9;s de haberlas comido
				  encomend&#x00E1;monos a Dios y part&#x00ED;monos, y hallamos el camino que perdido hab&#x00ED;amos.
				  Y pasado el monte, hallamos otras casas de indios; y llegados all&#x00E1;, vimos dos
				  mujeres y muchachos, que se espantaron, que andaban por el monte, y en vernos
				  huyeron de nosotros y fueron a llamar a los indios que andaban por el monte. Y
				  venidos, par&#x00E1;ronse a mirarnos detr&#x00E1;s de unos &#x00E1;rboles, y llam&#x00E1;mosles y
				  alleg&#x00E1;ronse con mucho temor; y despu&#x00E9;s de haberlos hablado, nos dijeron que
				  ten&#x00ED;an mucha hambre, y que cerca de all&#x00ED; estaban muchas casas de ellos propios,
				  y dijeron que nos llevar&#x00ED;an a ellas. Y aquella noche llegamos adonde hab&#x00ED;a
				  cincuenta casas, y se espantaban de vernos y mostraban mucho temor; y despu&#x00E9;s
				  que estuvieron algo sosegados de nosotros, alleg&#x00E1;bannos con las manos al rostro
				  y al cuerpo, y despu&#x00E9;s tra&#x00ED;an ellos sus mismas manos por su caras y sus
				  cuerpos, y as&#x00ED; estuvimos aquella noche; y venida la ma&#x00F1;ana, traj&#x00E9;ronnos los
				  enfermos que ten&#x00ED;an rog&#x00E1;ndonos que los santigu&#x00E1;semos, y nos dieron de lo que
				  ten&#x00ED;an para comer, que eran hojas de tunas y tunas verdes asadas. Y por el buen
				  tratamiento que nos hac&#x00ED;an, y porque aquello que ten&#x00ED;an nos lo daban de buena
				  gana y voluntad, y holgaban de quedar sin comer por d&#x00E1;rnoslo, estuvimos con
				  ellos algunos d&#x00ED;as. Y estando all&#x00ED;, vinieron otros de m&#x00E1;s adelante. Cuando se
				  quisieron partir dijimos a los primeros que nos quer&#x00ED;amos ir con aqu&#x00E9;llos. A
				  ellos les pes&#x00F3; mucho, y rog&#x00E1;ronnos muy ahincadamente que no nos fu&#x00E9;semos, y al
				  fin nos despedimos de ellos, y los dejamos llorando por nuestra partida, porque
				  les pesaba mucho en gran manera.</p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXIV</head>
				<head type="sub" rend="bold">De las costumbres de los indios de aquella
				  tierra</head>
				<p n="37">Desde la isla de Mal Hado, todos los indios que a esta
				  tierra vimos tienen por costumbre desde el d&#x00ED;a que sus mujeres se sienten
				  pre&#x00F1;adas no dormir juntos hasta que pasen dos a&#x00F1;os que han criado los hijos,
				  los cuales maman hasta que son de edad de doce a&#x00F1;os; que ya entonces est&#x00E1;n en
				  edad que por s&#x00ED; saben buscar de comer. Pregunt&#x00E1;mosles que por qu&#x00E9; los criaban
				  as&#x00ED;, y dec&#x00ED;an que por la mucha hambre que en la tierra hab&#x00ED;a, que acontec&#x00ED;a
				  muchas veces, como nosotros ve&#x00ED;amos, estar dos o tres d&#x00ED;as sin comer, y a las
				  veces cuatro; y por esta causa los dejaban mamar, porque en los tiempos de
				  hambre no muriesen; y ya que algunos escapasen, saldr&#x00ED;an muy delicados y de
				  pocas fuerzas. Y si acaso acontece caer enfermos algunos, d&#x00E9;janlos morir en
				  aquellos campos si no es hijo, y todos los dem&#x00E1;s si no pueden ir con ellos se
				  quedan; mas para llevar un hijo o hermano, se cargan y lo llevan a cuestas.
				  Todos &#x00E9;stos acostumbran dejar sus mujeres cuando entre ellos no hay
				  conformidad, y se tornan a casar con quien quieren. Esto es entre los mancebos,
				  mas los que tienen hijos permanecen con sus mujeres y no las dejan, y cuando en
				  algunos pueblos ri&#x00F1;en y traban cuestiones unos con otros, apu&#x00F1;&#x00E9;anse y apal&#x00E9;anse
				  hasta que est&#x00E1;n muy cansados, y entonces se desparten. Algunas veces los
				  desparten mujeres, entrando entre ellos, que hombres no entran a despartirlos;
				  y por ninguna pasi&#x00F3;n que tengan no meten en ella arcos ni flechas. Y desde que
				  se han apu&#x00F1;eado y pasado su cuesti&#x00F3;n, toman sus casas y mujeres, y vanse a
				  vivir por los campos y apartados de los otros, hasta que se les pasa el enojo.
				  Y cuando ya est&#x00E1;n desenojados y sin ira, t&#x00F3;rnanse a su pueblo, y de ah&#x00ED;
				  adelante son amigos como si ninguna cosa hubiera pasado entre ellos, ni es
				  menester que nadie haga las amistades, porque de esta manera se hacen. Y si los
				  que ri&#x00F1;en no son casados, vanse a otros sus vecinos, y aunque sean sus
				  enemigos, los reciben bien y se huelgan mucho con ellos, y les dan de lo que
				  tienen; de suerte que, cuando es pasado el enojo, vuelven a su pueblo y vienen
				  ricos. Toda es gente de guerra y tienen tanta astucia para guardarse de sus
				  enemigos como tendr&#x00ED;an si fuesen criados en Italia y en continua guerra. Cuando
				  est&#x00E1;n en parte que sus enemigos los pueden ofender, asientan sus casas a la
				  orilla del monte m&#x00E1;s &#x00E1;spero y de mayor espesura que por all&#x00ED; hallan, y junto a
				  &#x00E9;l hacen un foso, y en &#x00E9;ste duermen. Toda la gente de guerra est&#x00E1; cubierta con
				  le&#x00F1;a menuda, y hacen sus saeteras, y est&#x00E1;n tan cubiertos y disimulados, que
				  aunque est&#x00E9;n cabe ellos no los ven, y hacen un camino muy angosto y entra hasta
				  en medio del monte, y all&#x00ED; hacen lugar para que duerman las mujeres y ni&#x00F1;os, y
				  cuando viene la noche encienden lumbres en sus casas para que si hubiere esp&#x00ED;as
				  crean que est&#x00E1;n en ellas, y antes del alba tornan a encender los mismos fuegos;
				  y si acaso los enemigos vienen a dar en las mismas casas, los que est&#x00E1;n en el
				  foso salen a ellos y hacen desde las trincheras mucho da&#x00F1;o, sin que los de
				  fuera los vean ni los puedan hallar. Y cuando no hay montes en que ellos puedan
				  de esta manera esconderse y hacer sus celadas, asientan en llano en la parte
				  que mejor les parece y c&#x00E9;rcanse de trincheras cubiertas de le&#x00F1;a menuda y hacen
				  sus saeteras, con que flechan a los indios, y estos reparos hacen para de
				  noche. Estando yo con los de aguenes, no estando avisados, vinieron sus
				  enemigos a media noche y dieron en ellos y mataron tres e hirieron otros
				  muchos; de suerte que huyeron de sus casas por el monte adelante, y desde que
				  sintieron que los otros se hab&#x00ED;an ido, volvieron a ellas y recogieron todas las
				  flechas que los otros les hab&#x00ED;an echado, y lo m&#x00E1;s encubiertamente que pudieron
				  los siguieron, y estuvieron aquella noche sobre sus casas sin que fuesen
				  sentidos, y al cuarto del alba les acometieron y les mataron cinco, sin otros
				  muchos que fueron heridos, y les hicieron huir y dejar sus casas y arcos, con
				  toda su hacienda. Y de ah&#x00ED; a poco tiempo vinieron las mujeres de los que
				  llamaban quevenes, y entendieron entre ellos y los hicieron amigos, aunque
				  algunas veces ellas son principio de la guerra. Todas estas gentes, cuando
				  tienen enemistades particulares, cuando no son de una familia, se matan de
				  noche por asechanzas y usan unos con otros grandes crueldades. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXV </head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo los indios son prestos a un arma</head>
				<p n="38">&#x00C9;sta es la m&#x00E1;s presta gente para un arma de cuantas yo
				  he visto en el mundo, porque si se temen de sus enemigos, toda la noche est&#x00E1;n
				  despiertos con sus arcos a par de s&#x00ED; y una docena de flechas; el que duerme
				  tienta su arco, y si no lo halla en cuerda le da la vuelta que ha menester.
				  Salen muchas veces fuera de las casas bajados por el suelo, de arte que no
				  pueden ser vistos, y miran y atalayan por todas partes para sentir lo que hay;
				  y si algo sienten, en un punto son todos en el campo con sus arcos y sus
				  flechas, y as&#x00ED; est&#x00E1;n hasta el d&#x00ED;a, corriendo a unas partes y otras, donde ven
				  que es menester o piensan que pueden estar sus enemigos. Cuando viene el d&#x00ED;a
				  tornan a aflojar sus arcos hasta que salen a caza. Las cuerdas de los arcos son
				  nervios de venados. La manera que tienen de pelear es abajados por el suelo, y
				  mientras se flechan andan hablando y saltando siempre de un cabo para otro,
				  guard&#x00E1;ndose de las flechas de sus enemigos, tanto que en semejantes partes
				  pueden recibir muy poco da&#x00F1;o de ballestas y arcabuces. Antes los indios burlan
				  de ellos, porque estas armas no aprovechan para ellos en campos llanos, adonde
				  ellos andan sueltos; son buenas para estrechos y lugares de agua; en todo lo
				  dem&#x00E1;s, los caballos son los que han de sojuzgar y lo que los indios
				  universalmente temen. Quien contra ellos hubiere de pelear ha de estar muy
				  avisado que no le sientan flaqueza ni codicia de lo que tienen, y mientras
				  durare la guerra hanlos de tratar muy mal; porque si temor les conocen o alguna
				  codicia, ella es gente que saben conocer tiempos en que vengarse y toman
				  esfuerzo del temor de los contrarios. Cuando se han flechado en la guerra y
				  gastado su munici&#x00F3;n, vu&#x00E9;lvense cada uno su camino sin que los unos sean muchos
				  y los otros pocos, y &#x00E9;sta es costumbre suya. Muchas veces se pasan de parte a
				  parte con las flechas y no mueren de las heridas si no toca en las tripas o en
				  el coraz&#x00F3;n; antes sanan presto. Ven y oyen m&#x00E1;s y tienen m&#x00E1;s agudo sentido que
				  cuantos hombres yo creo hay en el mundo. Son grandes sufridores de hambre y sed
				  y de fr&#x00ED;o, como aquellos que est&#x00E1;n m&#x00E1;s acostumbrados y hechos a ello que otros.
				  Esto he querido contar porque allende que todos los hombres desean saber las
				  costumbres y ejercicios de los otros, los que algunas veces se vinieren a ver
				  con ellos est&#x00E9;n avisados de sus costumbres y ardides, que suelen no poco
				  aprovechar en semejantes casos. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXVI </head>
				<head type="sub" rend="bold">De las naciones y lenguas</head>
				<p n="39">Tambi&#x00E9;n quiero contar sus naciones y lenguas, que desde
				  la isla de Mal Hado hasta los &#x00FA;ltimos hay. En la isla de Mal Hado hay dos
				  lenguas: a los unos llaman de Caoques y a los otros llaman de Han. En la Tierra
				  Firme, enfrente de la isla, hay otros que se llaman de Chorruco, y toman el
				  nombre de los montes donde viven. </p>
				<p n="40">Adelante, en la costa del mar, habitan otros que se
				  llaman Doguenes, y enfrente de ellos otros que tienen por nombre los de
				  Mendica. M&#x00E1;s adelante, en la costa, est&#x00E1;n los quevenes, y enfrente de ellos,
				  dentro de la Tierra Firme, los mariames; y yendo por la costa adelante, est&#x00E1;n
				  otros que se llaman guaycones, y enfrente de &#x00E9;stos, dentro en la Tierra Firme,
				  los iguaces. Cabo de &#x00E9;stos est&#x00E1;n otros que se llaman atayos, y detr&#x00E1;s de &#x00E9;stos,
				  otros, acubadaos, y de &#x00E9;stos hay muchos por esta vereda adelante. En la costa
				  viven otros llamados quitoles, y enfrente de &#x00E9;stos, dentro en la Tierra Firme,
				  los avavares. Con &#x00E9;stos se juntan los maliacones, y otros cutalchiches, y otros
				  que se llaman susolas, y otros que se llaman comos, y adelante en la costa
				  est&#x00E1;n los camoles, y en la misma costa adelante, otros a quien nosotros
				  llamamos los de los higos. Todas estas gentes tienen habitaciones y pueblos y
				  lenguas diversas. Entre &#x00E9;stos hay una lengua en que llaman a los hombres por
				  mira ac&#x00E1;; arre ac&#x00E1;; a los perros, xo; en toda la tierra se emborrachan con un
				  humo, y dan cuanto tienen por &#x00E9;l. Beben tambi&#x00E9;n otra cosa que sacan de las
				  hojas de los &#x00E1;rboles, como de encina, y tu&#x00E9;stanla en unos botes al fuego, y
				  despu&#x00E9;s que la tienen tostada hinchan el bote de agua, y as&#x00ED; lo tienen sobre el
				  fuego, y cuando ha hervido dos veces, &#x00E9;chanlo en una vasija y est&#x00E1;n enfri&#x00E1;ndola
				  con media calabaza, y cuando est&#x00E1; con mucha espuma b&#x00E9;benla tan caliente cuanto
				  pueden sufrir, y desde que la sacan del bote hasta que la beben est&#x00E1;n dando
				  voces, diciendo que &#x00BF;qui&#x00E9;n quiere beber? Y cuando las mujeres oyen estas voces,
				  luego se paran sin osarse mudar, y aunque est&#x00E9;n mucho cargadas, no osan hacer
				  otra cosa, y si acaso alguna de ellas se mueve, la deshonran y la dan de palos,
				  y con muy gran enojo derraman el agua que tienen para beber, y la que han
				  bebido la tornan a lanzar, lo cual ellos hacen muy ligeramente y sin pena
				  alguna. La raz&#x00F3;n de la costumbre dan ellos, y dicen que si cuando ellos quieren
				  beber aquella agua las mujeres se mueven de donde les toma la voz, que en
				  aquella agua se les mete en el cuerpo una cosa mala y que dende a poco les hace
				  morir, y todo el tiempo que el agua est&#x00E1; cociendo ha de estar el bote tapado, y
				  si acaso est&#x00E1; destapado y alguna mujer pasa, lo derraman y no beben m&#x00E1;s de
				  aquella agua; es amarilla y est&#x00E1;n bebi&#x00E9;ndola tres d&#x00ED;as sin comer, y cada d&#x00ED;a
				  bebe cada uno una arroba y media de ella, y cuando las mujeres est&#x00E1;n en su
				  costumbre no buscan de comer m&#x00E1;s de para s&#x00ED; solas, porque ninguna otra persona
				  come de lo que ellas traen. En el tiempo que as&#x00ED; estaba, entre &#x00E9;stos vi una
				  diablura, y es que vi un hombre casado con otro, y &#x00E9;stos son unos hombres
				  amarionados, impotentes, y andan tapados como mujeres y hacen oficio de
				  mujeres, y tiran arco y llevan muy gran carga, y entre &#x00E9;stos vimos muchos de
				  ellos as&#x00ED; amarionados como digo, y son m&#x00E1;s membrudos que los otros hombres y
				  m&#x00E1;s altos; sufren muy grandes cargas. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXVII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo nos mudamos y fuimos bien
				  recibidos</head>
				<p n="41">Despu&#x00E9;s que nos partimos de los que dejamos llorando,
				  fu&#x00ED;monos con los otros a sus casas, y de los que en ellas estaban fuimos bien
				  recibidos y trajeron sus hijos para que les toc&#x00E1;semos las manos, y d&#x00E1;bannos
				  mucha harina de mezquiquez. Este mezquiquez es una fruta que cuando est&#x00E1; en el
				  &#x00E1;rbol es muy amarga, y es de la manera de algarrobas, y c&#x00F3;mese con tierra, y
				  con ella est&#x00E1; dulce y bueno de comer. La manera que tienen con ella es &#x00E9;sta:
				  que hacen un hoyo en el suelo, de la hondura que cada uno quiere, y despu&#x00E9;s de
				  echada la fruta en este hoyo, con un palo tan gordo como la pierna y de braza y
				  media en largo, la muelen hasta muy molida; y dem&#x00E1;s que se le pega de la tierra
				  del hoyo, traen otros pu&#x00F1;os y &#x00E9;chanla en el hoyo y tornan otro rato a moler, y
				  despu&#x00E9;s &#x00E9;chanla en una vasija de madera de una espuerta, y &#x00E9;chanle tanta agua
				  que basta a cubrirla, de suerte que quede agua por cima, y el que la ha molido
				  pru&#x00E9;bala, y si le parece que no est&#x00E1; dulce, pide tierra y revu&#x00E9;lvela con ella,
				  y esto hace hasta que la halla dulce, y si&#x00E9;ntanse todos alrededor y cada uno
				  mete la mano y saca lo que puede, y las pepitas de ellas tornan a echar en
				  aquella espuerta, y echa agua como de primero, y tornan a exprimir el zumo y
				  agua que de ello sale, y las pepitas y c&#x00E1;scaras tornan a poner en el cuero y de
				  esta manera hacen tres o cuatro veces cada moledura. Y los que en este
				  banquete, que para ellos es muy grande, se hallan, quedan las barrigas muy
				  grandes, de la tierra y agua que han bebido; y de esto nos hicieron los indios
				  muy gran fiesta, y hubo entre ellos muy grandes bailes y areitos en tanto que
				  all&#x00ED; estuvimos. Y cuando de noche dorm&#x00ED;amos, a la puerta del rancho donde
				  est&#x00E1;bamos nos velaban a cada uno de nosotros seis hombres con gran cuidado, sin
				  que nadie nos osase entrar dentro hasta que el sol era salido. Cuando nosotros
				  nos quisimos partir de ellos, llegaron all&#x00ED; unas mujeres de otros que viv&#x00ED;an
				  adelante; e informados de ellas d&#x00F3;nde estaban aquellas casas, nos partimos para
				  all&#x00E1;, aunque ellos nos rogaron mucho que por aquel d&#x00ED;a nos detuvi&#x00E9;semos, porque
				  las casas adonde &#x00ED;bamos estaban lejos, y no hab&#x00ED;a camino para ellas, y que
				  aquellas mujeres ven&#x00ED;an cansadas, y descansando, otro d&#x00ED;a se ir&#x00ED;an con nosotros
				  y nos guiar&#x00ED;an, y as&#x00ED; nos despedimos. Y dende a poco las mujeres que hab&#x00ED;an
				  venido con otras del mismo pueblo, se fueron tras nosotros; mas como por la
				  tierra no hab&#x00ED;a caminos, luego nos perdimos, y as&#x00ED; anduvimos cuatro leguas, y
				  al cabo de ellas llegamos a beber a un agua adonde hallamos las mujeres que nos
				  segu&#x00ED;an, y nos dijeron el trabajo que hab&#x00ED;an pasado por alcanzarnos. Partimos
				  de all&#x00ED; llev&#x00E1;ndolas por gu&#x00ED;a, y pasamos un r&#x00ED;o cuando ya vino la tarde que nos
				  daba el agua a los pechos; ser&#x00ED;a tan ancho como el de Sevilla, y corr&#x00ED;a muy
				  mucho, y a puesta de sol llegamos a cien casas de indios; y antes que
				  lleg&#x00E1;semos sali&#x00F3; toda la gente que en ellas hab&#x00ED;a a recibirnos con tanta grita
				  que era espanto, y dando en los muslos grandes palmadas; tra&#x00ED;an las calabazas
				  horadadas, con piedras dentro, que es la cosa de mayor fiesta, y no las sacan
				  sino a bailar o para curar, ni las osa nadie tomar sino ellos; y dicen que
				  aquellas calabazas tienen virtud y que vienen del cielo, porque por aquella
				  tierra no las hay, ni saben d&#x00F3;nde las haya, sino que las traen los r&#x00ED;os cuando
				  vienen de avenida. Era tanto el miedo y turbaci&#x00F3;n que &#x00E9;stos ten&#x00ED;an, que por
				  llegar m&#x00E1;s prestos los unos que los otros a tocarnos, nos apretaron tanto que
				  por poco nos hubieran de matar; y sin dejarnos poner los pies en el suelo nos
				  llevaron a sus casas, y tantos cargaban sobre nosotros y de tal manera nos
				  apretaban, que nos metimos en las casas que nos ten&#x00ED;an hechas, y nosotros no
				  consentimos en ninguna manera que aquella noche hiciesen m&#x00E1;s fiesta con
				  nosotros. Toda aquella noche pasaron entre s&#x00ED; en areitos y bailes, y otro d&#x00ED;a
				  de ma&#x00F1;ana nos trajeron toda la gente de aquel pueblo para que los toc&#x00E1;semos y
				  santigu&#x00E1;semos, como hab&#x00ED;amos hecho a los otros con quien hab&#x00ED;amos estado. Y
				  despu&#x00E9;s de esto hecho, dieron muchas flechas a las mujeres del otro pueblo que
				  hab&#x00ED;an venido con las suyas. Otro d&#x00ED;a partimos de all&#x00ED; y toda la gente del
				  pueblo fue con nosotros, y como llegamos a otros indios, fuimos bien recibidos,
				  como de los pasados; y as&#x00ED; nos dieron de lo que ten&#x00ED;an y los venados que aquel
				  d&#x00ED;a hab&#x00ED;an muerto. Y entre &#x00E9;stos vimos una nueva costumbre, y es que los que
				  ven&#x00ED;an a curarse, los que con nosotros estaban les tomaban el arco y las
				  flechas; y zapatos y cuentas, si las tra&#x00ED;an; y despu&#x00E9;s de haberlas tomado nos
				  las tra&#x00ED;an delante de nosotros para que los cur&#x00E1;semos; y curados se iban muy
				  contentos, diciendo que estaban sanos. As&#x00ED; nos partimos de aqu&#x00E9;llos y nos
				  fuimos a otros de quien fuimos muy bien recibidos, y nos trajeron sus enfermos,
				  que santigu&#x00E1;ndolos dec&#x00ED;an que estaban sanos; y el que no sanaba cre&#x00ED;a que
				  pod&#x00ED;amos sanarle, y con lo que los otros que cur&#x00E1;bamos les dec&#x00ED;an, hac&#x00ED;an
				  tantas alegr&#x00ED;as y bailes que no nos dejaban dormir. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXVIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De otra nueva costumbre</head>
				<p n="42">Partidos de &#x00E9;stos, fuimos a otras muchas casas, y desde
				  aqu&#x00ED; comenz&#x00F3; otra nueva costumbre, y es que, recibi&#x00E9;ndonos muy bien, que los
				  que iban con nosotros los comenzaron a hacer tanto mal, que les tomaban las
				  haciendas y les saqueaban las casas, sin que otra cosa ninguna les dejasen. De
				  esto nos pes&#x00F3; mucho, por ver el mal tratamiento que a aqu&#x00E9;llos que tan bien
				  nos recib&#x00ED;an se hac&#x00ED;a, y tambi&#x00E9;n porque tem&#x00ED;amos que aquello ser&#x00ED;a o causar&#x00ED;a
				  alguna alteraci&#x00F3;n o esc&#x00E1;ndalo entre ellos; mas como no &#x00E9;ramos parte para
				  remediarlo, ni para osar castigar los que esto hac&#x00ED;an y hubimos por entonces de
				  sufrir, hasta que m&#x00E1;s autoridad entre ellos tuvi&#x00E9;semos; y tambi&#x00E9;n los indios
				  mismos que perd&#x00ED;an la hacienda, conociendo nuestra tristeza, nos consolaron,
				  diciendo que de aquello no recibi&#x00E9;semos pena; que ellos estaban tan contentos
				  de habernos visto, que daban por bien empleadas sus haciendas, y que adelante
				  ser&#x00ED;an pagados de otros que estaban muy ricos. Por todo este camino ten&#x00ED;amos
				  muy gran trabajo, por la mucha gente que nos segu&#x00ED;a, y no pod&#x00ED;amos huir de
				  ella, aunque lo procur&#x00E1;bamos, porque era muy grande la prisa que ten&#x00ED;an por
				  llegar a tocarnos; y era tanta la importunidad de ellos sobre esto, que pasaban
				  tres horas que no pod&#x00ED;amos acabar con ellos que nos dejasen. Otro d&#x00ED;a nos
				  trajeron toda la gente del pueblo, y la mayor parte de ellos son tuertos de
				  nubes, y otros de ellos son ciegos de ellas mismas, de que est&#x00E1;bamos
				  espantados. Son muy bien dispuestos y de muy buenos gestos, m&#x00E1;s blancos que
				  otros ningunos de cuantos hasta all&#x00ED; hab&#x00ED;amos visto. Aqu&#x00ED; empezamos a ver
				  sierras, y parec&#x00ED;a que ven&#x00ED;an seguidas de hacia el mar del Norte; y as&#x00ED;, por la
				  relaci&#x00F3;n que los indios de esto nos dieron, creemos que est&#x00E1;n quince leguas de
				  la mar. De aqu&#x00ED; nos partimos con estos indios hacia estas sierras que decimos,
				  y llev&#x00E1;ronnos por donde estaban unos parientes suyos, porque ellos no nos
				  quer&#x00ED;an llevar sino por donde habitaban sus parientes, y no quer&#x00ED;an que sus
				  enemigos alcanzasen tanto bien, como les parec&#x00ED;a que era vernos. Y cuando
				  fuimos llegados, los que con nosotros iban saquearon a los otros; y como sab&#x00ED;an
				  la costumbre, primero que lleg&#x00E1;semos escondieron algunas cosas; y despu&#x00E9;s que
				  nos hubieron recibido con mucha fiesta y alegr&#x00ED;a, sacaron lo que hab&#x00ED;an
				  escondido y vini&#x00E9;ronnoslo a presentar, y esto era cuentas y almagra y algunas
				  taleguillas de plata. Nosotros, seg&#x00FA;n la costumbre, d&#x00ED;moslo luego a los indios
				  que con nosotros ven&#x00ED;an, y cuando nos lo hubieron dado, comenzaron sus bailes y
				  fiestas, y enviaron a llamar otros de otro pueblo que estaba cerca de all&#x00ED;,
				  para que nos viniesen a ver, y a la tarde vinieron todos, y nos trajeron
				  cuentas y arcos, y otras cosillas, que tambi&#x00E9;n repartimos. Y otro d&#x00ED;a,
				  queri&#x00E9;ndonos partir, toda la gente nos quer&#x00ED;a llevar a otros amigos suyos que
				  estaban a la punta de las sierras, y dec&#x00ED;an que all&#x00ED; hab&#x00ED;a muchas casas y
				  gente, y que nos dar&#x00ED;an muchas cosas; mas por ser fuera de nuestro camino no
				  quisimos ir a ellos, y tomamos por lo llano cerca de las sierras, las cuales
				  cre&#x00ED;amos que no estaban lejos de la costa. Toda la gente de ella es muy mala, y
				  ten&#x00ED;amos por mejor de atravesar la tierra, porque la gente que est&#x00E1; metida
				  adentro es m&#x00E1;s bien acondicionada, y trat&#x00E1;bannos mejor, y ten&#x00ED;amos por cierto
				  que hallar&#x00ED;amos la tierra m&#x00E1;s poblada y de mejores mantenimientos. Lo &#x00FA;ltimo,
				  hac&#x00ED;amos esto porque, atravesando la tierra, ve&#x00ED;amos muchas particularidades de
				  ella; porque si Dios nuestro Se&#x00F1;or fuese servido de sacar alguno de nosotros,
				  y traerlo a tierra de cristianos, pudiese dar nuevas y relaci&#x00F3;n de ella. Y como
				  los indios vieron que est&#x00E1;bamos determinados de no ir por donde ellos nos
				  encaminaban, dij&#x00E9;ronnos que por donde nos quer&#x00ED;amos ir no hab&#x00ED;a gente, ni
				  tunas ni otra cosa alguna que comer, y rog&#x00E1;ronnos que estuvi&#x00E9;semos all&#x00ED; aquel
				  d&#x00ED;a, y as&#x00ED; lo hicimos. Luego ellos enviaron dos indios para que buscasen gente
				  por aquel camino que quer&#x00ED;amos ir; y otro d&#x00ED;a nos partimos, llevando con
				  nosotros muchos de ellos, y las mujeres iban cargadas de agua, y era tan
				  grande entre ellos nuestra autoridad, que ninguno osaba beber sin nuestra
				  licencia. Dos leguas de all&#x00ED; topamos los indios que hab&#x00ED;an ido a buscar la
				  gente, y dijeron que no la hallaban; de lo que los indios mostraron pesar, y
				  tom&#x00E1;ronnos a rogar que nos fu&#x00E9;semos por la sierra. No lo quisimos hacer, y
				  ellos, como vieron nuestra voluntad, aunque con mucha tristeza, se despidieron
				  de nosotros, y se volvieron el r&#x00ED;o abajo a sus casas, y nosotros caminamos por
				  el r&#x00ED;o arriba, y desde a un poco topamos dos mujeres cargadas, que como nos
				  vieron, pararon y descarg&#x00E1;ronse, y traj&#x00E9;ronnos de lo que llevaban, que era
				  harina de ma&#x00ED;z, y nos dijeron que adelante en aquel r&#x00ED;o hallar&#x00ED;amos casas y
				  muchas tunas y de aquella harina. Y as&#x00ED; nos despedimos de ellas, porque iban a
				  los otros donde hab&#x00ED;amos partido, y anduvimos hasta puesta de sol, y llegamos a
				  un pueblo de hasta veinte casas, adonde nos recibieron llorando y con grande
				  tristeza, porque sab&#x00ED;an ya que adonde quiera que lleg&#x00E1;bamos eran todos
				  saqueados y robados de los que nos acompa&#x00F1;aban, y como nos vieron solos,
				  perdieron el miedo, y di&#x00E9;ronnos tunas, y no otra cosa ninguna. Estuvimos all&#x00ED;
				  aquella noche, y al alba los indios que nos hab&#x00ED;an dejado el d&#x00ED;a pasado dieron
				  en sus casas, y como los tomaron descuidados y seguros, tom&#x00E1;ronles cuanto
				  ten&#x00ED;an, sin que tuviesen lugar donde esconder ninguna cosa; de que ellos
				  lloraron mucho; y los robadores, para consolarles, les dec&#x00ED;an que &#x00E9;ramos hijos
				  del sol, y que ten&#x00ED;amos poder para sanar los enfermos y para matarlos, y otras
				  mentiras a&#x00FA;n mayores que &#x00E9;stas, como ellos las saben mejor hacer cuando sienten
				  que les conviene. Y dij&#x00E9;ronles que nos llevasen con mucho acatamiento, y
				  tuviesen cuidado de no enojarnos en ninguna cosa, y que nos diesen todo cuanto
				  ten&#x00ED;an, y procurasen de llevarnos donde hab&#x00ED;a mucha gente, y que donde
				  lleg&#x00E1;semos robasen ellos y saqueasen lo que los otros ten&#x00ED;an, porque as&#x00ED; era
				  costumbre. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXIX</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo se robaban los unos a los otros</head>
				<p n="43">Despu&#x00E9;s de haberlos informado y se&#x00F1;alado bien lo que
				  hab&#x00ED;an de hacer, se volvieron, y nos dejaron con aqu&#x00E9;llos; los cuales, teniendo
				  en la memoria lo que los otros les hab&#x00ED;an dicho, nos comenzaron a tratar con
				  aquel mismo temor y reverencia que los otros, y fuimos con ellos tres jornadas,
				  y llev&#x00E1;ronnos adonde hab&#x00ED;a mucha gente. Y antes que lleg&#x00E1;semos a ellos avisaron
				  c&#x00F3;mo &#x00ED;bamos, y dijeron de nosotros todo lo que los otros les hab&#x00ED;an ense&#x00F1;ado, y
				  a&#x00F1;adieron mucho m&#x00E1;s, porque toda esta gente de indios son grandes amigos de
				  novelas y muy mentirosos, mayormente donde pretenden alg&#x00FA;n inter&#x00E9;s. Y cuando
				  llegamos cerca de las casas, sali&#x00F3; toda la gente a recibirnos con mucho placer
				  y fiesta, y entre otras cosas dos f&#x00ED;sicos de ellos nos dieron dos calabazas, y
				  de aqu&#x00ED; comenzamos a llevar calabazas con nosotros, y a&#x00F1;adimos a nuestra
				  autoridad esta ceremonia, que para con ellos es muy grande. Los que nos hab&#x00ED;an
				  acompa&#x00F1;ado saquearon las casas; mas, como eran muchas y ellos pocos, no
				  pudieron llevar todo cuanto tomaron, y m&#x00E1;s de la mitad dejaron perdido; y de
				  aqu&#x00ED; por la halda de la sierra nos fuimos metiendo por la tierra adentro m&#x00E1;s de
				  cincuenta leguas, y al cabo de ellas hallamos cuarenta casas, y entre otras
				  cosas que nos dieron, hubo Andr&#x00E9;s Dorantes un cascabel gordo, grande, de cobre,
				  y en &#x00E9;l figurado un rostro, y esto mostraban ellos, que lo ten&#x00ED;an en mucho, y
				  les dijeron que lo hab&#x00ED;an habido de otros sus vecinos; y pregunt&#x00E1;ndoles que
				  d&#x00F3;nde hab&#x00ED;an habido aquello, dij&#x00E9;ronle que lo hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do de hacia el norte,
				  y que all&#x00ED; hab&#x00ED;a mucho, y era tenido en gran estima; y entendimos que do quiera
				  que aquello hab&#x00ED;a venido, hab&#x00ED;a fundici&#x00F3;n y se labraba de vaciado, y con esto
				  nos partimos otro d&#x00ED;a, y atravesamos una sierra de siete leguas, y las piedras
				  de ella eran de escorias de hierro; y a la noche llegamos a muchas casas que
				  estaban asentadas a la ribera de un muy hermoso r&#x00ED;o, y los se&#x00F1;ores de ellas
				  salieron a medio camino a recibirnos con sus hijos a cuestas, y nos dieron
				  muchas taleguillas de margarita y de alcohol molido, con esto se untan ellos la
				  cara; y dieron muchas cuentas, y muchas mantas de vaca, y cargaron a todos los
				  que ven&#x00ED;an con nosotros de todo cuanto ellos ten&#x00ED;an. Com&#x00ED;an tunas y pi&#x00F1;ones;
				  hay por aquella tierra pinos chicos, y las pi&#x00F1;as de ellos son como huevos
				  peque&#x00F1;os, mas los pi&#x00F1;ones son mejores que los de Castilla, porque tienen las
				  c&#x00E1;scaras muy delgadas. Cuando est&#x00E1;n verdes, mu&#x00E9;lenlos y h&#x00E1;cenlos pellas, y as&#x00ED;
				  los comen; y si est&#x00E1;n secos los muelen con c&#x00E1;scaras, y los comen hechos polvos.
				  Y los que por all&#x00ED; nos recib&#x00ED;an, desde que nos hab&#x00ED;an tocado, volv&#x00ED;an corriendo
				  hasta sus casas, y luego daban vuelta a nosotros, y no cesaban de correr, yendo
				  y viniendo. De esta manera tra&#x00ED;amos muchas cosas para el camino. Aqu&#x00ED; me
				  trajeron un hombre, y me dijeron que hab&#x00ED;a mucho tiempo que le hab&#x00ED;an herido
				  con una flecha por la espalda derecha, y ten&#x00ED;a la punta de la flecha sobre el
				  coraz&#x00F3;n. Dec&#x00ED;a que le daba mucha pena, y que por aquella causa siempre estaba
				  enfermo. Yo lo toqu&#x00E9;, y sent&#x00ED; la punta de la flecha, y vi que la ten&#x00ED;a
				  atravesada por la ternilla, y con un cuchillo que ten&#x00ED;a le abr&#x00ED; el pecho hasta
				  aquel lugar, y vi que ten&#x00ED;a la punta atravesada, y estaba muy mala de sacar;
				  torn&#x00E9; a cortar m&#x00E1;s, y met&#x00ED; la punta del cuchillo, y con gran trabajo en fin la
				  saqu&#x00E9;. Era muy larga, y con un hueso de venado, usando de mi oficio de
				  medicina, le di dos puntos; y dados, se me desangraba, y con raspa de un cuero
				  le estanqu&#x00E9; la sangre; y cuando hube sacado la punta, pidi&#x00E9;ronmela, y yo se la
				  di, y el pueblo todo vino a verla, y la enviaron por la tierra adentro, para
				  que la viesen los que all&#x00E1; estaban, y por esto hicieron muchos bailes y
				  fiestas, como ellos suelen hacer. Y otro d&#x00ED;a le cort&#x00E9; los dos puntos al indio,
				  y estaba sano; y no parec&#x00ED;a la herida que le hab&#x00ED;a hecho sino como una raya de
				  la palma de la mano, y dijo que no sent&#x00ED;a dolor ni pena alguna; y esta cura nos
				  dio entre ellos tanto cr&#x00E9;dito por toda la tierra, cuanto ellos pod&#x00ED;an y sab&#x00ED;an
				  estimar y encarecer. Mostr&#x00E1;mosles aquel cascabel que tra&#x00ED;amos, y dij&#x00E9;ronnos que
				  en aquel lugar de donde aqu&#x00E9;l hab&#x00ED;a venido hab&#x00ED;a muchas planchas de aquellas
				  enterradas, y que aquello era cosa que ellos ten&#x00ED;an en mucho; y hab&#x00ED;a casas de
				  asiento, y esto creemos nosotros que es la mar del Sur, que siempre tuvimos
				  noticia que aquella mar es m&#x00E1;s rica que la del Norte. De estos nos partimos y
				  anduvimos por tantas suertes de gentes y de tan diversas lenguas, que no
				  basta memoria a poderlas contar, y siempre saqueaban los unos a los otros; y
				  as&#x00ED; los que perd&#x00ED;an como los que ganaban, quedaban muy contentos. Llev&#x00E1;bamos
				  tanta compa&#x00F1;&#x00ED;a, que en ninguna manera pod&#x00ED;amos valernos con ellos. Por aquellos
				  valles donde &#x00ED;bamos, cada uno de ellos llevaba un garrote tan largo como tres
				  palmos, y todos iban en ala; y en saliendo alguna liebre (que por all&#x00ED; hab&#x00ED;a
				  hartas), cerc&#x00E1;banla luego, y ca&#x00ED;an tantos garrotes sobre ella, que era cosa de
				  maravilla, y de esta manera la hac&#x00ED;an andar de unos para otros, que a mi ver
				  era la m&#x00E1;s hermosa caza que se pod&#x00ED;a pensar, porque muchas veces ellas se
				  ven&#x00ED;an hasta las manos. Y cuando a la noche par&#x00E1;bamos, eran tantas las que nos
				  hab&#x00ED;an dado, que tra&#x00ED;a cada uno de nosotros ocho o diez cargas de ellas; y los
				  que tra&#x00ED;an arcos no parec&#x00ED;an delante de nosotros, antes se apartaban por la
				  sierra a buscar venados; y a la noche cuando ven&#x00ED;an, tra&#x00ED;an para cada uno de
				  nosotros cinco o seis venados, y p&#x00E1;jaros y codornices, y otras cazas;
				  finalmente, todo cuanto aquella gente hallaban y mataban nos lo pon&#x00ED;an delante,
				  sin que ellos osasen tomar ninguna cosa, aunque muriesen de hambre; que as&#x00ED; lo
				  ten&#x00ED;an ya por costumbre despu&#x00E9;s que andaban con nosotros, y sin que primero lo
				  santigu&#x00E1;semos; y las mujeres tra&#x00ED;an muchas esteras, de que ellos nos hac&#x00ED;an
				  casas, para cada uno la suya aparte, y con toda su gente conocida; y cuando
				  esto era hecho, mand&#x00E1;bamos que asasen aquellos venados y liebres, y todo lo que
				  hab&#x00ED;an tomado, y esto tambi&#x00E9;n se hac&#x00ED;a muy presto en unos hornos que para esto
				  ellos hac&#x00ED;an; y de todo ello nosotros tom&#x00E1;bamos un poco, y lo otro d&#x00E1;bamos al
				  principal de la gente que con nosotros ven&#x00ED;a, mand&#x00E1;ndole que lo repartiese
				  entre todos. Cada uno con la parte que le cab&#x00ED;a ven&#x00ED;an a nosotros para que la
				  sopl&#x00E1;semos y santigu&#x00E1;semos, que de otra manera no osaran comer de ella; y
				  muchas veces tra&#x00ED;amos con nosotros tres o cuatro mil personas. Y era tan grande
				  nuestro trabajo, que a cada uno hab&#x00ED;amos de soplar y santiguar lo que hab&#x00ED;an de
				  comer y beber, y para otras muchas cosas que quer&#x00ED;an hacer nos ven&#x00ED;an a pedir
				  licencia, de que se puede ver qu&#x00E9; tanta importunidad recib&#x00ED;amos. Las mujeres
				  nos tra&#x00ED;an las tunas y ara&#x00F1;as y gusanos, y lo que pod&#x00ED;an haber; porque aunque
				  se muriesen de hambre, ninguna cosa hab&#x00ED;an de comer sin que nosotros la
				  di&#x00E9;semos. E yendo con &#x00E9;stos, pasamos un gran r&#x00ED;o, que ven&#x00ED;a del norte; y
				  pasados unos llanos de treinta leguas, hallamos mucha gente que lejos de all&#x00ED;
				  ven&#x00ED;an a recibirnos, y sal&#x00ED;an al camino por donde hab&#x00ED;amos de ir, y nos
				  recibieron de la manera de los pasados. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXX</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo se mud&#x00F3; la costumbre de recibirnos</head>
				<p n="44">Desde aqu&#x00ED; hubo otra manera de recibirnos, en cuanto
				  toca al saquearse, porque los que sal&#x00ED;an de los caminos a traernos alguna cosa
				  a los que con nosotros ven&#x00ED;an no los robaban; mas despu&#x00E9;s de entrados en sus
				  casas, ellos mismos nos ofrec&#x00ED;an cuanto ten&#x00ED;an, y las casas con ellos. Nosotros
				  las d&#x00E1;bamos a los principales, para que entre ellos las partiesen, y siempre
				  los que quedaban despojados nos segu&#x00ED;an, de donde crec&#x00ED;a mucha gente para
				  satisfacerse de su p&#x00E9;rdida; y dec&#x00ED;anles que se guardasen y no escondiesen cosa
				  alguna de cuantas ten&#x00ED;an, porque no pod&#x00ED;a ser sin que nosotros lo supi&#x00E9;semos, y
				  har&#x00ED;amos luego que todos muriesen, porque el sol nos lo dec&#x00ED;a. Tan grandes eran
				  los temores que les pon&#x00ED;an, que los primeros d&#x00ED;as que con nosotros estaban,
				  nunca estaban sino temblando y sin osar hablar ni alzar los ojos al cielo.
				  Estos nos guiaron por m&#x00E1;s de cincuenta leguas de despoblado de muy &#x00E1;speras
				  sierras, y por ser tan secas no hab&#x00ED;a caza en ellas, y por esto pasamos mucha
				  hambre, y al cabo de un r&#x00ED;o muy grande, que el agua nos daba hasta los pechos,
				  y desde aqu&#x00ED; nos comenz&#x00F3; mucha de la gente que tra&#x00ED;amos a adolecer de la mucha
				  hambre y trabajo que por aquellas sierras hab&#x00ED;an pasado, que por extremo eran
				  agras y trabajosas. Estos mismos nos llevaron a unos llanos al cabo de las
				  sierras, donde ven&#x00ED;an a recibirnos de muy lejos de all&#x00ED;, y nos recibieron como
				  los pasados, y dieron tanta hacienda a los que con nosotros ven&#x00ED;an, que por no
				  poderla llevar dejaron a la mitad, y dijimos a los indios que lo hab&#x00ED;an dado
				  que lo tornasen a tomar y lo llevasen, porque no quedase all&#x00ED; perdido; y
				  respondieron que en ninguna manera lo har&#x00ED;an, porque no era su costumbre,
				  despu&#x00E9;s de haber una vez ofrecido, tornarlo a tomar; y as&#x00ED;, no lo teniendo en
				  nada, lo dejaron todo perder. A &#x00E9;stos dijimos que quer&#x00ED;amos ir a la puesta de
				  sol, y ellos respondi&#x00E9;ronnos que por all&#x00ED; estaba la gente muy lejos, y nosotros
				  les mand&#x00E1;bamos que enviasen a hacerles saber c&#x00F3;mo nosotros &#x00ED;bamos all&#x00E1;, y de
				  esto cusaron lo mejor que ellos pod&#x00ED;an, porque ellos eran sus enemigos, y no
				  quer&#x00ED;an que fu&#x00E9;semos a ellos; mas no osaron hacer otra cosa. Y as&#x00ED;, enviaron
				  dos mujeres, una suya, y otra que de ellos ten&#x00ED;an cautiva; y enviaron &#x00E9;stas
				  porque las mujeres pueden contratar aunque haya guerra. Y nosotros las
				  seguimos, y paramos en un lugar donde estaba concertado que las esper&#x00E1;semos;
				  mas ellas tardaron cinco d&#x00ED;as; y los indios dec&#x00ED;an que no deb&#x00ED;an de hallar
				  gente. Dij&#x00ED;mosles que nos llevasen hacia el Norte; respondieron de la misma
				  manera, diciendo que por all&#x00ED; no hab&#x00ED;a gente sino muy lejos, y que no hab&#x00ED;a qu&#x00E9;
				  comer ni se hallaba agua. Y con todo esto, nosotros porfiamos y dijimos que por
				  all&#x00ED; quer&#x00ED;amos ir, y ellos todav&#x00ED;a se excusaban de la mejor manera que pod&#x00ED;an,
				  y por esto nos enojamos, y yo me sal&#x00ED; una noche a dormir en el campo, apartado
				  de ellos; mas luego fueron donde yo estaba, y toda la noche estuvieron sin
				  dormir y con mucho miedo y habl&#x00E1;ndome y dici&#x00E9;ndome cu&#x00E1;n atemorizados estaban
				  rog&#x00E1;ndonos que no estuvi&#x00E9;semos m&#x00E1;s enojados, y que aunque ellos supiesen morir
				  en el camino, nos llevar&#x00ED;an por donde nosotros quisi&#x00E9;semos ir. Y como nosotros
				  todav&#x00ED;a fing&#x00ED;amos estar enojados y porque su miedo no se quitase, sucedi&#x00F3; una
				  cosa extra&#x00F1;a, y fue que este d&#x00ED;a mismo adolecieron muchos de ellos, y otro d&#x00ED;a
				  siguiente murieron ocho hombres. Por toda la tierra donde esto se supo hubieron
				  tanto miedo de nosotros, que parec&#x00ED;a en vernos que de temor hab&#x00ED;an de morir.
				  Rog&#x00E1;ronnos que no estuvi&#x00E9;semos enojados, ni quisi&#x00E9;semos que m&#x00E1;s de ellos
				  muriesen, y ten&#x00ED;an por muy cierto que nosotros los mat&#x00E1;bamos con solamente
				  quererlo. Y a la verdad, nosotros recib&#x00ED;amos tanta pena de esto, que no pod&#x00ED;a
				  ser mayor; porque, allende de ver los que mor&#x00ED;an, tem&#x00ED;amos que no muriesen
				  todos o nos dejasen solos, de miedo, y todas las otras gentes de ah&#x00ED; adelante
				  hiciesen lo mismo, viendo lo que a estos hab&#x00ED;a acontecido. Rogamos a Dios
				  nuestro Se&#x00F1;or que lo remediase, y as&#x00ED; comenzaron a sanar todos aqu&#x00E9;llos que
				  hab&#x00ED;an enfermado, y vimos una cosa que fue de grande admiraci&#x00F3;n: que los padres
				  y hermanos y mujeres de los que murieron, de verlos en aquel estado ten&#x00ED;an gran
				  pena; y despu&#x00E9;s de muertos, ning&#x00FA;n sentimiento hicieron, ni los vimos llorar,
				  ni hablar unos con otros, ni hacer otra ninguna muestra, ni osaban llegar a
				  ellos, hasta que nosotros los mand&#x00E1;bamos llevar a enterrar, y m&#x00E1;s de quince
				  d&#x00ED;as que con aqu&#x00E9;llos estuvimos a ninguno vimos hablar uno con otro, ni los
				  vimos re&#x00ED;r ni llorar a ninguna criatura; antes, porque una llor&#x00F3;, la llevaron
				  muy lejos de all&#x00ED;, y con unos dientes de rat&#x00F3;n agudos la sajaron desde los
				  hombros hasta casi todas las piernas. Y yo, viendo esta crueldad y enojado de
				  ello, les pregunt&#x00E9; por qu&#x00E9; lo hac&#x00ED;an, y respondi&#x00E9;ronme que para castigarla
				  porque hab&#x00ED;a llorado delante de m&#x00ED;. Todos estos temores que ellos ten&#x00ED;an pon&#x00ED;an
				  a todos los otros que nuevamente ven&#x00ED;an a conocernos, a fin que nos diesen todo
				  cuanto ten&#x00ED;an, porque sab&#x00ED;an que nosotros no tom&#x00E1;bamos nada y lo hab&#x00ED;amos de
				  dar todo a ellos. Esta fue la m&#x00E1;s obediente gente que hallamos por esta tierra,
				  y de mejor condici&#x00F3;n; y com&#x00FA;nmente son muy dispuestos. Convalecidos los
				  dolientes, y ya que hab&#x00ED;a tres d&#x00ED;as que est&#x00E1;bamos all&#x00ED;, llegaron las mujeres
				  que hab&#x00ED;amos enviado, diciendo que hab&#x00ED;an hallado muy poca gente, y que todos
				  hab&#x00ED;an ido a las vacas, que era tiempo de ellas. Y mandamos a los que hab&#x00ED;an
				  estado enfermos que se quedasen, y los que estuviesen buenos fuesen con
				  nosotros, y que dos jornadas de all&#x00ED;, aquellas mismas dos mujeres ir&#x00ED;an con dos
				  de nosotros a sacar gente y traerla al camino para que nos recibiesen; y con
				  esto, otro d&#x00ED;a de ma&#x00F1;ana todos los que m&#x00E1;s recios estaban partiendo con
				  nosotros, y a tres jornadas paramos, y el siguiente d&#x00ED;a parti&#x00F3; Alonso del
				  Castillo con Estebanico el negro, llevando por gu&#x00ED;a a las dos mujeres; y la que
				  de ellas era cautiva los llev&#x00F3; a un r&#x00ED;o que corr&#x00ED;a entre unas sierras donde
				  estaba un pueblo en que su padre viv&#x00ED;a, y &#x00E9;stas fueron las primeras casas que
				  vimos que tuviesen parecer y manera de ello. Aqu&#x00ED; llegaron Castillo y
				  Estebanico y, despu&#x00E9;s de haber hablado con los indios, a cabo de tres d&#x00ED;as vino
				  Castillo adonde nos hab&#x00ED;a dejado, y trajo cinco o seis de aquellos indios, y
				  dijo c&#x00F3;mo hab&#x00ED;a hallado casas de gente y de asiento, y que aquella gente com&#x00ED;a
				  fr&#x00ED;soles y calabazas, y que hab&#x00ED;a visto ma&#x00ED;z. Esta fue la cosa del mundo que
				  m&#x00E1;s nos alegr&#x00F3;, y por ello dimos infinitas gracias a nuestro Se&#x00F1;or; y dijo que
				  el negro ven&#x00ED;a con toda la gente de las casas a esperar al camino, cerca de
				  all&#x00ED;; y por esta causa partimos; y andada legua y media, topamos con el negro y
				  la gente que ven&#x00ED;an a recibirnos, y nos dieron fr&#x00ED;soles y muchas calabazas para
				  comer y para traer agua, y mantas de vacas, y otras cosas. Y como estas gentes
				  y las que con nosotros ven&#x00ED;an eran enemigos no se entend&#x00ED;an, part&#x00ED;monos de los
				  primeros d&#x00E1;ndoles lo que nos hab&#x00ED;an dado, y fu&#x00ED;monos con estos; y a seis leguas
				  de all&#x00ED;, ya que ven&#x00ED;a la noche, llegamos a sus casas, donde hicieron muchas
				  fiestas con nosotros. Aqu&#x00ED; estuvimos un d&#x00ED;a, y el siguiente nos partimos, y
				  llev&#x00E1;rnoslos con nosotros a otras casas de asiento, donde com&#x00ED;an lo mismo que
				  ellos. Y de ah&#x00ED; adelante hubo otro nuevo uso: que los que sab&#x00ED;an de nuestra ida
				  no sal&#x00ED;an a recibirnos a los caminos, como los otros hac&#x00ED;an; antes los
				  hall&#x00E1;bamos en sus casas, y ten&#x00ED;an hechas otras para nosotros, y estaban todos
				  asentados, y todos ten&#x00ED;an vueltas las caras hacia la pared y las cabezas bajas
				  y los cabellos puestos delante de los ojos, y su hacienda puesta en mont&#x00F3;n en
				  medio de la casa; y de aqu&#x00ED; en adelante comenzaron a darnos muchas mantas de
				  cueros, y no ten&#x00ED;an cosa que no nos diesen. Es la gente de mejores cuerpos que
				  vimos, y de mayor viveza y habilidad y que mejor nos entend&#x00ED;an y respond&#x00ED;an en
				  lo que pregunt&#x00E1;bamos; y llam&#x00E1;moslos de las Vacas, porque la mayor parte que de
				  ellas muere es cerca de all&#x00ED;; y porque aquel r&#x00ED;o arriba m&#x00E1;s de cincuenta
				  leguas, van matando muchas de ellas. Esta gente andan del todo desnudos, a la
				  manera de los primeros que hallamos. Las mujeres andan cubiertas con unos
				  cueros de venado, y algunos pocos hombres, se&#x00F1;aladamente los que son viejos,
				  que no sirven para la guerra. Es tierra muy poblada. Pregunt&#x00E1;mosles c&#x00F3;mo no
				  sembraban ma&#x00ED;z; respondi&#x00E9;ronnos que lo hac&#x00ED;an por no perder lo que sembrasen,
				  porque dos a&#x00F1;os arreo les hab&#x00ED;a faltado las aguas, y hab&#x00ED;a sido el tiempo tan
				  seco, que a todos les hab&#x00ED;an perdido los ma&#x00ED;ces los topos, y que no osar&#x00ED;an
				  tornar a sembrar sin que primero hubiese llovido mucho; y rog&#x00E1;bannos que
				  dij&#x00E9;semos al cielo que lloviese y se lo rog&#x00E1;semos, y nosotros se lo prometimos
				  de hacerlo as&#x00ED;. Tambi&#x00E9;n nosotros quisimos saber de d&#x00F3;nde hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do aquel
				  ma&#x00ED;z, y ellos nos dijeron que de donde el sol se pon&#x00ED;a, y que lo hab&#x00ED;a por toda
				  aquella tierra; mas que lo m&#x00E1;s cerca de all&#x00ED; era por aquel camino.
				  Pregunt&#x00E1;mosles por d&#x00F3;nde ir&#x00ED;amos bien, y que nos informasen del camino, porque
				  no quer&#x00ED;an ir all&#x00E1;; dij&#x00E9;ronnos que el camino era por aquel r&#x00ED;o arriba hacia el
				  Norte, y que en diez y siete jornadas no hallar&#x00ED;amos otra cosa ninguna que
				  comer, sino una fruta que llaman chacan, y que la machucan entre unas piedras y
				  a&#x00FA;n despu&#x00E9;s de hecha esta diligencia no se puede comer, de &#x00E1;spera y seca; y as&#x00ED;
				  era la verdad, porque all&#x00ED; nos lo mostraron y no lo pudimos comer, y dij&#x00E9;ronnos
				  tambi&#x00E9;n que entretanto que nosotros fu&#x00E9;semos por el r&#x00ED;o arriba, ir&#x00ED;amos siempre
				  por gente que eran sus enemigos y hablaban su misma lengua, y que no ten&#x00ED;an que
				  darnos cosa a comer; mas que nos recibir&#x00ED;an de muy buena voluntad, y que nos
				  dar&#x00ED;an muchas mantas de algod&#x00F3;n y cueros y otras cosas de las que ellos ten&#x00ED;an;
				  mas que todav&#x00ED;a les parec&#x00ED;a que en ninguna manera no deb&#x00ED;amos tomar aquel
				  camino. Dudando lo que har&#x00ED;amos, y cu&#x00E1;l camino tomar&#x00ED;amos que m&#x00E1;s a nuestro
				  prop&#x00F3;sito y provecho fuese, nosotros nos detuvimos con ellos dos d&#x00ED;as. D&#x00E1;bannos
				  a comer fr&#x00ED;soles y calabazas; la manera de cocerlas es tan nueva, que por ser
				  tal, yo la quise aqu&#x00ED; poner, para que se vea y se conozca cu&#x00E1;n diversos y
				  extra&#x00F1;os son los ingenios e industrias de los hombres humanos. Ellos no
				  alcanzan ollas, y para cocer lo que ellos quieren comer hinchan media calabaza
				  grande de agua, y en el fuego echan muchas piedras de las que m&#x00E1;s f&#x00E1;cilmente
				  ellos pueden encender, y toman el fuego; y cuando ven que est&#x00E1;n ardiendo
				  t&#x00F3;manlas con unas tenazas de palo, y &#x00E9;chanlas en aquella agua que est&#x00E1; en la
				  calabaza, hasta que la hacen hervir con el fuego que las piedras llevan, y
				  cuando ven que el agua hierve, echan en ella lo que han de cocer, y en todo
				  este tiempo no hacen sino sacar unas piedras y echar otras ardiendo para que el
				  agua hierva para cocer lo que quieren, y as&#x00ED; lo cuecen.</p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXI</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo seguimos el camino del ma&#x00ED;z</head>
				<p n="45">Pasados dos d&#x00ED;as que all&#x00ED; estuvimos, determinamos de ir
				  a buscar el ma&#x00ED;z, y no quisimos seguir el camino de las Vacas, porque es hacia
				  el Norte, y esto era para nosotros muy gran rodeo, porque siempre tuvimos por
				  cierto que yendo la puesta de sol hab&#x00ED;amos de hallar lo que dese&#x00E1;bamos; y as&#x00ED;,
				  seguimos nuestro camino, y atravesamos toda la tierra hasta salir a la mar del
				  Sur; y no bast&#x00F3; a estorbarnos esto el temor que nos pon&#x00ED;an de la mucha hambre
				  que hab&#x00ED;amos de pasar, como a la verdad la pasamos, por todas las diez y siete
				  jornadas que nos hab&#x00ED;an dicho. Por todas ellas el r&#x00ED;o arriba nos dieron muchas
				  mantas de vacas, y no comimos de aqu&#x00E9;lla su fruta, mas nuestro mantenimiento
				  era cada d&#x00ED;a tanto como una mano de unto de venado, que para estas necesidades
				  procur&#x00E1;bamos siempre de guardar, y as&#x00ED; pasamos todas las diez y siete jornadas,
				  y al cabo de ellas atravesamos el r&#x00ED;o y caminamos otras diez y siete. A la
				  puesta de sol, por unos llanos, y entre unas sierras muy grandes que all&#x00ED; se
				  hacen, all&#x00ED; hallamos una gente que la tercera parte del a&#x00F1;o no comen sino unos
				  polvos de paja; y por ser aquel tiempo cuando nosotros por all&#x00ED; caminamos,
				  hub&#x00ED;moslo tambi&#x00E9;n de comer hasta que, acabadas estas jornadas, hallamos casas
				  de asiento, adonde hab&#x00ED;a mucho ma&#x00ED;z allagado, y de ello y de su harina nos
				  dieron mucha cantidad, y de calabazas y fr&#x00ED;soles y mantas de algod&#x00F3;n, y de todo
				  cargamos a los que all&#x00ED; nos hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do, y con esto se volvieron los m&#x00E1;s
				  contentos del mundo. Nosotros dimos muchas gracias a Dios nuestro Se&#x00F1;or por
				  habernos tra&#x00ED;do all&#x00ED;, donde hab&#x00ED;amos hallado tanto mantenimiento. </p>
				<p n="46">Entre estas casas hab&#x00ED;a algunas de ellas que eran de
				  tierra, y las otras todas son de estera de ca&#x00F1;as; y de aqu&#x00ED; pasamos m&#x00E1;s de cien
				  leguas de tierra, y siempre hallamos casas de asiento, y mucho mantenimiento
				  de ma&#x00ED;z, y fr&#x00ED;soles, y d&#x00E1;bannos muchos venados y muchas mantas de algod&#x00F3;n,
				  mejores que las de la Nueva Espa&#x00F1;a. D&#x00E1;bannos tambi&#x00E9;n muchas cuentas y de unos
				  corales que hay en la mar del Sur, muchas turquesas muy buenas que tienen de
				  hacia el Norte; y finalmente, dieron aqu&#x00ED; todo cuanto ten&#x00ED;an, y a m&#x00ED; me
				  dieron cinco esmeraldas hechas puntas de flechas, y con estas flechas hacen
				  ellos sus areitos y bailes. Y pareci&#x00E9;ndome a m&#x00ED; que eran muy buenas, les pregunt&#x00E9; de d&#x00F3;nde las hab&#x00ED;an habido, y dijeron que las tra&#x00ED;an de unas sierras muy
				  altas que est&#x00E1;n hacia el Norte, y las compraban a trueco de penachos y plumas
				  de papagayos, y dec&#x00ED;an que hab&#x00ED;a all&#x00ED; pueblos de mucha gente y casas muy
				  grandes. Entre &#x00E9;stos vimos las mujeres m&#x00E1;s honestamente tratadas que a ninguna
				  parte de Indias que hubi&#x00E9;semos visto. Traen unas camisas de algod&#x00F3;n, que llegan
				  hasta las rodillas, y unas medias mangas encima de ellas, de unas faldillas de
				  cuero de venado sin pelo, que tocan en el suelo, y enjab&#x00F3;nanlas con unas ra&#x00ED;ces
				  que limpian mucho, y as&#x00ED; las tienen muy bien tratadas; son abiertas por delante
				  y cerradas con unas correas; andan calzados con zapatos. Toda esta gente ven&#x00ED;a
				  a nosotros a que los toc&#x00E1;semos y santigu&#x00E1;semos; y eran en esto tan importunos,
				  que con gran trabajo lo sufr&#x00ED;amos, porque dolientes y sanos, todos quer&#x00ED;an ir
				  santiguados. Acontec&#x00ED;a muchas veces que de las mujeres que con nosotros iban
				  par&#x00ED;an algunas, y luego en naciendo nos tra&#x00ED;an la criatura a que la
				  santigu&#x00E1;semos y toc&#x00E1;semos. Acompa&#x00F1;&#x00E1;bannos siempre hasta dejarnos entregados a
				  otros, y entre todas estas gentes se ten&#x00ED;a por muy cierto que ven&#x00ED;amos del
				  cielo. Entretanto que con &#x00E9;stos anduvimos caminamos todo el d&#x00ED;a sin comer hasta
				  la noche, y com&#x00ED;amos tan poco, que ellos se espantaban de verlo. Nunca nos
				  sintieron cansancio, y a la verdad nosotros est&#x00E1;bamos tan hechos al trabajo,
				  que tampoco lo sent&#x00ED;amos. Ten&#x00ED;amos con ellos mucha autoridad y gravedad, y para
				  conservar esto, les habl&#x00E1;bamos pocas veces. El negro les hablaba siempre; se
				  informaba de los caminos que quer&#x00ED;amos ir y los pueblos que hab&#x00ED;a y de las
				  cosas que quer&#x00ED;amos saber. Pasamos por gran n&#x00FA;mero y diversidades de lenguas;
				  con todas ellas Dios nuestro Se&#x00F1;or nos favoreci&#x00F3;, porque siempre nos
				  entendieron y les entendimos. Y as&#x00ED;, pregunt&#x00E1;bamos y respond&#x00ED;an por se&#x00F1;as, como
				  si ellos hablaran nuestra lengua y nosotros la suya; porque, aunque sab&#x00ED;amos
				  seis lenguas, no nos pod&#x00ED;amos en todas partes aprovechar de ellas, porque
				  hallamos m&#x00E1;s de mil diferencias. Por todas estas tierras, los que ten&#x00ED;an
				  guerras con los otros se hac&#x00ED;an luego amigos para venirnos a recibir y traernos
				  todo cuanto ten&#x00ED;an, y de esta manera dejamos toda la tierra en paz, y
				  dijimosles, por las se&#x00F1;as porque nos entend&#x00ED;an, que en el cielo hab&#x00ED;a un
				  hombre que llam&#x00E1;bamos Dios, el cual hab&#x00ED;a criado el cielo y la tierra, y que
				  &#x00C9;ste ador&#x00E1;bamos nosotros y ten&#x00ED;amos por Se&#x00F1;or, y que hac&#x00ED;amos lo que nos
				  mandaba, y que de su mano ven&#x00ED;an todas las cosas buenas, y que si as&#x00ED; ellos lo
				  hiciesen, les ir&#x00ED;a muy bien de ello; y tan grande aparejo hallamos en ellos,
				  que si lengua hubiera con que perfectamente nos entendi&#x00E9;ramos, todos los
				  dej&#x00E1;ramos cristianos. Esto les dimos a entender lo mejor que pudimos, y de ah&#x00ED;
				  adelante, cuando el sol sal&#x00ED;a, con muy gran grita abr&#x00ED;an las manos juntas al
				  cielo, y despu&#x00E9;s las tra&#x00ED;an por todo el cuerpo, y otro tanto hac&#x00ED;an cuando se
				  pon&#x00ED;a. Es gente bien acondicionada y aprovechada para seguir cualquier cosa
				  bien aparejada. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo nos dieron los corazones de los
				  venados</head>
				<p n="47">En el pueblo donde nos dieron las esmeraldas dieron a
				  Dorantes m&#x00E1;s de seiscientos corazones de venados, abiertos, de que ellos tienen
				  siempre mucha abundancia para su mantenimiento, y por esto le pusimos nombre al
				  pueblo de los Corazones, y por &#x00E9;l es la entrada para muchas provincias que
				  est&#x00E1;n a la mar del Sur; y si los que le fueren a buscar por aqu&#x00ED; no entraren se
				  perder&#x00E1;n, porque la costa no tiene ma&#x00ED;z, y comen polvo de bledo y de paja y de
				  pescado que toman en la mar con balsas, porque no alcanzan canoas. Las mujeres
				  cubren sus verg&#x00FC;enzas con yerba y paja. Es gente muy apocada y triste. Creemos
				  que cerca de la costa, por la v&#x00ED;a de aquellos pueblos que nosotros trajimos,
				  hay m&#x00E1;s de mil leguas de tierra poblada, y tienen mucho mantenimiento, porque
				  siembran tres veces en el a&#x00F1;o fr&#x00ED;soles y ma&#x00ED;z. Hay tres maneras de venados: los
				  de la una de ellas son tama&#x00F1;os como novillos de Castilla. Hay casas de asiento,
				  que llaman buh&#x00ED;os, y tienen yerba, y esto es de unos &#x00E1;rboles al tama&#x00F1;o de
				  manzanos, y no es menester m&#x00E1;s de coger la fruta y untar la flecha con ella; y
				  si no tiene fruta, quiebran una rama, y con la leche que tienen hacen lo mismo.
				  Hay muchos de estos &#x00E1;rboles que son ponzo&#x00F1;osos, que si majan las hojas de &#x00E9;l y
				  las lavan en alguna agua allegada, todos los venados y cualesquier otros
				  animales que de ella beben revientan luego. En este pueblo estuvimos tres d&#x00ED;as,
				  y a una jornada de all&#x00ED; estaba otro en el cual nos tomaron tantas aguas que
				  porque un r&#x00ED;o creci&#x00F3; mucho, no lo pudimos pasar, y nos detuvimos all&#x00ED; quince
				  d&#x00ED;as. En este tiempo, Castillo vio al cuello de un indio una hebilleta de
				  talabarte de espada, y en ella cosido un clavo de herrar; tom&#x00F3;sela y
				  pregunt&#x00E1;mosle qu&#x00E9; cosa era aqu&#x00E9;lla, y dij&#x00E9;ronnos que hab&#x00ED;an venido del cielo.
				  Pregunt&#x00E1;mosle m&#x00E1;s, que qui&#x00E9;n la hab&#x00ED;a tra&#x00ED;do de all&#x00E1;, y respondieron que unos
				  hombres que tra&#x00ED;an barbas como nosotros, que hab&#x00ED;an venido del cielo y llegado
				  a aquel r&#x00ED;o, y que tra&#x00ED;an caballos y lanzas y espadas, y que hab&#x00ED;an alanceado
				  dos de ellos. Y lo m&#x00E1;s disimuladamente que pudimos les preguntamos qu&#x00E9; se
				  hab&#x00ED;an hecho aquellos hombres, y respondi&#x00E9;ronnos que se hab&#x00ED;an ido a la mar, y
				  que metieron sus lanzas por debajo del agua, y que ellos tambi&#x00E9;n se hab&#x00ED;an
				  tambi&#x00E9;n metido por debajo, y que despu&#x00E9;s los vieron ir por cima hacia puesta de
				  Sol. Nosotros dimos muchas gracias a Dios nuestro Se&#x00F1;or por aquello que o&#x00ED;mos,
				  porque est&#x00E1;bamos desconfiados de saber nuevas de cristianos; y por otra parte,
				  nos vimos en gran confusi&#x00F3;n y tristeza creyendo que aquella gente no ser&#x00ED;a sino
				  algunos que hab&#x00ED;an venido por la mar a descubrir; mas al fin, como tuvimos tan
				  cierta nueva de ellos, d&#x00ED;monos m&#x00E1;s prisa a nuestro camino, y siempre hall&#x00E1;bamos
				  m&#x00E1;s nueva de cristianos, y nosotros les dec&#x00ED;amos que los &#x00CD;bamos a buscar para
				  decirles que no los matasen ni tomasen por esclavos, ni los sacasen de sus
				  tierras, ni les hiciesen otro mal ninguno, y de esto ellos se holgaban mucho.
				  Anduvimos mucha tierra, y toda hallamos despoblada, porque los moradores de
				  ella andaban huyendo por las sierras, sin osar tener casas ni labrar, por miedo
				  de los cristianos. Fue cosa de que tuvimos muy gran l&#x00E1;stima, viendo la tierra
				  muy f&#x00E9;rtil, y muy hermosa y muy llena de aguas y de r&#x00ED;os, y ver los lugares
				  despoblados y quemados, y la gente tan flaca y enferma, huida y escondida toda.
				  Y como no sembraban, con tanta hambre, se manten&#x00ED;an con cortezas de &#x00E1;rboles y
				  ra&#x00ED;ces. De esta hambre a nosotros alcanzaba parte en todo este camino, porque
				  mal nos pod&#x00ED;an ellos proveer estando tan desventurados, que parec&#x00ED;a que se
				  quer&#x00ED;an morir. Traj&#x00E9;ronnos mantas de las que hab&#x00ED;an escondido por los
				  cristianos, y di&#x00E9;ronnoslas, y aun cont&#x00E1;ronnos c&#x00F3;mo otras veces hab&#x00ED;an entrado
				  los cristianos por la tierra, y hab&#x00ED;an destruido y quemado los pueblos, y
				  llevado la mitad de los hombres y todas las mujeres y muchachos, y que los que
				  de sus manos se hab&#x00ED;an podido escapar andaban huyendo. Como los ve&#x00ED;amos tan
				  atemorizados, sin osar parar en ninguna parte, y que ni quer&#x00ED;an ni pod&#x00ED;an
				  sembrar ni labrar la tierra, antes estaban determinados de dejarse morir, y que
				  esto ten&#x00ED;an por mejor que esperar y ser tratados con tanta crueldad como hasta
				  all&#x00ED;, y mostraban grand&#x00ED;simo placer con nosotros, aunque temimos que, llegados
				  a los que ten&#x00ED;an la frontera con los cristianos y guerra con ellos, nos hab&#x00ED;an
				  de maltratar y hacer que pag&#x00E1;semos lo que los cristianos contra ellos hac&#x00ED;an.
				  Mas como Dios nuestro Se&#x00F1;or fue servido de traernos hasta ellos, comenz&#x00E1;ronnos
				  a temer y acatar como los pasados y aun algo m&#x00E1;s, de que no quedamos poco
				  maravillados, por donde claramente se ve que estas gentes todas, para ser
				  atra&#x00ED;das a ser cristianos y a obediencia de la imperial majestad, han de ser
				  llevados con buen tratamiento, y que &#x00E9;ste es camino muy cierto, y otro no.
				  Estos nos llevaron a un pueblo que est&#x00E1; en un cuchillo de una sierra, y se ha
				  de subir a &#x00E9;l por grande aspereza; y aqu&#x00ED; hallamos mucha gente que estaba
				  junta, recogidos por miedo de los cristianos. Recibi&#x00E9;ronnos muy bien, y
				  di&#x00E9;ronnos cuanto ten&#x00ED;an, y di&#x00E9;ronnos m&#x00E1;s de dos mil cargas de ma&#x00ED;z, que dimos a
				  aquellos miserables y hambrientos que hasta all&#x00ED; nos hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do. Y otro d&#x00ED;a
				  despachamos de all&#x00ED; cuatro mensajeros por la tierra como lo acostumbr&#x00E1;bamos
				  hacer, para que llamasen y convocasen toda la m&#x00E1;s gente que pudiesen, a un
				  pueblo que est&#x00E1; a tres jornadas de all&#x00ED;. Y hecho esto, otro d&#x00ED;a nos partimos
				  con toda la gente que all&#x00ED; estaba, y siempre hall&#x00E1;bamos rastro y se&#x00F1;ales adonde
				  hab&#x00ED;an dormido cristianos, y a mediod&#x00ED;a topamos nuestros mensajeros, que nos
				  dijeron que no hab&#x00ED;an hallado gente, que toda andaba por los montes, escondidos
				  huyendo, porque los cristianos no los matasen e hiciesen esclavos; y que la
				  noche pasada hab&#x00ED;an visto a los cristianos estando ellos detr&#x00E1;s de unos &#x00E1;rboles
				  mirando lo que hac&#x00ED;an, y vieron c&#x00F3;mo llevaban muchos indios en cadenas; y de
				  esto se alteraron los que con nosotros ven&#x00ED;an, y algunos de ellos se volvieron
				  para dar aviso por la tierra c&#x00F3;mo ven&#x00ED;an cristianos, y mucho m&#x00E1;s hicieran esto
				  si nosotros no les dij&#x00E9;ramos que no lo hiciesen ni tuviesen temor; y con esto
				  se aseguraron y holgaron mucho. Ven&#x00ED;an entonces con nosotros indios de cien
				  leguas de all&#x00ED;, y no pod&#x00ED;amos acabar con ellos que se volviesen a sus casas; y
				  por asegurarlos dormimos aquella noche all&#x00ED;, y otro d&#x00ED;a caminamos y dormimos en
				  el camino. Y el siguiente d&#x00ED;a, los que hab&#x00ED;amos enviado por mensajeros nos
				  guiaron adonde ellos hab&#x00ED;an visto los cristianos; y llegados a la hora de
				  v&#x00ED;speras, vimos claramente que hab&#x00ED;an dicho la verdad, y conocimos la gente que
				  era de a caballo por las estacas en que los caballos hab&#x00ED;an estado atados.
				  Desde aqu&#x00ED;, que se llama el r&#x00ED;o Petut&#x00E1;n, hasta el r&#x00ED;o donde lleg&#x00F3; Diego de
				  Guzm&#x00E1;n, puede haber hasta &#x00E9;l, desde donde supimos de cristianos, ochenta
				  leguas; y desde all&#x00ED; al pueblo donde nos tomaron las aguas, doce leguas; y
				  desde all&#x00ED; hasta la mar del Sur hab&#x00ED;a doce leguas. Por toda esta tierra donde
				  alcanzan sierras vimos grandes muestras de oro y alcohol, hierro, cobre y otros
				  metales. Por donde est&#x00E1;n las casas de asiento es caliente; tanto, que por enero
				  hace gran calor. Desde all&#x00ED; hacia el mediod&#x00ED;a de la tierra, que es despoblada
				  hasta la mar del Norte, es muy desastrosa y pobre, donde pasamos grande e
				  incre&#x00ED;ble hambre. Y los que por aquella tierra habitan y andan es gente
				  crudel&#x00ED;sima y de muy mala inclinaci&#x00F3;n y costumbres. Los indios que tienen casa
				  de asiento, y los de atr&#x00E1;s, ning&#x00FA;n caso hacen de oro y plata, ni hallan que
				  pueda haber provecho de ello. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">C&#x00F3;mo vimos rastro de cristianos</head>
				<p n="48">Despu&#x00E9;s que vimos rastro claro de cristianos, y
				  entendimos que tan cerca est&#x00E1;bamos de ellos, dimos muchas gracias a Dios
				  nuestro Se&#x00F1;or por querernos sacar de tan triste y miserable cautiverio. El
				  placer de que esto sentimos j&#x00FA;zguelo cada uno cuando pensare el tiempo que en
				  aquella tierra estuvimos y los peligros y trabajos por que pasamos. Aquella
				  noche yo rogu&#x00E9; a uno de mis compa&#x00F1;eros que fuese tras los cristianos, que iban
				  por donde nosotros dej&#x00E1;bamos la tierra asegurada, y hab&#x00ED;a tres d&#x00ED;as de camino.
				  A ellos se les hizo de mal esto, excus&#x00E1;ndose por el cansancio y trabajo; y
				  aunque cada uno de ellos lo pudiera hacer mejor que yo, por ser m&#x00E1;s recios y
				  m&#x00E1;s mozos; mas vista su voluntad, otro d&#x00ED;a por la ma&#x00F1;ana tom&#x00E9; conmigo al negro
				  y once indios, y por el rastro que hallaba siguiendo a los cristianos pas&#x00E9; por
				  tres lugares donde hab&#x00ED;an dormido; y este d&#x00ED;a anduve diez leguas, y otro d&#x00ED;a de
				  ma&#x00F1;ana alcanc&#x00E9; cuatro cristianos de caballo, que recibieron gran alteraci&#x00F3;n de
				  verme tan extra&#x00F1;amente vestido y en compa&#x00F1;&#x00ED;a de indios. Estuvi&#x00E9;ronme mirando
				  mucho espacio de tiempo, tan at&#x00F3;nitos, que ni me hablaban ni acertaban a
				  preguntarme nada. Yo les dije que me llevasen a donde estaba su capit&#x00E1;n; y as&#x00ED;,
				  fuimos media legua de all&#x00ED;, donde estaba Diego de Alcaraz, que era el capit&#x00E1;n;
				  y despu&#x00E9;s de haberle hablado, me dijo que estaba muy perdido all&#x00ED;, porque hab&#x00ED;a
				  muchos d&#x00ED;as que no hab&#x00ED;a podido tomar indios, y que no hab&#x00ED;a por donde ir,
				  porque entre ellos comenzaba a haber necesidad y hambre. Yo le dije c&#x00F3;mo atr&#x00E1;s
				  quedaban Dorantes y Castillo, que estaban diez leguas de all&#x00ED;, con muchas
				  gentes que nos hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do; y &#x00E9;l envi&#x00F3; luego tres de caballos y cincuenta
				  indios de los que ellos tra&#x00ED;an; y el negro volvi&#x00F3; con ellos para guiarlos, y yo
				  qued&#x00E9; all&#x00ED;, y ped&#x00ED; que me diesen por testimonio el a&#x00F1;o y el mes y d&#x00ED;a que
				  all&#x00ED; hab&#x00ED;a llegado, y la manera en que ven&#x00ED;a, y as&#x00ED; lo hicieron. De este r&#x00ED;o
				  hasta San Miguel, que es de gobernaci&#x00F3;n de la provincia que dicen la Nueva
				  Galicia, hay treinta leguas. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXIV</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo envi&#x00E9; por los cristianos</head>
				<p n="49">Pasados cinco d&#x00ED;as, llegaron Andr&#x00E9;s Dorantes y Alonso
				  del Castillo con los que hab&#x00ED;an ido por ellos, y tra&#x00ED;an consigo m&#x00E1;s de
				  seiscientas personas, que eran de aquel pueblo que los cristianos hab&#x00ED;an hecho
				  subir al monte, y andaban escondidos por la tierra, y los que hasta all&#x00ED; con
				  nosotros hab&#x00ED;an venido los hab&#x00ED;an sacado de los montes y entregado a los
				  cristianos, y ellos hab&#x00ED;an despedido todas las otras gentes que hasta all&#x00ED;
				  hab&#x00ED;an tra&#x00ED;do. Y venidos adonde yo estaba, Alcaraz me rog&#x00F3; que envi&#x00E1;semos a
				  llamar la gente de los pueblos que est&#x00E1;n a la vera del r&#x00ED;o, que andaban
				  escondidos por los montes de la tierra, y que les mand&#x00E1;semos que trajesen de
				  comer, aunque esto no era menester, porque ellos siempre ten&#x00ED;an cuidado de
				  traernos todo lo que pod&#x00ED;an. Y enviamos luego nuestros mensajeros a que los
				  llamasen, y vinieron seiscientas personas, que nos trajeron todo el ma&#x00ED;z que
				  alcanzaban, y tra&#x00ED;anlo en unas ollas tapadas con barro en que lo hab&#x00ED;an
				  enterrado y escondido, y nos trajeron todo lo m&#x00E1;s que ten&#x00ED;an; mas nosotros no
				  quisimos tomar de todo ello sino la comida, y dimos todo lo otro a los
				  cristianos para que entre s&#x00ED; la repartiesen. Y despu&#x00E9;s de esto pasamos muchas y
				  grandes pendencias con ellos, porque nos quer&#x00ED;an hacer los indios que tra&#x00ED;amos
				  esclavos, y con este enojo, al partir, dejamos muchos arcos turquescos que
				  tra&#x00ED;amos, y muchos zurrones y flechas, y entre ellas las cinco de las
				  esmeraldas, que no se nos acord&#x00F3; de ellas; y as&#x00ED;, las perdimos. Dimos a los
				  cristianos muchas mantas de vaca y otras cosas que tra&#x00ED;amos; v&#x00ED;monos con los
				  indios en mucho trabajo porque se volviesen a sus casas y se asegurasen y
				  sembrasen su ma&#x00ED;z. Ellos no quer&#x00ED;an sino ir con nosotros hasta dejarnos, como
				  acostumbraban, con otros indios; porque si se volviesen sin hacer esto, tem&#x00ED;an
				  que se morir&#x00ED;an; que para ir con nosotros no tem&#x00ED;an a los cristianos ni a sus
				  lanzas. A los cristianos les pesaba de esto, y hac&#x00ED;an que su lengua les dijese
				  que nosotros &#x00E9;ramos de ellos mismos, y nos hab&#x00ED;amos perdido mucho tiempo hab&#x00ED;a,
				  y que &#x00E9;ramos gente de poca suerte y valor, y que ellos eran los se&#x00F1;ores de
				  aquella tierra, a quien hab&#x00ED;an de obedecer y servir. Mas todo esto los indios
				  ten&#x00ED;an en muy poco o nada de lo que les dec&#x00ED;an; antes, unos con otros entre s&#x00ED;
				  platicaban, diciendo que los cristianos ment&#x00ED;an, porque nosotros ven&#x00ED;amos de
				  donde sal&#x00ED;a el sol, y ellos donde se pone; y que nosotros san&#x00E1;bamos los
				  enfermos y ellos mataban los que estaban sanos; y que nosotros ven&#x00ED;amos
				  desnudos y descalzos, y ellos vestidos y en caballos y con lanzas; y que
				  nosotros no ten&#x00ED;amos codicia de ninguna cosa, antes todo cuanto nos daban
				  torn&#x00E1;bamos luego a dar, y con nada nos qued&#x00E1;bamos, y los otros no ten&#x00ED;an otro
				  fin sino robar todo cuanto hallaban, y nunca daban nada a nadie. Y de esta
				  manera relataban todas nuestras cosas y las encarec&#x00ED;an, por el contrario, de
				  los otros; y as&#x00ED; les respondieron a la lengua de los cristianos, y lo mismo
				  hicieron saber a los otros por una lengua que entre ellos hab&#x00ED;a, con quien nos
				  entend&#x00ED;amos, y aquellos que la usan llamamos propiamente primahaitu, que es
				  como decir vascongados, la cual, m&#x00E1;s de cuatrocientas leguas de las que
				  anduvimos, hallamos usadas entre ellos, sin haber otra por todas aquellas
				  tierras. Finalmente, nunca pudo acabar con los indios creer que &#x00E9;ramos de los
				  otros cristianos, y con mucho trabajo e importunaci&#x00F3;n les hicimos volver a sus
				  casas, y les mandamos que se asegurasen, y asentasen sus pueblos, y sembrasen y
				  labrasen la tierra, que, de estar despoblada, estaba ya muy llena de monte; la
				  cual sin duda es la mejor de cuantas en estas Indias hay, y m&#x00E1;s f&#x00E9;rtil y
				  abundosa de mantenimientos, y siembran tres veces en el a&#x00F1;o. Tienen muchas
				  frutas y muy hermosos r&#x00ED;os, y otras muchas aguas muy buenas. Hay muestras
				  grandes y se&#x00F1;ales de minas de oro y plata; la gente de ella es muy bien
				  acondicionada; sirven a los cristianos (los que son amigos) de muy buena
				  voluntad. Son muy dispuestos, mucho m&#x00E1;s que los de M&#x00E9;jico, y, finalmente, es
				  tierra que ninguna cosa le falta para ser muy buena. </p>
				<p n="50">Despedidos los indios, nos dijeron que har&#x00ED;an lo que
				  mand&#x00E1;bamos, y asentar&#x00ED;an sus pueblos si los cristianos los dejaban; y yo as&#x00ED;
				  lo digo y afirmo por muy cierto, que si no lo hicieren ser&#x00E1; por culpa de los
				  cristianos.</p>
				<p n="51">Despu&#x00E9;s que hubimos enviado a los indios en paz, y
				  regraci&#x00E1;ndoles el trabajo que con nosotros hab&#x00ED;an pasado, los cristianos nos
				  enviaron, debajo de cautela, a un Cebreros, alcalde, y con &#x00E9;l otros dos, los
				  cuales nos llevaron por los montes y despoblados, por apartarnos de la
				  conversaci&#x00F3;n de los indios, y porque no vi&#x00E9;semos ni entendi&#x00E9;semos lo que de
				  hecho hicieron; donde parece cu&#x00E1;nto se enga&#x00F1;an los pensamientos de los hombres,
				  que nosotros and&#x00E1;bamos a les buscar libertad, y cuando pens&#x00E1;bamos que la
				  ten&#x00ED;amos, sucedi&#x00F3; tan al contrario, porque ten&#x00ED;an acordado de ir a dar en los
				  indios que envi&#x00E1;bamos asegurados y de paz. Y as&#x00ED; como lo pensaron, lo hicieron;
				  llev&#x00E1;ronnos por aquellos montes dos d&#x00ED;as, sin agua, perdidos y sin camino, y
				  todos pensamos perecer de sed, y de ella se nos ahogaron siete hombres, y
				  muchos amigos que los cristianos tra&#x00ED;an consigo no pudieron llegar hasta otro
				  d&#x00ED;a a mediod&#x00ED;a adonde aquella noche hallamos nosotros el agua. Y caminamos con
				  ellos veinte y cinco leguas, poco m&#x00E1;s o menos, y al fin de ellas llegamos a un
				  pueblo de indios de paz, y el alcalde que nos llevaba nos dej&#x00F3; all&#x00ED;, y &#x00E9;l pas&#x00F3;
				  adelante otras tres leguas a un pueblo que se llamaba Culiac&#x00E1;n, adonde estaba
				  Melchor D&#x00ED;az, alcalde mayor y capit&#x00E1;n de aquella provincia. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXV </head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo el alcalde mayor nos recibi&#x00F3; bien la
				  noche que llegamos </head>
				<p n="52">Como el alcalde mayor fue avisado de nuestra salida y
				  venida, luego aquella noche parti&#x00F3;, y vino adonde nosotros est&#x00E1;bamos, y llor&#x00F3;
				  mucho con nosotros, dando loores a Dios nuestro Se&#x00F1;or por haber usado de tanta
				  misericordia con nosotros; y nos habl&#x00F3; y trat&#x00F3; muy bien; y de parte del
				  gobernador Nu&#x00F1;o de Guzm&#x00E1;n y suya nos ofreci&#x00F3; todo lo que ten&#x00ED;a y pod&#x00ED;a, y
				  mostr&#x00F3; mucho sentimiento de la mala acogida y tratamiento que en Alcaraz y los
				  otros hab&#x00ED;amos hallado, y tuvimos por cierto que si &#x00E9;l se hallara all&#x00ED;, se
				  excusara lo que con nosotros y con los indios se hizo. Y pasada aquella noche,
				  otro d&#x00ED;a nos partimos, y el alcalde mayor nos rog&#x00F3; mucho que nos detuvi&#x00E9;semos
				  all&#x00ED;, y que en esto har&#x00ED;amos muy gran servicio a Dios y a Vuestra Majestad,
				  porque la tierra estaba despoblada, sin labrarse, y toda muy destruida, y los
				  indios andaban escondidos y huidos por los montes, sin querer venir a hacer
				  asiento en sus pueblos, y que los envi&#x00E1;semos a llamar, y les mand&#x00E1;semos de
				  parte de Dios y de Vuestra Majestad que viniesen y poblasen en lo llano, y
				  labrasen la tierra. A nosotros nos pareci&#x00F3; esto muy dificultoso de poner en
				  efecto, porque no tra&#x00ED;amos indio ninguno de los nuestros ni de los que nos
				  sol&#x00ED;an acompa&#x00F1;ar y entender en estas cosas. En fin, aventuramos a esto dos
				  indios de los que tra&#x00ED;an all&#x00ED; cautivos, que eran de los mismos de la tierra, y
				  &#x00E9;stos se hab&#x00ED;an hallado con los cristianos cuando primero llegamos a ellos, y
				  vieron la gente que nos acompa&#x00F1;aba, y supieron de ellos la mucha autoridad y
				  dominio que por todas aquellas tierras hab&#x00ED;amos tra&#x00ED;do y tenido, y las
				  maravillas que hab&#x00ED;amos hecho, y los enfermos que hab&#x00ED;amos curado, y otras
				  muchas cosas. Y con estos indios mandamos a otros del pueblo, que juntamente
				  fuesen y llamasen los indios que estaban por las sierras alzados, y los del r&#x00ED;o
				  de Petaan, donde hab&#x00ED;amos hallado a los cristianos, y que les dijesen que
				  viniesen a nosotros, porque les quer&#x00ED;amos hablar. Y para que fuesen seguros, y
				  los otros viniesen, les dimos un calabazo de los que nosotros tra&#x00ED;amos en las
				  manos (que era nuestra principal insignia y muestra de gran estado), y con &#x00E9;ste
				  ellos fueron y anduvieron por all&#x00ED; siete d&#x00ED;as, y al fin de ellos vinieron, y
				  trajeron consigo tres se&#x00F1;ores de los que estaban alzados por las sierras, que
				  tra&#x00ED;an quince hombres, y nos trajeron cuentas y turquesas y plumas, y los
				  mensajeros nos dijeron que no hab&#x00ED;an llamado a los naturales del r&#x00ED;o donde
				  hab&#x00ED;amos salido, porque los cristianos los hab&#x00ED;an hecho otra vez huir a los
				  montes. Y el Melchor D&#x00ED;az dijo a la lengua que de nuestra parte les hablase a
				  aquellos indios, y les dijese como ven&#x00ED;a de parte de Dios, que est&#x00E1; en el
				  cielo, y que hab&#x00ED;amos andado por el mundo muchos a&#x00F1;os, diciendo a toda la gente
				  que hab&#x00ED;amos hallado que creyesen en Dios y lo sirviesen, porque era Se&#x00F1;or de
				  todas cuantas cosas hab&#x00ED;a en el mundo, y que &#x00E9;l daba galard&#x00F3;n y pagaba a los
				  buenos, y pena perpetua de fuego a los malos; y que cuando los buenos mor&#x00ED;an,
				  los llevaba al cielo, donde nunca nadie mor&#x00ED;a, ni ten&#x00ED;an hambre, ni fr&#x00ED;o, ni
				  sed, ni otra necesidad ninguna, sino la mayor gloria que se podr&#x00ED;a pensar; y
				  que los que no le quer&#x00ED;an creer ni obedecer sus mandamientos, los echaba debajo
				  de la tierra en compa&#x00F1;&#x00ED;a de los demonios y en gran fuego, el cual nunca se
				  hab&#x00ED;a de acabar, sino atormentarlos para siempre; y que allende de esto, si
				  ellos quisiesen ser cristianos y servir a Dios de la manera que les mand&#x00E1;semos,
				  que los cristianos tendr&#x00ED;an por hermanos y los tratar&#x00ED;an muy bien, y nosotros
				  les mandar&#x00ED;amos que no les hiciesen ning&#x00FA;n enojo ni los sacasen de sus tierras,
				  sino que fuesen grandes amigos suyos; mas que si esto no quisiesen hacer, los
				  cristianos los tratar&#x00ED;an muy mal, y se los llevar&#x00ED;an por esclavos a otras
				  tierras. A esto respondieron a la lengua que ellos ser&#x00ED;an muy buenos
				  cristianos, y servir&#x00ED;an a Dios; y preguntados en qu&#x00E9; adoraban y sacrificaban, y
				  a qui&#x00E9;n ped&#x00ED;an el agua para sus maizales y la salud para ellos, respondieron
				  que a un hombre que estaba en el cielo. Pregunt&#x00E1;mosles c&#x00F3;mo se llamaba y
				  dijeron que Aguar, y que cre&#x00ED;an que &#x00E9;l hab&#x00ED;a criado todo el mundo y las cosas
				  de &#x00E9;l. Torn&#x00E1;mosles a preguntar c&#x00F3;mo sab&#x00ED;an esto, y respondieron que sus padres
				  y abuelos se lo hab&#x00ED;an dicho, que de muchos tiempos ten&#x00ED;an noticia de esto, y
				  sab&#x00ED;an que el agua y todas las buenas cosas las enviaba Aqu&#x00E9;l. Nosotros les
				  dijimos que Aqu&#x00E9;l que ellos dec&#x00ED;an, nosotros lo llam&#x00E1;bamos Dios, y que as&#x00ED; lo
				  llamasen ellos, y lo sirviesen y adorasen como mand&#x00E1;bamos, y ellos se hallar&#x00ED;an
				  muy bien de ello. Respondieron que todo lo ten&#x00ED;an muy bien entendido, y que as&#x00ED;
				  lo har&#x00ED;an. Y mand&#x00E1;mosles que bajasen de las sierras, y viniesen seguros y en
				  paz, y poblasen toda la tierra, e hiciesen sus casas, y que entre ellas
				  hiciesen una para Dios, y pusiesen a la entrada una cruz como la que all&#x00ED;
				  ten&#x00ED;amos, y que cuando viniesen all&#x00ED; los cristianos, los saliesen a recibir con
				  las cruces en las manos, sin los arcos y sin las armas, y los llevasen a sus
				  casas, y les diesen de comer de lo que ten&#x00ED;an, y por esta manera no les har&#x00ED;an
				  mal, antes ser&#x00ED;an sus amigos. Y ellos dijeron que as&#x00ED; lo har&#x00ED;an como nosotros
				  lo mand&#x00E1;bamos; y el capit&#x00E1;n les dio mantas y los trat&#x00F3; muy bien; y as&#x00ED; se
				  volvieron, llevando los dos que estaban cautivos y hab&#x00ED;an ido por mensajeros.
				  Esto pas&#x00F3; en presencia del escribano que all&#x00ED; ten&#x00ED;an y otros muchos testigos.
				  </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXVI</head>
				<head type="sub" rend="bold">De c&#x00F3;mo hicimos hacer iglesias en aquella tierra
				  </head>
				<p n="53">Como los indios se volvieron, todos los de aquella
				  provincia, que eran amigos de los cristianos, como tuvieron noticia de
				  nosotros, nos vinieron a ver, y nos trajeron cuentas y plumas, y nosotros les
				  mandamos que hiciesen iglesias, y pusiesen cruces en ellas, porque hasta
				  entonces no las hab&#x00ED;an hecho; e hicimos traer los hijos de los principales
				  se&#x00F1;ores y bautizarlos; y luego el capit&#x00E1;n hizo pleito homenaje a Dios de no
				  hacer ni consentir hacer entrada ninguna, ni tomar esclavo por la tierra y
				  gente que nosotros hab&#x00ED;amos asegurado, y que esto guardar&#x00ED;a y cumplir&#x00ED;a hasta
				  que Su Majestad y el gobernador Nu&#x00F1;o de Guzm&#x00E1;n, o el virrey en su nombre,
				  proveyesen en lo que m&#x00E1;s fuese servido de Dios y de Su Majestad. Y despu&#x00E9;s de
				  bautizados los ni&#x00F1;os, nos partimos para la villa de San Miguel, donde, como
				  fuimos llegados, vinieron indios, que nos dijeron c&#x00F3;mo mucha gente bajaba de
				  las sierras y poblaban en lo llano, y hac&#x00ED;an iglesias y cruces y todo lo que
				  les hab&#x00ED;amos mandado; y cada d&#x00ED;a ten&#x00ED;amos nuevas de c&#x00F3;mo esto se iba haciendo y
				  cumpliendo m&#x00E1;s enteramente. Y pasados quince d&#x00ED;as que all&#x00ED; hab&#x00ED;amos estado,
				  lleg&#x00F3; Alcaraz con los cristianos que hab&#x00ED;an ido en aquella entrada, y contaron
				  al capit&#x00E1;n c&#x00F3;mo eran bajados de las sierras los indios, y hab&#x00ED;an poblado en lo
				  llano, y hab&#x00ED;an hallado pueblos con mucha gente, que de primero estaban
				  despoblados y desiertos, y que los indios les salieron a recibir con cruces en
				  las manos, y los llevaron a sus casas, y les dieron de lo que ten&#x00ED;an, y
				  durmieron con ellos all&#x00ED; aquella noche. Espantados de tal novedad, y de que los
				  indios les dijeron c&#x00F3;mo estaban ya asegurados, mand&#x00F3; que no les hiciesen mal, y
				  as&#x00ED; se despidieron. Dios nuestro Se&#x00F1;or por su infinita misericordia, quiera que
				  en los d&#x00ED;as de Vuestra Majestad y debajo de vuestro poder y se&#x00F1;or&#x00ED;o, estas
				  gentes vengan a ser verdaderamente y con entera voluntad sujetas al verdadero
				  Se&#x00F1;or que las cri&#x00F3; y redimi&#x00F3;. Lo cual tenemos por cierto que s&#x00ED; ser&#x00E1;, y que
				  Vuestra Majestad ha de ser el que lo ha de poner en efecto (que no ser&#x00E1; dif&#x00ED;cil
				  de hacer); porque dos mil leguas que anduvimos por tierra y por la mar en las
				  barcas, y otros diez meses que despu&#x00E9;s de salidos de cautivos, sin parar,
				  anduvimos por la tierra, no hallamos sacrificios ni idolatr&#x00ED;a. En este tiempo
				  travesamos de una mar a otra, y por la noticia que con mucha diligencia
				  alcanzamos a entender, de una costa a la otra, por lo m&#x00E1;s ancho, puede haber
				  doscientas leguas y alcanzamos a entender que en la costa del sur hay perlas y
				  muchas riquezas, y que todo lo mejor y m&#x00E1;s rico est&#x00E1; cerca de ella. En la villa
				  de San Miguel estuvimos hasta quince d&#x00ED;as del mes de mayo; la causa de
				  detenernos all&#x00ED; tanto fue porque de all&#x00ED; hasta la ciudad de Compostela, donde
				  el gobernador Nu&#x00F1;o de Guzm&#x00E1;n resid&#x00ED;a, hay cien leguas y todas son despobladas y
				  de enemigos, y hubieron de ir con nosotros gente, con que iban veinte de
				  caballo, que nos acompa&#x00F1;aron hasta cuarenta leguas; y de all&#x00ED; adelante vinieron
				  con nosotros seis cristianos, que tra&#x00ED;an quinientos indios hechos esclavos. Y
				  llegados en Compostela, el gobernador nos recibi&#x00F3; muy bien, y de lo que ten&#x00ED;a
				  nos dio de vestir; lo cual yo por muchos d&#x00ED;as no pude traer, ni pod&#x00ED;amos dormir
				  sino en el suelo; y pasados diez o doce d&#x00ED;as partimos para M&#x00E9;jico, y por todo
				  el camino fuimos bien tratados de los cristianos, y muchos nos sal&#x00ED;an a ver por
				  los caminos y daban gracias a Dios de habernos librado de tantos peligros.
				  Llegamos a M&#x00E9;jico domingo, un d&#x00ED;a antes de la v&#x00ED;spera de Santiago, donde del
				  virrey y del marqu&#x00E9;s del Valle fuimos muy bien tratados y con mucho placer
				  recibidos, y nos dieron de vestir y ofrecieron todo lo que ten&#x00ED;an, y el d&#x00ED;a de
				  Santiago hubo fiesta y juego de ca&#x00F1;as y toros. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXVII </head>
				<head type="sub" rend="bold">De lo que aconteci&#x00F3; cuando me quise venir</head>
				<p n="54">Despu&#x00E9;s que descansamos en M&#x00E9;jico dos meses, yo me quise
				  venir en estos reinos, y yendo a embarcar en el mes de octubre, vino una
				  tormenta que dio con el nav&#x00ED;o al trav&#x00E9;s y se perdi&#x00F3;. Y visto esto, acord&#x00E9; de
				  dejar pasar el invierno, porque en aquellas partes es muy recio tiempo para
				  navegar en &#x00E9;l; y despu&#x00E9;s de pasado el invierno, por cuaresma, nos partimos de
				  M&#x00E9;jico Andr&#x00E9;s Dorantes y yo para la Veracruz, para nos embarcar, y all&#x00ED;
				  estuvimos esperando tiempo hasta domingo de Ramos, que nos embarcamos, y
				  estuvimos embarcados m&#x00E1;s de quince d&#x00ED;as por falta de tiempo, y el nav&#x00ED;o en que
				  est&#x00E1;bamos hac&#x00ED;a mucha agua. Yo me sal&#x00ED; d&#x00E9;l y me pas&#x00E9; a otros de los que estaban
				  para venir, y Dorantes se qued&#x00F3; en aqu&#x00E9;l. Y a diez d&#x00ED;as del mes de abril
				  partimos del puerto tres nav&#x00ED;os, y navegamos juntos ciento cincuenta leguas, y
				  por el camino los dos nav&#x00ED;os hac&#x00ED;an mucha agua, y una noche nos perdimos de su
				  conserva, porque los pilotos y maestros, seg&#x00FA;n despu&#x00E9;s pareci&#x00F3;, no osaron pasar
				  adelante con sus nav&#x00ED;os y volvieron otra vez al puerto donde hab&#x00ED;an partido,
				  sin darnos cuenta de ello ni saber m&#x00E1;s de ellos, y nosotros seguimos nuestro
				  viaje, y a cuatro d&#x00ED;as de mayo llegamos al puerto de La Habana, que es en la
				  isla de Cuba, adonde estuvimos esperando los otros dos nav&#x00ED;os, creyendo que
				  ven&#x00ED;an, hasta dos d&#x00ED;as de junio, que partimos de all&#x00ED; con mucho temor de topar
				  con franceses, que hab&#x00ED;a pocos d&#x00ED;as que hab&#x00ED;an tomado all&#x00ED; tres nav&#x00ED;os
				  nuestros. Y llegados sobre la isla de la Bermuda, nos tom&#x00F3; una tormenta, que
				  suele tomar a todos los que por all&#x00ED; pasan, la cual es conforme a la gente que
				  en ella anda, y toda una noche nos tuvimos por perdidos, y plugo a Dios que,
				  venida la ma&#x00F1;ana, ces&#x00F3; la tormenta y seguimos nuestro camino. A cabo de veinte
				  y nueve d&#x00ED;as que partimos de La Habana hab&#x00ED;amos andado mil y cien leguas que
				  dicen que hay de all&#x00ED; hasta el pueblo de Azores. Y pasando otro d&#x00ED;a por la isla
				  que dicen del Cuervo, dimos con un nav&#x00ED;o de franceses a hora de mediod&#x00ED;a; nos
				  omenz&#x00F3; a seguir con una carabela que tra&#x00ED;a tomada de portugueses y nos dieron
				  caza, y aquella tarde vimos otras nueve velas, y estaban tan lejos, que no
				  pudimos conocer si eran portuguesas o de aquellos mismos que nos segu&#x00ED;an, y
				  cuando anocheci&#x00F3; estaba el franc&#x00E9;s a tiro de lombarda de nuestro nav&#x00ED;o; y desde
				  que fue obscuro, hurtamos la derrota por desviarnos de &#x00E9;l; y como iba tan junto
				  de nosotros, nos vio y tir&#x00F3; la v&#x00ED;a de nosotros, y esto hicimos tres o cuatro
				  veces; y &#x00E9;l nos pudiera tomar si quisiera, sino que lo dejaba para ma&#x00F1;ana.
				  Plugo a Dios que cuando amaneci&#x00F3; nos hallamos el franc&#x00E9;s y nosotros juntos, y
				  cercados de las nueve velas que he dicho que a la tarde antes hab&#x00ED;amos visto,
				  las cuales conoc&#x00ED;amos ser de la armada de Portugal, y di gracias a nuestro
				  Se&#x00F1;or por haberme escapado de los trabajos de la tierra y peligros de la mar. Y
				  el franc&#x00E9;s como conoci&#x00F3; ser el armada de Portugal, solt&#x00F3; la carabela que tra&#x00ED;a
				  tomada, que ven&#x00ED;a cargada de negros, la cual tra&#x00ED;a consigo para que crey&#x00E9;semos
				  que eran portugueses y la esper&#x00E1;semos; y cuando la solt&#x00F3; dijo al maestre piloto
				  de ella que nosotros &#x00E9;ramos franceses y de su conserva; y como dijo esto, meti&#x00F3;
				  sesenta remos en su nav&#x00ED;o; y as&#x00ED;, a remo y a vela, se comenz&#x00F3; a ir, y andaba
				  tanto, que no se puede creer. Y la carabela que solt&#x00F3; se fue al gale&#x00F3;n, y dijo
				  al capit&#x00E1;n que el nuestro nav&#x00ED;o y el otro eran de franceses; y como nuestro
				  nav&#x00ED;o arrib&#x00F3; al gale&#x00F3;n, y como toda la armada ve&#x00ED;a que &#x00ED;bamos sobre ellos
				  teniendo por cierto que &#x00E9;ramos franceses, se pusieron a punto de guerra y
				  vinieron sobre nosotros, y llegados cerca, les salvamos. Conocido que &#x00E9;ramos
				  amigos; se hallaron burlados, por hab&#x00E9;rseles escapado aquel corsario con haber
				  dicho que &#x00E9;ramos franceses y de su compa&#x00F1;&#x00ED;a. Y as&#x00ED; fueron cuatro carabelas tras
				  &#x00E9;l; y llegado a nosotros el gale&#x00F3;n, despu&#x00E9;s de haberles saludado, nos pregunt&#x00F3;
				  el capit&#x00E1;n, Diego de Silveira, que de d&#x00F3;nde ven&#x00ED;amos y qu&#x00E9; mercader&#x00ED;a tra&#x00ED;amos;
				  y le respondimos que ven&#x00ED;amos de la Nueva Espa&#x00F1;a, y que tra&#x00ED;amos plata y oro. Y
				  pregunt&#x00F3;nos qu&#x00E9; tanto ser&#x00ED;a; el maestro le dijo que traer&#x00ED;a trescientos mil
				  castellanos. Respondi&#x00F3; el capit&#x00E1;n: &#x00AB;Boa fe que venis muito ricos, pero trazedes
				  muy ruin navio y muito ruin artilleria, &#x00A1;o fi de puta! can a renegado franc&#x00E9;s,
				  y que bou bocado perdio, vota Deus. Ora sus pos vos abedes escapado, seguime e
				  non vos apartedes de mi, que con ayuda de Deus, en voz porn&#x00E9; en Castela&#x00BB;. Y
				  dende a poco volvieron las carabelas que hab&#x00ED;an seguido tras el franc&#x00E9;s, porque
				  les pareci&#x00F3; que andaba mucho, y por no dejar el armada, que iba en guarda de
				  tres naos que ven&#x00ED;an cargadas de especier&#x00ED;a. Y as&#x00ED; llegamos a la isla Tercera,
				  donde estuvimos reposando quince d&#x00ED;as, tomando refresco y esperando otra nao
				  que ven&#x00ED;a cargada de la India, que era la conserva de las tres naos que tra&#x00ED;a
				  el armada. Y pasados los quince d&#x00ED;as, nos partimos de all&#x00ED; con el armada, y
				  llegamos al puerto de Lisbona a 9 de agosto, v&#x00ED;spera del se&#x00F1;or San Laurencio,
				  a&#x00F1;o de 1537 a&#x00F1;os. Y porque es as&#x00ED; la verdad, como arriba en esta relaci&#x00F3;n digo,
				  lo firm&#x00E9; de mi nombre, Cabeza de Vaca.&#x2013;Estaba firmada de su nombre, y con el
				  escudo de sus armas, la Relaci&#x00F3;n donde &#x00E9;ste se sac&#x00F3;. </p>
			 </div2>
			 <div2>
				<head type="main" rend="bold">CAP&#x00CD;TULO  XXXVIII</head>
				<head type="sub" rend="bold">De lo que sucedi&#x00F3; a los dem&#x00E1;s que entraron en las
				  Indias</head>
				<p n="55">Pues he hecho relaci&#x00F3;n de todo susodicho en el viaje, y
				  entrada y salida de la tierra, hasta volver a estos reinos, quiero asimismo
				  hacer memoria y relaci&#x00F3;n de lo que hicieron los nav&#x00ED;os y la gente que en ellos
				  qued&#x00F3;, de lo cual no he hecho memoria en lo dicho atr&#x00E1;s, porque nunca tuvimos
				  noticia de ellos hasta despu&#x00E9;s de salidos, que hallamos mucha gente de ellos en
				  la Nueva Espa&#x00F1;a, y otros ac&#x00E1; en Castilla, de quien supimos el suceso y todo el
				  fin de ello de qu&#x00E9; manera pas&#x00F3;, despu&#x00E9;s que dejamos los tres nav&#x00ED;os porque el
				  otro era ya perdido en la costa brava, los cuales quedaban a mucho peligro, y
				  quedaban en ellos hasta cien personas con pocos mantenimientos, entre los
				  cuales quedaban diez mujeres casadas, y una de ellas hab&#x00ED;a dicho al gobernador
				  muchas cosas que le acaecieron en el viaje, antes que le sucediesen; y &#x00E9;sta le
				  dijo, cuando entraba por la tierra, que no entrase, porque ella cre&#x00ED;a que &#x00E9;l ni
				  ninguno de los que con &#x00E9;l iban no saldr&#x00ED;an de la tierra; y que si alguno
				  saliese, que har&#x00ED;a Dios por &#x00E9;l grandes milagros; pero cre&#x00ED;a que fuesen pocos
				  los que escapasen o no ningunos; y el gobernador entonces le respondi&#x00F3; que &#x00E9;l y
				  todos los que con &#x00E9;l entraban iban a pelear y conquistar muchas y muy extra&#x00F1;as
				  gentes y tierras, y que ten&#x00ED;a por muy cierto que conquist&#x00E1;ndolas hab&#x00ED;an de
				  morir muchos; pero aqu&#x00E9;llos que quedasen ser&#x00ED;an de buena ventura y quedar&#x00ED;an
				  muy ricos, por la noticia que &#x00E9;l ten&#x00ED;a de la riqueza que en aqu&#x00E9;lla hab&#x00ED;a. Y
				  d&#x00ED;jole m&#x00E1;s, que le rogaba que ella le dijese las cosas que hab&#x00ED;a dicho pasadas
				  y presentes, &#x00BF;qui&#x00E9;n se las hab&#x00ED;a dicho? Ella respondi&#x00F3;, y dijo que en Castilla
				  una mora de Hornachos se lo hab&#x00ED;a dicho, lo cual antes que parti&#x00E9;semos de
				  Castilla nos lo hab&#x00ED;a a nosotros dicho, y nos hab&#x00ED;a sucedido todo el viaje de
				  la misma manera que ella nos hab&#x00ED;a dicho. Y despu&#x00E9;s de haber dejado el
				  gobernador por su teniente y capit&#x00E1;n de todos los nav&#x00ED;os y gente que all&#x00ED;
				  dejaba a Carvallo, natural de Cuenca, de Huete, nosotros nos partimos de ellos,
				  dej&#x00E1;ndoles el gobernador andado que luego en todas maneras se recogiesen todos
				  los nav&#x00ED;os y siguiesen su viaje derecho la v&#x00ED;a del P&#x00E1;nuco, y yendo siempre
				  costeando la costa y buscando lo mejor que ellos pudiesen el puerto, para que
				  en hall&#x00E1;ndolo parasen en &#x00E9;l y nos esperasen. En aquel tiempo que ellos se
				  recog&#x00ED;an en los nav&#x00ED;os, dicen que aquellas personas que all&#x00ED; estaban vieron y
				  oyeron todos muy claramente c&#x00F3;mo aquella mujer dijo a las otras que, pues sus
				  maridos entraban por la tierra adentro y pon&#x00ED;an sus personas en tan gran
				  peligro, no hiciesen en ninguna manera cuenta de ellos; y que luego mirasen con
				  qui&#x00E9;n se hab&#x00ED;an de casar, porque ella as&#x00ED; lo hab&#x00ED;a de hacer, y as&#x00ED; lo hizo; que
				  ella y las dem&#x00E1;s se casaron y amancebaron con los que quedaron en los nav&#x00ED;os; y
				  despu&#x00E9;s de partidos de all&#x00ED; los nav&#x00ED;os, hicieron vela y siguieron su viaje, y
				  no hallaron el puerto adelante y volvieron atr&#x00E1;s. Y cinco leguas m&#x00E1;s abajo de
				  donde hab&#x00ED;amos desembarcado hallaron el puerto, que entraba siete u ocho leguas
				  la tierra adentro, y era el mismo que nosotros hab&#x00ED;amos descubierto, adonde
				  hallamos las cajas de Castilla que atr&#x00E1;s se ha dicho, a donde estaban los
				  cuerpos de los hombres muertos, los cuales eran cristianos. Y en este puerto y
				  esta costa anduvieron los tres nav&#x00ED;os y el otro que vino de La Habana y el
				  bergant&#x00ED;n busc&#x00E1;ndonos cerca de un a&#x00F1;o; y como no nos hallaron, fu&#x00E9;ronse a la
				  Nueva Espa&#x00F1;a. Este puerto que decimos es el mejor del mundo, y entra en la
				  tierra adentro siete u ocho leguas, y tiene seis brazas a la entrada y cerca de
				  tierra tiene cinco, y es lama el suelo de &#x00E9;l, y no hay mar dentro ni tormenta
				  brava, que como los nav&#x00ED;os que cabr&#x00E1;n en &#x00E9;l son muchos, tiene muy gran cantidad
				  de pescado. Est&#x00E1; cien leguas de La Habana, que es pueblo de cristianos en Cuba,
				  y est&#x00E1; a norte sur con este pueblo, y aqu&#x00ED; reinan las brisas siempre, y van y
				  vienen de una parte a otra en cuatro d&#x00ED;as, porque los nav&#x00ED;os van y vienen a
				  cuartel. </p>
				<p n="56">Y pues he dado relaci&#x00F3;n de los nav&#x00ED;os, ser&#x00E1; bien que diga
				  qui&#x00E9;n son y de qu&#x00E9; lugar de estos reinos, los que nuestro Se&#x00F1;or fue servido de
				  escapar de estos trabajos. El primero es Alonso del Castillo Maldonado, natural
				  de Salamanca, hijo del doctor Castillo y de do&#x00F1;a Aldonza Maldonado. El segundo
				  es Andr&#x00E9;s Dorantes, hijo de Pablo Dorantes, natural de B&#x00E9;jar y vecino de
				  Gibrale&#x00F3;n. El tercero es &#x00C1;lvar N&#x00FA;&#x00F1;ez Cabeza de Vaca, hijo de Francisco de Vera
				  y nieto de Pedro de Vera, el que gan&#x00F3; a Canaria, y su madre se llamaba do&#x00F1;a
				  Teresa Cabeza de Vaca, natural de Jerez de la Frontera. El cuarto se llama
				  Estebanico; es negro al&#x00E1;rabe, natural de Azamor.</p>
				<p n="57"></p>
				<trailer>DEO GRACIAS</trailer>
			 </div2>
		  </div1>
		</div0>
	 </body>
  </text>
</TEI.2>